Si volvieran los dragones

Por Pablo Dipierri
@pablodipierri

La ciclotimia rige los ánimos de la oposición. Dirigentes y militantes pasan de la euforia a la confusión, sin que sobren ideas para que la sociedad se entusiasme con la chance de una alternativa al Gobierno. El agotamiento político conspira contra la imaginación pero en los márgenes comienzan a esculpirse experiencias plebeyas de insospechada potencia. Mientras el macrismo se engolosina con quedarse en el trono, sus antagonistas libran batallas o cabildean entre sí para imponerse o unirse contra el enemigo en común. Kamchatka rastreó las huellas de un lenguaje que se moldea subrepticiamente, en un país plagado de whitewalkers.

“Si la única que piensa soy yo, estamos en problemas”, reprochaba la senadora Cristina Fernández de Kirchner en una de las comunicaciones telefónicas que mantuvo en 2017 con su secretario, Oscar Parrilli, y trascendió públicamente por las escuchas ilegales que sus perseguidores dispusieron. Aunque sólo sea un giro discursivo sobre la desesperante condición de fraguar las iniciativas en soledad, la frase de la ex presidenta revela una atrofia o parálisis política en el seno del kirchnerismo y sus adyacencias. Falta reacción en sus colaboradores más cercanos pero también entre las bases, amén de las incontables excepciones.

Tal vez el letargo sea fruto de tantos años a la sombra de la frondosa imaginación de quienes lideraron esa experiencia que hoy aprende, a los ponchazos, a ser oposición. O quizá, se explique nada más que por el arrollador avance de una revancha de clase instrumentada por un gobierno que basa su goce en el eventual exterminio cultural de lo que combate.

Sin embargo, el resurgimiento de una novedad en gestación se guarece en cauces subterráneos, imperceptibles incluso para quienes fatigan esquinas y gastan zapatillas en las calles. Su raigambre reconoce, a veces, la genética que se cinceló a partir del 2003 pero, en sobradas oportunidades, apunta a una genealogía que la desborda, trasciende o antecede, mofándose de los que suponen que al epicentro se llega nada más que a los codazos o subiéndose a la rueda de gentilezas que tienden sobre el tablero los que fijaron las reglas. Tal como contesta por mail desde España la prolífica doctora en Artes Ana Longoni, “el margen puede ser una posición muy dislocadora”.

Conmovido por el bamboleo emocional de una charla que acaba de dar en Casa Brandon bajo el título “¿No hay más nada que hacer?”, el activista queer Nicolás Cuello explica que “existe una térmica social que oscila entre la calurosa ansiedad que propone esta suerte de retroceso político-ideológico y el estancamiento de los modos de acción política pero, en este mismo escenario desalentador, se juega una pasión local característica, que es el empecinamiento”. “Es un modo de conexión desafiante con la realidad, que regula los esfuerzos, productiviza el agotamiento y se sostiene en la multiplicación de un sueño: desestructurar la injusticia y la desigualdad”, detalla este profesor de Historia de las Artes Visuales en la UNA.

A su criterio, ulula una persistencia que porta la llave del candado. “Esa potencia obstinada de los movimientos sociales en Argentina es lo que permite construir un proceso de ensayo permanente, como el que habitamos en la actualidad, donde la experimentación de alianzas, lenguajes expresivos y formas de ocupación del espacio público continúa en curso, a pesar de todo”, completa.

The winter is comming

La desazón adviene cuando las pantallas fungen de espejo para Cambiemos, que ya anunció sus apetencias de reelección para los mandatarios de las tres principales jurisdicciones, Mauricio Macri, María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta. Así como se apresuraron los que extendieron al oficialismo el carnet de hegemonía y se sorprendieron con los cacerolazos en rechazo a la reforma previsional, conviene no amedrentarse ni enancarse en la subestimación de sus chances.

En ese contexto, la politóloga rosarina Marilé Di Filippo recomienda atención a la enorme dosis poética de la política contemporánea para plantarse como opción. “Me interesa la dimensión estética que la política porta en sí misma y creo que no hay que dejarla como algo vinculado al marketing o una gramática del poder”, subraya a través de un intercambio por WhatsApp.

Consultada sobre la posibilidad de que en la actualidad la ética que defienden los sectores populares haya sido vencida o que a la sociedad le falte épica, advierte que “en el discurso de Cambiemos hay una épica profunda”. “La forma en que aparece el cambio como renovador de la política argentina o la idea mesiánica de liberación, limpieza y saneamiento tiene una profunda épica, que despertó un gran consenso social”, argumenta.

El gélido escozor que produce a los que padecen el ajuste la figuración de un nuevo mandato del macrismo motoriza, no obstante, lo que el artista plástico Daniel Santoro denomina “la voluntad de favorecer la irrupción”. “Si no se favorece la irrupción y se traen mensajes del pasado que son amonestadores, todo esfuerzo será vano”, manifiesta en diálogo con esta revista.

Asimismo, propone “inventar un nuevo imaginario”. Luego de recordar que la ortodoxia despotricaba contra Néstor Kirchner porque no nombraba a Juan Domingo Perón en sus incursiones verbales, lapida ese folclore con una ironía: “la marcha peronista tal vez sea un objeto vintage”.

La unidad o el sopetón

Entre dirigentes que resistieron en los 90’, cunde la preocupación de que se repitan pifias. “No podemos volver a cometer el error de juntar a cualquiera y que se corra el riesgo de la Alianza”, susurra un ex diputado que reivindica la unidad pero con los ojos bien abiertos.

