Ojalá

Por Pablo Dipierri
@pablodipierri

El Gobierno alargó la cuarentena sin precisiones sobre el final del “martirio” dispuesto por el confinamiento obligatorio. La angustia por la insuficiencia económica y la fragilidad social sin demasiadas posibilidades de estabilidad psíquica resquebrajan el imperio del cuidado con la daga de la vigilancia del ciudadanismo policial, al tiempo que la voracidad de los grandes empresarios horada la única chance de que la audacia instituya transformaciones justas en medio del desquicio mundial.

Foto: Mariano Campetella

“Hice todo lo posible por seguir.
Cambié el color de mis ojos por marfil,
acostumbrado a mentir,
acostumbrado a reír.
Van mil días que no sé lo que decir,
sin ideas de Buenos Aires a Junín”.
Aire,
Estelares

 

La palabra precisa

Habrá de reconocérsele al presidente Alberto Fernández que, más allá de alguna pifia cara a la fracción más combativa de la militancia que lo aupó en las elecciones de 2019, cultiva destreza discursiva sin rifarle la verba al argot del marketing ni al desparpajo influencer. Su corrección ideológica durante la conferencia de prensa que brindó desde la Quinta de Olivos para anunciar a la población que alargaría la cuarentena por el Coronavirus quedó clara cuando apeló a la autorreflexión por la utilización del vocablo “flexibilización”, término que acuñó él mismo en declaraciones a la prensa para aludir a la habilitación de nuevas actividades exceptuadas bajo el cumplimiento del confinamiento preventivo. En su reemplazo, soltó la palabra “administración”, con remisiones más weberianas o clásicas –para la politología- pero con limitaciones más o menos inmediatas para el escenario que se avecina: quien administra no inventa; quien no inventa, a la larga, repite; quien repite, a menudo, erra.

Sus atributos pedagógicos, habilidades que en su figura trascienden largamente la exposición de gráficos en “filminas”, pagan bien en este contexto. Ávida de explicaciones y contención, la sociedad retribuye la docencia del Jefe de Estado con apoyo mayoritario a las medidas resueltas hasta el momento para aletargar la curva del contagio. Sin embargo, es probable que la mirada constante y la sonrisa perfecta que evoca Silvio Rodríguez en su canción no sean bastantes, a pesar del encomiable esfuerzo fiscal para que los sectores más vulnerables no resulten víctimas de la recesión que deriva de la emergencia sanitaria.

El conurbano bonaerense, geografía que condensa las máximas preocupaciones del oficialismo, es uno de los nodos que estresan hasta el desgarro la musculatura estatal. El partido de Moreno, por caso, urge: con más de 600 mil habitantes y los portales de noticias siguiendo al detalle la historia del joven que regresó de Estados Unidos, fue al cumpleaños de 15 de su prima y contagió a una veintena de familiares, posee un solo hospital, 21 infectados y tres personas fallecidas hasta ayer. Mientras se construye contrarreloj otro nosocomio en la localidad de Cuartel V, la intendenta Mariel Fernández pide que los médicos cubanos sean destinados a su distrito. Desde el entorno de la jefa municipal, le dijeron a esta revista que el gobierno provincial sigue enviando la misma cantidad de mercadería que antes pero “las necesidades aumentan”. Según la Secretaría de Desarrollo local, la asistencia alcanza a 480 comedores y la Nación comprometió 10 millones de pesos en concepto de Aporte del Tesoro Nacional que aún no habrían llegado.

La situación de La Matanza es similar. En diálogo con Kamchatka, la activista del colectivo Travesti-Trans Flor Guimaraes reconoció que en los albores de la cuarentena “hubo una ayuda del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidades de la Nación pero era una bolsa de comida y quedó en eso”. Secretaria de Género de la CTA y responsable de la Casa de Lohana y Diana en el populoso territorio que gobierna Fernando Espinoza, Guimaraes consideró que la asistencia comunal “es muy escasa y está con mucha demora”, y explicó que el bolsón de “secos”, tal como se denomina en la jerga a los productos que se están entregando, no incluye carnes, verduras ni lácteos. “No logramos entender cómo piensan que, con 900 centímetros cúbicos de aceite, medio kilo de yerba, una lata de tomate, un paquete de fideos, uno de arroz y una mermelada, una persona puede comer un mes. Sentimos que no se toma dimensión real de lo que pasa con los que necesitan tener un plato de comida en su mesa”, ilustró.

