Mala suerte

Por Mariano Denegris
@denegrism

Foto: Ezequiel Pontoriero

Las noticias se suceden, se superponen, se tapan unas a otras. Esa oleada permanente de un acontecimiento sobre otro funciona como una especie de anestesia mediante la cual soportamos cosas insoportables. Durante la tercera semana de este agosto dos hechos sacudieron los sentidos anestesiados por tanta noticia verdadera o falsa.

En el barrio de Constitución, Vicente Ferrer, un hombre de 68 años, recibió una golpiza que le provocó la muerte por parte de dos empleados de la empresa Coto, por haber intentado robar tres productos comestibles de un supermercado. Unos días después, aunque el hecho se conoció primero, en otro barrio de la Ciudad de Buenos Aires, Balvanera, Jorge Martín Gómez fue asesinado de  una patada en el pecho por un policía metropolitano mientras caminaba borracho por la calle.

Las dos muertes están unidas por la apariencia irracional de las acciones. Y sin embargo, en su desmesura brutal se inscribe la racionalidad exacta de lo medible. La muerte violenta como consecuencia del robo de un pedazo de queso, medio litro de aceite y dos chocolates nos pone frente al extremo. Y es el extremo donde un sentido se hace evidente, donde lo absurdo adquiere una lógica cristalina. La propiedad privada es el hecho que prevalece. Sobre una montaña de 227 granadas, 41 proyectiles de gases, 27 armas de fuego y 2 de lanzamiento, 3.886 municiones, 14 chalecos antibala, 22 cascos tácticos sin número visible, un silenciador y 9 escudos antitumultos, dispuestos como monumentos de la civilización en que nos toca vivir y morir, se erige el nombre de una empresa, que es el apellido de un empresario, que es un hombre 9 años mayor que el viejo Vicente Ferrer. Uno o dos de los más de 20 mil empleados de Alfredo Coto mató a Ferrer para proteger esos tres productos comestibles porque tenían dueño. El mismo dueño de unas de las veinte fortunas más grandes de la Argentina. Los 400 o 500 pesos que pueden costar esos productos serían descontados del sueldo  del encargado del sector en esa sucursal, que a su vez sancionaría a otros empleados de menor rango por el descuido, como lo explica la nota de cosecharoja.org “Si le roban a Coto pagan los empleados”. De manera que un sistema metódico se despliega con toda racionalidad para que esos 400 o 500 pesos no sean sustraídos de los 870 millones de dólares que hacen de Coto uno de los empresarios más ricos del país.

El hermano de Jorge Gómez dice que éste siempre terminaba borracho o drogado los fines de semana. Cobraba por su trabajo como repartidor en una pizzería del barrio y se iba de gira. Por eso entorpecía el tráfico esa mañana en que murió a contramano con una patada clavada en el pecho. Las cámaras de seguridad, que convirtieron todos los rincones de Buenos Aires en pequeños, constantes y espectaculares set de Gran Hermano, lo muestran caer pesadamente sobre la bicisenda de Humberto I. “Mala suerte”, dijo la Ministra de Seguridad, Patricia Bullrich. Las armas que escondía Coto en una de sus sucursales pertenecían a dos fuerzas que están a su cargo: Prefectura y Policía Federal. Pero aunque la fuerza que mató a Jorge Gómez no dependía de ella, no pudo evitar su respaldo al agente que le dio muerte. “Mala suerte” como el ganador de un juego antes las objeciones del perdedor, después de levantar las cejas con desdén. Cuando una patrulla de prefectos mató a tiros a Rafael Nahuel desarmado en Villa Mascardi, la Ministra defendió la mentira de los uniformados sobre un supuesto ataque previo de los manifestantes. Cuando el policía Chocobar fusiló a un ladrón desarmado, la ministra -junto al presidente Mauricio Macri- felicitó públicamente al homicida. Mucho antes, cuando gendarmes balearon una murga con niños y niñas en Bajo Flores, las autoridades también se apuraron a convalidar la versión de las fuerzas represivas. En las jornadas represivas de diciembre de 2017, también las cámaras del Gran Hermano porteño mostraron las imágenes de varios policías de la Ciudad rodeando a un jubilado, cercado contra el umbral de una casa, para patearlo y arrojarle gas pimienta.

Cada uno de estos agentes, así como los empleados de Coto, son el brazo armado de su empleador,  obedecen las órdenes, los premios y los castigos de sus autoridades, Horacio Rodríguez Larreta, Macri, Bullrich, Coto. Una cadena minuciosa de señales los habilita a la muerte sin culpa. Un método racional los pone de último eslabón de una sucesión lógica, apretando el gatillo, asestando el bastonazo, dando la patada, cerrando el puño que da en el viejo Vicente, ladrón de los chocolates, el aceite y el queso que suman 10 dólares en la cuenta de Coto.

La muerte tiene su lógica. Desplazar el altar de la propiedad privada hacia una irrestricta defensa de la vida es la única tarea que vale la pena. 

2019-10-22T16:49:57+00:00 28 agosto, 2019|III, Política|