De todas maneras, Longoni recuerda que “no todas las luchas emergidas en los 90’ derivaron en la salida fallida del gobierno de la Alianza”. Autora del libro Del Di Tella al Tucumán Arde, señala “una conexión estrecha entre los escraches y los movimientos piqueteros con las formas novedosas y potentes de lucha que se manifestaron en torno al estallido del 2001”.

Pocos leyeron por entonces la emergencia de un sujeto social entre el fuego, el humo y las gomas sobre el asfalto. La CTA comprendió primero que los trabajadores que ya no estaban en las fábricas deambulaban en los barrios: lo que enhebran ahora la CGT y la CTEP es similar a la inclusión de los movimientos sociales, durante el ascenso menemista, en la central liderada por Hugo Yasky.

Con la misma aversión que Susana Decibe acusaba de subversivos a los docentes que ayunaban en la Carpa Blanca, los funcionarios nacionales desatendían las demandas que brotaban en los cortes de ruta en Cutral Co y Plaza Huincul o Tartagal y General Mosconi. Tanto es así que el 25 de junio de 1996 la jueza Margarita Gudiño de Argüelles desembarcó con 400 gendarmes para dispersar a los trabajadores del cutralcazo que llevaban 5 días interrumpiendo la circulación de mercancías en la ruta 22 de Neuquén, pero se topó con una concentración de 35 mil personas. “Esto me excede”, admitió, y se fue.

Todo el pueblo estaba ahí porque el gobernador Felipe Sapag había descartado la planta de fertilizantes Agrium, gestionada por el ex mandatario Jorge Sobisch. Prescindía, así, de 200 puestos laborales en un contexto desolador tras la privatización de YPF. Nadie la vio entonces ni conjeturó que ese mecanismo de lucha se expandiría por todo el país.

En ese sentido, Di Filippo detecta “un nuevo ciclo de protestas sociales desde el 2015”, y anuncia “la aparición de nuevos procesos de creatividad popular, desde el movimiento de mujeres o la lucha contra la violencia institucional hasta la resistencia a los ataques contra los organismos de derechos humanos o los despidos de trabajadores en el ámbito de la universidad y la ciencia”. “Esas nuevas emergencias, laboratorios o ecologías culturales hablan de un clima sensible y propicio para la imaginación política”, enfatiza.

La salida, para adentro

Partidos políticos y sindicatos, en tanto, tienen la proyección de los cuadros que sucederán a las actuales conducciones como una asignatura pendiente, o en curso. Cuando Hugo Moyano se lanzó a la carga con el MTA, rondaba la edad de los cuarenta y largos, y lo mismo el diputado Yasky cuando se montó aquel hito escolar de lona frente al Congreso, en 1997. El desafío es para la generación que hoy tiene los años que entonces tenían los popes pero carece de esa visibilidad y reconocimiento públicos.

La persecución contra los que mantienen sus cuotas de liderazgo, cimentada por operadores judiciales afines al oficialismo, no detendrá ese derrotero inexorable (ver pág. 15 a 17). Tampoco, la que se orquesta contra CFK o los referentes de su gobierno, más allá de que el lawfare insufle desánimo o tenga efectos retardatarios (ver pág. 27).

Bajo ese influjo, urge un fashion emergency para las estrategias subalternas. La captura neoliberal se cierne, por un lado, sobre el cuerpo de los que confina a los calabozos, que como Carlos Zannini o Luis D’Elía, recientemente liberados en la causa que investiga el memorando con Irán, se refugiaron en la poesía o la lectura colectiva de obras emblemáticas como Operación Masacre, respectivamente. Que el ex secretario de Legal y Técnica, custodio ideológico del kirchnerismo a criterio de Eduardo van der Kooy, se evadiera de las horas aciagas de la prisión preventiva que cumplía por un mamarracho jurídico saboreando versos indica, a las claras, que hay un pedazo de cada uno que siempre se arranca el chaleco de fuerza impuesto. Que D’Elía repasara la investigación de Walsh en grupo ratifica que la pulsión por nuclearse y nutrirse en el aguante no se entumece tras los barrotes.

Por otro andarivel, el encierro adopta la forma de un artefacto capaz de vender éxito social, cultural, afectivo y sexual a través del consumo y merced a la gestión empresarial de sí, según analiza Cuello. Ese manto adhesivo no admite exenciones, y se torna más angustiante y asfixiante que el encarcelamiento.

En consecuencia, resulta imprescindible que los artesanos de la política tallen y afilen herramientas electorales o pulan, aunque ya no presenten igual atractivo que en otras épocas, los instrumentos que sirvieron de inspiración y redundaron en triunfos pretéritos. Pero por encima de esa tarea, se requiere una inteligencia sublime para la interpretación de la etapa porque el caldo ya no se cocina igual.

Al respecto, vaticina Cuello que ya regurgita una nueva forma de lo público, “con un lenguaje que no es el de la movilización popular” y “apela a lo íntimo, sensible, minúsculo y silencioso”. “Es en esa voz pequeña y en la modulación de ese susurro donde se pueden transformar las pantallas ficticias que obturan la emergencia de otros modos de vida, desinstalando la ferocidad de la competencia, desorganizando la ambición por el éxito, desconectando la expresión reducida de la voluntad y desprogramando por fin los límites de la ensoñación”, asegura.

Será que la crisis de representación también empuja a la asunción del cuerpo propio como un campo de batalla.

2018-04-17T04:18:18+00:00 3 abril, 2018|III, Política|