No en vano el primer mandatario dialoga permanentemente con los intendentes, supervisa en helicóptero el acatamiento social del cinturón que rodea a la Capital Federal o visita los barrios humildes del área metropolitana. Así, esta semana se reunió con el intendente de Lanús, Néstor Grindetti, quien fuera un gerente de confianza de Mauricio Macri en el Grupo Socma y desembarcara en la Ciudad de Buenos Aires como ministro de Hacienda en 2007. Fernández recorrió obras de construcción de viviendas inconclusas junto con Grindetti, mandamás de la segunda jurisdicción municipal más densamente poblada de la Provincia, y corroboró lo que cualquier dirigente político presume por estas horas: el estado de cosas es delicado.

En ese sentido, el ex precandidato oficialista para convertirse en retador de Grindetti y actual director nacional de Asuntos Políticos de la Secretaría de Relaciones Parlamentarias, Políticas y Sociales, Agustín Balladares, advirtió que esta crisis la padecen más los trabajadores y changarines que se las rebuscaban con oficios o, incluso, cuentrapropismos estilo Uber que los sectores más postergados, acostumbrados a la supervivencia a través de la cobertura de derechos provistos y garantizados por el brazo del Estado. “El carpintero, el uber, el pintor no venían tan mal y les está afectando muchísimo, nos damos cuenta porque la enorme demanda de alimentos es un termómetro de la situación que se atraviesa”, argumentó.

De todas formas, concedió que “es altísimo el nivel de conciencia” que se detecta en la base de la pirámide social. Para ejemplificarlo, mencionó a “las compañeras que hacen sus propios protectores y barbijos” y también destacó el compromiso para la recomposición de los “tejidos solidarios”.

 

Una luz cegadora

El resplandor de las pantallas de celular y el eco de los balcones fueron objeto de análisis privilegiado para determinar los alcances del ciudadanismo vernáculo, desde el mes pasado. Horas de debate por Twitter y tácticas creativas para la militancia del aislamiento terminaron por demostrar, otra vez, que la construcción política no florece en los encierros. Por eso y porque la tensión que permanece soterrada en las odas a Netflix o las transmisiones en vivo de Instagram no se apaga, las agrupaciones evalúan “soltar” a sus militantes para desplegarse ante acontecimientos que generan alarma. Lo que empezó como una remake del Operativo Dorrego con La Cámpora y el Ejército en Quilmes empieza a desdoblarse, con pies de plomo, bajo el albedrío y la iniciativa de quienes olfatean en el territorio un caldo que preanuncia chisporroteos que amagan con romper la cuarentena.

A esta altura del combate al Covid19, el temor de la Casa Rosada no estaría concentrado en los cacerolazos sino en la posibilidad de que los conflictos desborden los cauces institucionales que el Gobierno puede pilotear. Los despidos en grandes empresas, eventuales raptos de desesperación donde los recursos estatales se agoten, la escalada de precios en alimentos o la emergencia de un conato de indignación plebeya ante acciones represivas de las fuerzas de seguridad figuran entre los ítems que podrían constituirse en focos de insubordinación a la estrategia oficial contra la pandemia.

Y esos tópicos lejos están de cualquier abstracción. Que Techint ratificara los 1450 despidos y el texto del acuerdo fuese rubricado tanto por el titular de la UOCRA, Gerardo Martínez, como por el ministro de Trabajo, Claudio Moroni, cayó como un baldazo de agua fría en los diversos campamentos sindicales. La conciliación se selló por videoconferencia y significó una burla –más o menos legal pero francamente ilegítima- al decreto presidencial que prohibía los despidos por 60 días. Después de eso, las cadenas de fast food McDondald’s, Burguer, Mostaza y Kentucky, entre otras, vieron luz verde y rebajaron más de la mitad del salario de sus empleados.

