La suma de todos los miedos

Por Pablo Dipierri
@pablodipierri

Bajo el síndrome de la arena movediza, el Gobierno se entierra cada vez más en una crisis que no trepida en devorárselo. Los bamboleos opositores que se erigen como alternativa permanecen en la insuficiencia. Capitalismo crujiente y subjetividades errabundas, en un país que baila al borde del desastre. 

Bruta, ciega, sordomuda, torpe, triste y testaruda, al decir de Shakira, deambula una parte de la sociedad argentina. Desesperada ante la expansión alarmante de un fascismo after hour, llama a sus dirigentes a la unidad, como si el fantasma de Jair Bolsonaro pudiera ahuyentarse con una operación aritmética de combinación de fracciones sueltas. El tuit de Felipe Solá apelando a la suma de todas las partes e incluyendo en el cálculo a “los cuatro de la foto del otro día”, en referencia al peronismo alternativo que mentaron el senador Miguel Ángel Pichetto, el líder del Frente Renovador, Sergio Massa, y los gobernadores de Córdoba y Salta, Juan Schiaretti y Juan Manuel Urtubey, respectivamente, condensa la misma angustia. Sin embargo, el espectro se cultiva en dimensiones que la matemática no resuelve.

Aun cuando encuestadoras como Dicen o Ágora cifren el descontento en guarismos que trepan a los dos tercios de los consultados, el presidente Mauricio Macri, vapuleado y todo, o la primera mandataria bonaerense, María Eugenia Vidal, reúnen todavía una intención de voto superior a la que juntaría la senadora Cristina Fernández de Kirchner, en un eventual ballotage. Paradójicamente, puede que la inestabilidad financiera arrastre al fracaso la experiencia política en curso pero el sistema, casi enajenado y bicicletéandose a sí mismo, ofrece sus propios instrumentos de cauterización: las pintadas que rezan Carrió 2019 son tan desopilantes como plausibles en una aventura distópica como la que se está esparciendo.

Dispositivo

La terquedad militante promedio, esa que sirve para darse ánimo en el vestuario pero no siempre alcanza para clavársela en el ángulo al rival, a menudo impide la lectura de un proceso que trasciende los límites geográficos de Argentina (ver, asimismo, pág. 30). El triunfo de Donald Trump antes y el batacazo de Bolsonaro ahora, asesorados ambos por el CEO mediático Steve Bannon, constituyen mojones que aportarían a una comprensión más acabada sobre la extinción del maridaje posible entre la democracia y sus sistemas de representación. Por confort o incapacidad, la agitación persistente en piloto automático se presume divisa y arma letal pero cayó sin excepciones en cada uno de los comicios donde debió medirse con el desparpajo superficial de los candidatos por algoritmo.

Las clases dominantes, hasta en los casos que van reñidas con los fenómenos electorales que las sorprenden, encontraron la forma de garantizarse la tasa de ganancia más allá del veredicto de las urnas o a partir de ellas. Con O’Globo en contra pero los evangelistas a favor y sin ninguna facultad oratoria pero a caballo de memes en sus 1500 grupos de WhatsApp, el Messias carioca se plantó en los umbrales de una victoria para el infarto de sus contrincantes petistas y los progresismos latinoamericanos que porotean su suerte a partir de lo que pase allí.

Así, los atributos del outsider que engolosinan a los analistas se borran solos. Lo que se ve no es otra cosa que la forma en que la época se mira al espejo. “Con visos de tilinguería o plebeyismo de TV, tanto Marcelo Tinelli como la vituperada Elisa Carrió bien podrían convertirse en instrumento de ese aparato, si el macrismo no rindiera en la pampa vernácula”, sugiere mordiéndose el labio inferior un gladiador kirchnerista.

Como si caminara a tientas, en una morada ensombrecida por las derrotas electorales de 2015 y 2017, la oposición no termina de encontrarle el agujero al mate. Ametrallados por ráfagas de plomo informativo o encandilados por el resplandor de pantallas que no entienden, los cuadros que resisten al influjo arrasador de la revancha de clase en el poder buscan en las calles al sujeto que abandonó hace rato esa liturgia, aunque asome cada tanto pero enancándose en convocatorias laxas, que reniegan profundamente de ciertos sentidos de lo político y operan discursivamente desde el resentimiento.

Para la doctora en Ciencias Sociales Gisela Catanzaro, “las subjetividades que, efectivamente, constituyen la base política y social del Pro no son despolitizadas porque, inclusive, en ciertos momentos son verdaderos cruzados”. “Aceptar la despolitización es asumir la imagen del Pro que el Pro quiere vender”, advierte, y agrega que, ya en los focus group de 2011, se detectaba que no había apoliticidad alguna ahí.

El profesor Martín Kohan, por su parte, reconoce la existencia de “un sujeto difuso”, que se asume como tal desde el odio o la fatiga. A su criterio, la diputada chaqueña es un elemento central para un gobierno que culpa del presente a los supuestos 70 años del peronismo: “el PJ es la razón de la vida de Carrió”, grafica.

En ese sentido, recuerda que el discurso macrista, al que califica como “desvaído pero eficaz en tanto funciona”, machacó insistentemente sobre las cadenas nacionales que brindaba la ex Presidenta a la hora de la novela. Según su perspectiva, el consultor Jaime Durán Barba fue uno de los artífices de la inoculación de la sensación de cansancio ante la argumentación. Restringiendo el espacio para la reflexión, la enunciación del republicanismo new age satura con indiferencia. “Lo que define al macrismo es la abstención como desinterés”, enfatiza.

