Recurrencias del futuro pasado

Por Pablo Dipierri
@pablodipierri

Preguntas para una humilde actualización de la memoria, ante la conmemoración de un nuevo 24 de marzo, en medio de una cuarentena que puede convertirse en el puntapié inicial de una transformación sin precedentes. O no.

Foto: Mariano Campetella

El pasado siempre vuelve. O nunca se va.

Se inscribe, se tatúa, se incorpora, se asimila o se repite, se vomita, se lleva al hombro en una espiral descendente o en la rutina demencial de un perro que se muerde la cola incesantemente.

Lejos de cualquier enfoque idílico de las luchas populares o la nostalgia que arrima una brasa a la mirada épica de la resistencia a la última dictadura, ocurre que 44 años de distancia con el 24 de marzo de 1976 se asemejan a lo que dura una escapada a la verdulería en medio de la cuarentena obligatoria por el Coronavirus. O sea, poco y nada.

Por eso, da la sensación que la disciplina y la docilidad inoculadas con picanas y bayonetas fuese ahora parte constitutiva de un sí mismo social que milita con ahínco el quedarse en casa. Aunque no sea lo mismo, aunque el objetivo sea exactamente su contrario, aunque el país se pare en los umbrales de una oportunidad inédita para forjarse una comunidad política de mayor robustez, madurez democrática o lucidez estatal. Incluso, se instaló desde esta revista la posibilidad de que se asistiera en esta etapa a la construcción de un sujeto político en ciernes y es lo que está por verse.

Pero también conviene recordar que, al pie de cada misiva de Cadena Informativa, el periodista desaparecido Rodolfo Walsh tipeaba una frase en la cual incluía la oración “rompa el aislamiento”. Rompa – el – aislamiento. En plena dictadura, conjeturaba que 9 de cada 10 esperaban esa información para contrarrestar la “catarata de basura informativa”.

Hoy, el aislamiento se convierte en una herramienta de Estado que pocos se atreven a cuestionar y algunos, con desparpajo, alegan que no están aislados porque están conectados por WhatsApp o por Instagram. “Todos con el culo en la pared, muertos de miedo”, como canta Santiago Moraes.

A los argentinos, ya no los persiguen los milicos, sino un ejército invisible. No luchan contra dictadores, sino contra un virus. No los asusta la represión, tienen pánico a enfermarse. El neoliberalismo estragó el pensamiento.

Walsh, otra vez Walsh, decía que el terror se basaba en la incomunicación. Ahora, vaya paradoja, los habitantes de estas tierras se pavonean más comunicados que nunca y eso, uy, parece más terrorífico aun.

Hacer periodismo hoy exige horas de curaduría informativa. El problema, en la actualidad, no es lo que no se publica sino todo lo que se publica. Esa es la verdadera infección. Desde el fondo de la historia, los que tienen poder pretendieron cada vez colonizar más partes de los cuerpos de quienes soportaban la base de la pirámide social. La esclavitud mutó. Nadie escucha el ruido de las cadenas porque el encierro tiene la forma de la selfie y las ventanas de la celda se abren con likes o comments.

Así como a lo mejor no hace falta que un presidente declare el estado de sitio para que nadie salga de casa -y encima haya una horda filmando vecinos de tonta rebeldía desde el balcón de su derpa-, tampoco hace falta que haya quien ponga grilletes para que la ciudadanía cumpla con el amo. La utopía mediática de los populistas del control remoto se hizo carne: el sillón como última trinchera para una revolución con el confort como bandera.

El tango debiera reescribirse para que la canción diga que 44 años no son nada. Porque aunque la historia se repita primero como tragedia y después como comedia, lo más alarmante es que la conclusión del 18 Brumario vuelve a situar -como si no cupieran otras opciones- a cada cual frente a su espejo para dilucidar si es preferible un final terrible o un terror sin fin.

2020-03-24T08:57:59+00:00 24 marzo, 2020|II, Política|