Kamchatka accedió a un audio emitido por un dirigente sindical kirchnerista, con funciones en el actual gobierno, alertando sobre la ola de despidos que se cocina a raíz de esa defección de Martínez y Moroni. El mensaje circuló por WhatsApp entre los principales referentes de la CTA y su autor también despotricaba por la inauguración de una plataforma virtual en la página web de la cartera laboral para que los delegados y los gerentes de recursos humanos pongan en común la información, en medio de la cuarentena y ante el impedimento para deliberaciones cara a cara o reuniones asamblearias de comisiones internas. Las medidas gubernamentales para el cuidado frente al virus, paradójicamente, colocan al “enemigo invisible” en el centro pero los adversarios visibles de la mayoría preparan, sin inhibiciones, el ajuste sobre los asalariados que Fernández quería evitar.

En paralelo, el Presidente avanza haciendo equilibrio entre su reclinación sobre la estructura del cosecretario general de la CGT, Héctor Daer, y los caciques gremiales que lo respaldan, al paso que refunda su relación con el líder de los camioneros, Hugo Moyano. La etapa en ciernes lo obliga a un vínculo más que aceitado con el emblemático pope del legendario MTA, en aras de su disponibilidad para la mantención del orden y la circulación de las mercancías si los ánimos se embravecen.

La cuestión de los precios, por lo demás, enerva a las autoridades pero más todavía a los consumidores. Ya se dijo acá y no está de más recalcarlo: que los funcionarios del Gabinete nacional repitan que no hay razones para la suba de los alimentos y productos de primera necesidad y blandan modificaciones a leyes como la de Abastecimiento y Defensa de la Competencia pero el kilo de lechuga siga por encima de los 130 pesos es un cachetazo que desafía su propia autoridad. Sobre todo, porque el Frente de Todos se supo acreedor de una victoria casi ineluctable el pasado 11 de agosto y el ministro de Desarrollo Productivo, Matías Kulfas, anunció que iría sobre las cadenas de valor ni bien asumió. No hay excusas y sobra bronca.

A la lista de puntos flacos se suma la violencia institucional. Tampoco vale como fundamento único y dicho al boleo la perorata del carácter estructural de las policías como bíceps represivos o la pulsión asesina de los uniformados, liberadas por un “estado de excepción” y la tribuna de yuteo que señala al vecino que sacó a su perro más de dos veces en un día.

Esas definiciones redundan en la triste eximición de responsabilidad para los ministros y mandatarios que debieran ejercer con la firmeza basada en la Constitución Nacional la conducción política de las fuerzas de seguridad. Resulta, entonces, tan deplorable la cacería a la que instiga el jefe de la cartera de Seguridad chubutense, Federico Massoni, para que los efectivos detengan a quienes circulen por la plaza o busquen a quien pueda “chimanguear” porque las comisarías están vacías como la represión de la Bonaerense en el frigorífico Penta, en Quilmes, donde los trabajadores protestaban contra los despidos con el decreto 329/2020 la mano y cuyo articulado prohíbe despidos aunque Moroni no lo hace respetar.

Tanto el gobernador Axel Kicillof como la intendenta del partido ribereño, Mayra Mendoza, condenaron los hechos y el ministro de Seguridad, Sergio Berni, separó de su cargo a los policías que rociaron con balas de goma a los obreros de la carne. Tarde para cambiarse de caballo, el decreto 297/2020, el que estableció el aislamiento, fue la letra bautismal para que los portadores de armas de fuego se pavonearan en calles semidesiertas, con el sedimento reciente de la doctrina Chocobar y el desembarco lerdo de un gobierno sorprendido por la coyuntura.

Sin embargo, ya lo graficó el investigador de la Universidad de La Plata Esteban Rodríguez Alzueta cuando pintó a los efectivos policiales como “floreros ambulantes” que “se aburren y viven del tedio”. O como dijera el antropólogo José Garriga Zucal, la mayoría de los jóvenes que ingresan a la Policía piensa que va a tener una vida intensa y, luego, termina interviniendo en mediaciones entre vecinos por denuncias de ruidos molestos o tareas administrativas. Este aval social de darle fuerza al poder policial para que las familias se queden en sus casas profundiza esas características pero se suponía que la dureza de Berni era para que no se desmadrara la fuerza.

