CRISIS EN ECUADOR

Lenin bajo presión

Por Augusto Taglioni
@TaglioniAugusto

Foto: Agencia Xinhua

El 2 de abril del 2017 el binomio Lenin Moreno-Jorge Glas derrotó al banquero Guillermo Lasso en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales ecuatorianas. La continuidad se imponía a la teoría de fin de ciclo progresista, abierta luego de la derrota del peronismo en 2015 y la destitución de Dilma Rousseff en 2016.

Sin embargo, la algarabía duró unos pocos meses, cuando el asumido en funciones Moreno decidió dejar de ser parte de un proyecto que continuaba lo logrado por Rafael Correa para aplicar el programa de ajuste de los vencidos en las urnas. Desde entonces, persecución judicial, ajuste y un alineamiento internacional que llevó al Ecuador a retirarle el asilo político a Julián Assange, entregar las Islas Galápagos a Estados Unidos y salirse de Unasur con cierre de sede incluida.

Como no podía ser de otra manera, en el combo vino un acuerdo por un préstamo del FMI por 4200 millones de dólares cuyo desembolso será en plazos, siempre y cuando se cumplan con determinadas condiciones. Así se llegó al anuncio de la semana pasada sobre quita de subsidio en el combustible, despidos en el sector público y reforma laboral y previsional que provocó un paro nacional y masivas movilizaciones. La respuesta del Gobierno fue con represión, Estado de Excepción y Toque de Queda, un saldo de 8 muertos y 500 detenidos.

En este marco, la pregunta que sobrevuela no es cuánto le queda a Lenin en el gobierno sino cuánto tiempo tendrá el respaldo de los factores de poder que lo sostienen desde que traicionó a Correa. El actual presidente tiene un sustento prestado, compuesto por el poder económico local e internacional, parte del Poder Judicial y los partidos de derecha Creo, liderado por su otrora contrincante Lasso, y Jaime Nebot, referente del Partido Social Cristiano, exalcalde de Guayaquil y padrino de la excandidata presidencial, Cintia Vitteri.

Durante esta crisis, el jefe de Estado logró el apoyo de la Corte Constitucional, que aprobó el Estado de Excepción hasta el 2 de noviembre. Además, se mostró con las fuerzas de seguridad,  a las que les asignó la responsabilidad de sofocar las protestas.

Hay un elemento que Lenin no puede controlar y será determinante para el futuro de Moreno: el rol de la Confederación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador, principal actor de la rebelión popular. En cadena nacional, el Gobierno apuntó sus críticas al correísmo mediante una absurda teoría basada en una supuesta conspiración orquestada por Nicolás Maduro, que fue avalada de forma insólita por siete países de la región (entre ellos, Argentina) y Juan Guaidó, que presume ser líder aunque no puede juntar a cien personas para sacar al chavismo del Palacio de Miraflores.

A la hora de dirigirse a los indígenas, Moreno los calificó de “hermanos” y abrió un canal de diálogo que fracasó. La Conaie tiene un enorme poder territorial y moviliza de forma masiva, fueron actores fundamentales en la salida de anticipada de Jamil Muhad en 2000 y Lucio Gutiérrez en 2005, en la recordada “rebelión de los forajidos”.

Para entender la lógica indígena ecuatoriana, no es correcto idealizar ni relacionarlos con el progresismo regional sino asimilar que estos sectores accionan de forma pragmática, con la certeza de poder acordar o derrocar a un presidente si se lo proponen. Durante los años de Rafael Correa en el poder, existieron tensiones vinculadas al perfil extractivista del modelo de desarrollo e incluso fueron calificados de “opositores” en varias cadenas nacionales. Puede haber acercamientos tácticos pero de ninguna manera integran el mismo proyecto.

La negativa de diálogo acelera la incertidumbre y alimenta la hipótesis de que el establishment estaría dispuesto a entregar a Lenin para descomprimir. No obstante, el dilema radica en que, si eso sucede, podría agravarse la crisis política y significaría un triunfo político para los movilizados. El adelantamiento de elecciones es la salida constitucional que propone el correísmo bajo la figura de “Muerte cruzada”, pero no es gravitante en las prioridades de quienes harán todo lo que tengan a mano para evitar la vuelta del “populismo”.

Por estas horas, Lenin se encuentra entre la presión del FMI y la de los indígenas que le exigen dar marcha atrás. Las dos situaciones no pueden convivir y entre la magnitud y densidad de las protestas se terminará de definir un nuevo escenario político.

2019-10-10T15:49:24+00:00 10 octubre, 2019|II, Política|