Un relato en construcción

Por Emiliano Guido
@guidoesminombre

El gobierno nacional opta por un léxico político sereno, a tono con las necesidades cortoplacistas de una coyuntura sin épica económica. Sin embargo, el albertismo no muestra una identidad propia con la que enamorar a tiempos largos.  ¿El discurso 2020 es el proyecto? ¿Hay doble comando narrativo en la Casa Rosada? ¿Qué es el albertismo, un subproducto k o un alfonsinismo radicalizado?

Foto: Mariano Campetella

Alberto Fernández ya no putea. Sus groupies en Twitter atesoran, y muestran cada tanto, injurias del ex Jefe de Gabinete cuando despotricaba con palabras soeces contra la sociedad civil tilinga. La hinchada de Alberto se pavonea en la red social del pajarito azul con los “pelotudos” y “perfecto pajero” propalados en el pasado por el actual Presidente, como si fueran entradas de un recital mítico en Cemento. Pero ese albertismo línea fundadora parece no entender que el hincha de Argentinos Juniors más famoso evolucionó, en términos políticos, como un personaje de Pokémon. En los atributos del nuevo Alberto, si el dirigente aludido fuese una carta nipona, diría lo siguiente: Pedagogía discursiva: 100 puntos; Oratoria mediática: 300 puntos; el rayo albertista logra aplacar a sus oponentes, los serena arrojando cifras y estadísticas.

Va de vuelta, Alberto Fernández sigue hablando con los grandes medios, pero ahora con la luz de la cámara encendida. El primer mandatario, que nunca fue un improvisado, que siempre demostró saber bien el manejo de la cosa pública, llamaba en los albores del kirchnerismo a un editor de Clarín o de La Nación y les explicaba lo que había dicho o anunciado Néstor Kirchner cinco minutos antes.  Era una pedagogía a pura rosca, puteadas, o azotes publicitarios. Alberto Fernández evolucionó, ya no puede hacer eso. Sin embargo, en poco tiempo, demostró tener una capacidad discursiva elocuente. Elige anteojos circulares y plateados, como un Gramsci más cool, para vestir en su discurso de asunción. Si es necesario interviene en los programas televisivos de prime time para atender a los influencers, caso Nicolás Wiñazki, de la clase media. Alberto no descuida esa cancha, la obviada por Cristina Fernández, que prefiere la tarima institucional del Senado para bajar línea.

¿Hay en esa elección del tablero una decisión política? ¿Alberto quiere tomar el poder en los medios? ¿Cristina pretende recordar en todo momento que lo único importante es tener las riendas del Estado? Por último, el nuevo Alberto, Fernández 2020, muestra una activa capacidad de arrepentimiento. Se muestra como un continuador sereno del discurso kirchnerista. Busca no herir susceptibilidades. Si ofende a la Argentina blanca y pudiente, pide a su vocero Juan Pablo Biondi salir en el programa de María O’ Donnell. Si la pifia con los compañeros, llama a Hebe de Bonafini y a Nora Cortiñas y les tiende una alfombra roja en la Casa Rosada.

Para adentrarse en ese tablero, el discurso albertista, Kamchatka habló con la politóloga Inés Lovisolo, que cuenta con un postgrado en comunicación política y opinión pública. Lovisolo asesora a políticos, ha intervenido con su expertise en diferentes campañas, pero además tiene una pluma y una mirada interesante, poco solemne, atrevida, para leer la actual narrativa política argentina.

“El albertismo intenta tejer un discurso político diferenciado del kirchnerismo. Alberto se muestra como un político de centro, moderado, equilibrista. También es notorio que el gobierno nacional tiene menos pretensión de épica, al menos por ahora. Por supuesto que esa precaución es correlativa a una coyuntura delicada por la negociación de la deuda. Las tratativas con el FMI fuerzan un comportamiento público prudente y responsable en las principales vocerías del Ejecutivo. Otra diferencia discursiva con el kirchnerismo se inscribe en la voluntad del albertismo en reducir el campo  enemigo con el que confronta en los medios. Esa actitud tiene sus beneficios, pero también sus cuotas de riesgo. ¿Por qué? En principio, sirve para aplacar los ánimos de la sociedad, cuando no hay grandes anuncios económicos por hacer está bien anestesiar pero, a largo plazo, esa actitud prudente no construye hegemonía política en la agenda pública”, comienza diciendo Lovisolo.

¿Qué viene a decirnos el albertismo? ¿El Frente de Todos puede, además de repartir curules en los ministerios, construir una sola nave discursiva? Lovisolo ve, en principio, una página en construcción. “La dicotomía Alberto versus Cristina está muy relacionada con otra dicotomía, pragmatismo versus ideología. El Presidente busca transmitir cierta elasticidad en sus decisiones y que no teme pasar de la heterodoxia a la ortodoxia en sus medidas. ¿Cuál era el relato de Macri? Abrirnos al mundo y eficiencia en la obra pública, esa fue su épica.  A futuro, Alberto insistirá en colocar el tema de la deuda como una discusión pública prioritaria, aunque es probable que la marca de la gestión de su gobierno la coloque en la agenda de los derechos civiles. Así como Néstor tuvo su ESMA, y Alfonsín su Juicio a las Juntas, es posible que Alberto intente sumar su propia bandera a ese capítulo”, acota nuestra entrevistada.

Por último, Inés Lovisolo interpreta los tropiezos comunicacionales en el gabinete ministerial –el periodista Horacio Verbitsky escribió que Alberto, una vez anoticiado de que Santiago Cafiero o Mario Meoni se apuraron a comunicar malas noticias del segundo semestre, había dicho a boca de jarro en una reunión de ministros: “no sabía que había una convención de pelotudos”- como eso, errores no forzados, algo a mejorar. “Cuando Alberto cruza o desmiente a sus ministros no veo de fondo una cruda interna política, más bien observo problemas de coordinación comunicacional, pero son colisiones naturales al objetivo que se puso el Presidente de construir un Gabinete diverso, plural. La heterogeneidad puede ser una virtud, pero tampoco podés exigir un relato sin fisuras a un equipo de gobierno donde destellan distintas personalidades, donde hay dirigentes con voz y peso propio, con ganas de imponer su agenda personal. Insisto con una idea, la falta de relato va de la mano de la ausencia de un proyecto económico explicito, ¿cuál es el plan productivo? Toda la agenda de gobierno parece supeditada a la negociación de la deuda. Entonces, Alberto en modo anestesista es útil para la actual coyuntura, que requiere de mucha prudencia, pero claro que ese tono no es sostenible en el tiempo. No podes estar cuatro años aplacando, buscando serenar los ánimos”, finaliza Lovisolo.

2020-03-31T15:03:58+00:00 9 marzo, 2020|III, Política|