Control de cambios

Timbreados para contarla frente a funcionarios que preguntan lo que les instruyen, los vecinos reponen textos acaso tan planos como la amarreta conversación de sus interlocutores gubernamentales. Sembrados en los programas de chimentos y resemantizados por la indulgencia que manguea la proximidad de quien pone la trucha, esos comentarios se profieren con el mismo compromiso con que se saluda al vigilante en la esquina o se delira al verdulero por cualquier resultado futbolero.

No obstante, la bronca crece pero, del mismo modo que la historia no se calca, el clima de la década del 90’ y la asfixia actual huelen distinto. Catanzaro opina que imperaba entonces un desapego cínico y gravita en esta etapa, lisa y llanamente, la crueldad. “(Luis) Majul decía que no creyeras en nada, ni siquiera en la tele. ¿Te lo imaginás ahora, diciendo eso?”, desafía, y para explicar que hubo un cambio de modalidad añade: “si en los 90’ teníamos una subjetividad más particularista, desapegada y cínica, hoy lo que tenemos es un neoliberalismo que te dice que puede ir en contra de tus intereses particulares, que vos tenés que estar dispuesto a realizar sacrificios y que es mucho más teológico, razón por la cual podríamos decir que tiene rasgos más próximos al fascismo en lo que el fascismo tenía de conservador”.

La bocha se trocó en 2008 pero no sólo por el conflicto con las entidades ruralistas ante el aumento de las retenciones a las exportaciones, trifulca que esculpió definitivamente a los actores que habían buscado el cauce antikirchnerista en la alborada de los reclamos de Juan Carlos Blumberg y el piquete ciudadano de Gualeguaychú contra las pasteras sobre el Río Uruguay. El estallido de las hipotecas subprime redundó en un giro del capitalismo a nivel planetario y tuvo su antecedente en 2001. “Con el atentado a las Torres Gemelas, se rompe el orden de la ficción muticulturalista y la utopía de la globalización sin fricción”, sostiene la autora de Pretérito imperfecto: lecturas críticas del acontecer.

Bajo ese prisma, indica que “lo que quedó es una eternización del presente”. “Lo que hay es lo que hay y, por eso, hay que encontrar el elemento redentor en la autoconsustanciación con esta escena: no te están prometiendo otra”, remarca. Solicitando el esquema teórico de Theodor Adorno y Max Horkheimer, desliza que “ya no es que se tapa la realidad proyectando un fondo dorado sobre ella sino que la realidad se transforma en su propia ideología, dorificada pero en su inmediatez”. Dicho de otro modo, se le mete un filtro de Instagram.

En este punto, Catanzaro y Kohan disienten. El escritor muestra cierta reticencia a colgarle el mote de fascista al Pro: no todo despliegue represivo o autoritario supone la emergencia de camisas negras, objeta, y al mismo tiempo revisa las definiciones clásicas para negarlo en tanto “se requeriría un tipo de articulación de liderazgo y movilización de masas”. “No hay fascinación carismática” con Macri, sintetiza. Por otro andarivel, la socióloga considera que “si bien al macrismo no le entusiasma tanto tener grandes masas en la calle, las están impulsando y están avisando que las van a movilizar”. “No son light: comparados con otros neoliberalismos, son un neoliberalismo recalentado y, en eso, vuelven a rasgos más típicamente modernos”, alerta.

Porfiar o reventar

Apurados por las circunstancias y perplejos por los hechos, militantes populares, sindicalistas de la CGT y la CTA y referentes opositores que la yugan se preparan para una confrontación que, por lo bajo, estiman despiadada. Sin chuparse el dedo, saben que orbita una ciudadanía esquiva y deducen que, sin que resulte privativo de la derecha o la izquierda, la frustración civil puede desembocar en aparatos como Podemos en España o el 5 Estrellas en Italia.

En diálogo con Kamchatka, el activista queer y profesor de Historia de las Artes Visuales en la UNA, Nicolás Cuello, le quita el velo al dispositivo de captura neoliberal, cuya función define como “un artefacto social que fabrica crueles promesas de futuridad para saciar las propias condiciones de precariedad que propone como destino”. “Es una sofisticada maquinaria de opresión que, con la estructura de una jaula, nos hunde en la miseria al mismo tiempo que trabaja en la aceptación de esos paisajes como naturaleza, prometiéndonos un (no) futuro que nos envuelve en una ficción de movilidad inexistente”, abunda.

La dificultad de estos días radicaría, desde este enfoque, en el borroneo del contexto y la reducción de lo que acontece a meras oportunidades que se aprovechan o no. “Lo poco que tenemos ya no es un castigo divino, deja de ser un martirio que nos excede, tan solo es la expresión crítica de un mal comportamiento propio, que se extiende hasta que sepamos correctamente de qué manera invertir nuestro tiempo, dinero y sueños, merced a un individualismo paroxista”, acomete Cuello.

En la misma sintonía, Catanzaro adiciona que “el sujeto está expuesto a una normalización de la crisis, por la cual nunca sabe qué carta va a tener que jugar mañana y, sin embargo, va a tener que salir a jugar”. “No sabemos cuánto va a estar el dólar, ni cuánto vamos a cobrar ni si vamos a cobrar… no sabemos, no sabemos pero tenemos que seguir actuando y eso tiene un costo subjetivo: el sujeto se siente totalmente impotente, sumergido en un campo de opacidades que no puede descular”.

Tal vez ese sea el dique de contención frente al oscuro deseo de justicia. Mantenerse con el agua al cuello y aferrarse a cualquier certeza, por precaria y contraproducente que sea, permite el restablecimiento de una mínima economía psíquica, concluye la investigadora de la UBA. En última instancia, adopta nuevos ribetes la pulsión de la desobediencia en una atmósfera siempre proclive al cálculo de la conveniencia entre un final terrible o un terror sin fin.

2018-12-28T16:04:52+00:00 28 diciembre, 2018|II, Política|