Atrás quedan los cruces verbales entre la ministra Sabina Frederic y su par bonaerense, ante la aparición de desafíos mayúsculos. Por momentos, cobra espesor lo que el vicejefe de Gobierno porteño le contó, en medio de la pirotecnia de verano, a un dirigente peronista de perfil netamente opositor. Según Santilli, le tocó compartir un acto oficial con Frederic y, al verla cómo se manejaba, concluyó que la antropóloga “entendía todo”. “Sergio, aflojá, que es buena mina y sabe lo que está haciendo”, le habría dicho a su colega del otro lado del Riachuelo. Cuando su interlocutor le preguntó por qué lo hacía, respondió: “si se arma quilombo con la Bonaerense, me explota a mí en la Ciudad”. Pero así como el pasado se lleva a cuestas en el presente, el entendimiento y las buenas formas entre actores de gestiones que tributan a distinto signo tampoco se inauguraron durante los idus de marzo.

En tanto, la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional (Correpi) ya elaboró 17 informes desde el 20 de marzo, con casos espeluznantes. Para muestra, sirve la historia de un jubilado de 83 años que fue citado a la comisaría 2ª de Lanús el 25 de marzo porque su hija había sido detenida cuando fue hasta el cajero del Banco Provincia para retirar la asignación escolar. En el Reporte Nº14 de aplicación del decreto, la organización narró que la niña fue maltratada y obligada a desnudarse y los uniformados retuvieron el DNI de su padre.

El otro problema sobrevino cuando el jubilado fue a cobrar sus haberes el 3 de abril pasado a la misma entidad crediticia. Aunque fue con la fotocopia de su DNI y la constancia policial del secuestro del documento, se volvió con las manos vacías. En la comisaría, según la Correpi, lo verduguearon y al momento de la publicación de la noticia en su portal seguía sin percibir su ingreso.

 

De difuntos y flores

El Gobierno atraviesa las circunstancias como si contuviera la respiración, aunque no faltan los funcionarios que se dejan llevar por sus emociones y tuitean desde una jactancia de dudosa factura: el secretario de Malvinas, Antártida y Atlántico Sur de la Cancillería, Daniel Filmus, se apuró a descerrajar anoche una paráfrasis del discurso del Presidente por la cual afirmaba que el país había logrado aplanar la curva de contagios, como si el pico no fuera a llegar y el dramatismo no embargue los ánimos de la población. La comparación de las estadísticas, sin contemplar variables como densidad poblacional, acumulación de riquezas en cada nación, recursos o PBI per cápita para guardar la cuarentena y hábitos o costumbres individuales con particularidades propias en cada latitud, no acredita demasiado rigor metodológico pero rinde simbólicamente, que es el campo donde se define el sentido común.

Al respecto, parece más atinado el reconocimiento a tres bandas que hizo el gobernador de Chaco, Jorge Capitanich, en declaraciones a FM La Patriada. Sobre el aspecto sanitario, expuso con solvencia y sin titubeos que su provincia cuenta con 270 camas de terapia intensiva y detalló el cálculo de la tasa de contagios y la demanda de pacientes de gravedad de acá hasta junio. Sobre el esfuerzo del ministro de Hacienda, Martín Guzmán, y su equipo para cerrar un acuerdo con los acreedores externos, admitió que el Gobierno apuesta entre otras cosas a los Derechos Especiales de Giro que ofrece el FMI para emergencias como la actual. Y finalmente, concedió que la presunta unidad política que va del macrismo al peronismo y tanto se reivindica podría resquebrajarse cuando se afecten intereses a la hora de afrontar la transformación del aparato productivo, a la salida de la pandemia. “La unidad en la diversidad es muy buena pero la falsa unidad tampoco es positiva, porque finalmente todo cambio implica tensión”, dijo, y agregó: “si lo nuevo va a ser más de lo mismo, entonces no cambiamos nada”.

La aparente quietud que gravita en la escena pública hoy esconde la pericia de la clase dominante para preservar su ventaja, sin que el Gobierno termine de ponerle coto a sus abusos. Sea porque precede a los sectores populares en organización o porque el Frente de Todos no termina de cuajar con consistencia política más allá del aglutinamiento por espanto a las afecciones pulmonares, es probable que los únicos que vuelvan mejores al cabo de unos meses sean los que ganaron siempre, salvo que se abandone la compleja lógica de la administración por la poética fórmula de la transformación.

2020-04-11T21:23:21+00:00 11 abril, 2020|II, Política|