Paradojas de huelga

Por Olivia Salas
@OliviaSalasok

El paro fue contundente, según sus impulsores, y nocivo o insignificante, dependiendo de la ventanilla gubernamental que se consultase y evidenciando que no hay síntesis tampoco en el Gobierno. La dispersión al interior del sindicalismo es reflejo o expresión de la falta de síntesis también a nivel político, en medio de un calendario electoral que comienza a acelerarse.

Foto: Mariano Campetella

El país paró más allá de la dispersión sindical. Con la columna vertebral partida y todo, la mañana del 30 de abril podría haberse graficado con la foto de una ciudad desertificada o, incluso, las estaciones ferroviarias centrales, cuyos gremios principales no adhirieron a la medida de fuerza convocada por una fracción de la CGT, las dos CTA y los movimientos sociales pero nada tenían que hacer porque casi no había pasajeros al alba.

Así, el objetivo se cumplió. Y si no hubiera sido por el golpe contra Nicolás Maduro en Venezuela, la zozobra del Gobierno nacional hubiera sido mayor. La pantalla partida de TN, con imágenes de las escaramuzas en Caracas y la Avenida 9 de Julio en Argentina, maquilla pero no lo cubre todo.

Desde el escenario, los jefes sindicales que promovieron el paro resaltaron la búsqueda de unidad, más allá de las patinadas de Pablo Micheli deslizando, lisa y llanamente, que los que no se subieron a la protesta son “boludos” o “traidores”. Lúcido en su discurso -en contra, por lo demás, de sus enfáticas menciones al fallecido presidente Raúl Alfonsín-, el bancario Sergio Palazzo también aportó su cuotita de irritación, cobijando tras la columna de su sindicato al sector de la CTA derrotado por el propio Micheli –electoral y/o jurídicamente- y encabezado por el líder de ATE Nacional, el bonaerense Cachorro Godoy. Cacique bravísimo para la administración del sindicato de los estatales, padece actualmente el crecimiento sostenido del titular de ATE-Capital, Daniel “Tano” Catalano, y ambos se sacan chispas porque probablemente llegarán a enfrentarse en las urnas este año. El gesto de Palazzo, en consecuencia, no le causa gracia a Hugo Yasky, al tiempo que el entorno del dirigente bancario tampoco se siente demasiado cómodo con las invocaciones del maestro que ayunó en la Carpa Blanca a una unidad que no implique volver a la vetusta CGT sino marchar hacia la formación de una central única pero más combativa.

Reyertas similares pican cerca de Hugo y Pablo Moyano. Los gordos e independientes afincados en Azopardo, que nunca simpatizaron con el clan de los camioneros, petardean desde las macetas ideológicas que venden quietud y reflejos vegetales para inclinarse hacia donde apunte el sol, esperando que las urnas cambien lo que Cambiemos no va a modificar.

Lo paradójico de esta historia es que Moyano termine abrazado a la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Porque si bien la dinámica política habilita alejamientos y acercamientos, los dos dirigentes acreditan una referencia pública y una adhesión emocional al interior de las estructuras que conducen por encima de la media en Argentina. Es decir, son los más fuertes en sus esferas de intervención y, tal vez por eso, son también los más vilipendiados por sus adversarios intestinos.

La otra cara de esa moneda es la que junta la efigie de la Corriente Federal de los Trabajadores con el pedazo de la CTA y los movimientos sociales que representa Ricardo Peidró, divorciado ahora de Micheli pero entusiasta cultor del enfrentamiento con Yasky en 2010, cuando la CTA se partió en dos y el argumento de la banda de Víctor De Gennaro era que el referente de la CTERA coincidía demasiado con los camioneros y los burócratas sindicales.

Quizá haya margen para un paro más antes del alumbramiento de las candidaturas presidenciales de un calendario electoral que comienza a apretarse. Sin embargo, resulta arduo imaginarse una confluencia mayor a la vigente o un grado de divisiones menor al existente.

El fondo de la olla, mientras tanto, chilla ante los raspones de cucharas ajadas. Basta el testimonio de los parrilleros, vendedores ambulantes y oferentes de diversos rebusques que en la previa del Día del Trabajador se repartieron las inmediaciones de la Plaza de Mayo pero vendieron poco y nada. “No hay un mango”, era la frase que más repetían si se les preguntaba qué tal les iba en el negocio, tan redituable en años de bonanza con plazas llenas… para bien o para mal.

2019-05-01T10:49:46+00:00 1 mayo, 2019|Política|