La calle, los cuerpos y el futuro son nuestrxs

Por Fabiana Solano
@xfabianasolanox

Si bien el verde viene tiñendo las calles porteñas desde hace meses, la última semana se extendió y llegó a los rincones de la trama urbana más ordinaria. Además de las mochilas y los cuellos se multiplicó sobre vidrieras, postes de luz, rejas, espejos de autos, balcones, cables, puentes, ventanas y cualquier superficie que permitiera atar un trozo de algo. Casi como en un ejercicio de reflexión epistemológico, la intervención artística y performática del espacio público a favor de la despenalización del aborto transformó las visiones distraídas en una búsqueda en serie de marcas verdes. Como una señal constante del “acá estamos”.   

Foto: Mariano Campetella

La Plaza de los Dos Congresos amaneció ayer vallada y dividida hasta la Avenida 9 de Julio, a diferencia de lo que ocurrió durante la votación en Diputados. El operativo de seguridad -sin precedentes-, impulsado por órdenes del presidente Mauricio Macri, fue encabezado por la Policía Federal pero, además, contó con la presencia de la Unidad de Infantería Femenina (UIF) y personal de la Dirección de Orden Urbano (DOU) de la Policía de la Ciudad. Bajo la excusa de evitar posibles acciones violentas de grupo radicalizados, se buscó generar miedo, amedrentar y disciplinar.

El efecto disciplinador no hizo eco, pues ya no hay grieta por donde inscribirlo. Desde muy temprano, cientos de columnas de mujeres, jóvenes, familias, agrupaciones políticas y centros de estudiantes se dieron cita en las calles porteñas y en todo el país. A diferencia de lo que históricamente se enseñaba, las mujeres ya no tienen miedo a salir a la calle, hacer ruido, poner el cuerpo. No sólo se movilizaron cientos de miles y pisaron fuerte el asfalto, sino que también se apropiaron de la calle, del espacio público.

Como en una pasarela en pleno carnaval, el recorrido de las calles aledañas al Congreso repartía estímulos y motivos para todos los gustos. Imposible no sentir cómo el cuerpo se unía casi involuntariamente a los bailes espontáneos y al sonido de los bombos. Sobre los márgenes se ubicaban desde los tradicionales puestos callejeros de comida popular a precio amigo, hasta vendedores ambulantes de comida vegana; desde grupos de lectura de poesía independiente con altavoces, hasta carpas donde maquillaban y tatuaban para la ocasión. La variedad, los colores, el glitter y el brillo fueron la marca registrada de una jornada de lucha que, a pesar de la lluvia y la intensidad del frío, resultó histórica: aglutinó en su acontecer el protagonismo de sujetos sociales diversos, minorías oprimidas y reivindicaciones silenciadas por la terquedad e impunidad de los poderes corporativos.

Los cuerpos y el espacio público, lugares históricamente relegados al uso y abuso del género masculino, se convirtieron en un escenario paradigmático de una marea verde que a la vista de cualquiera no paraba de crecer. No se trata de establecer una relación monocausal y lineal entre espacio y cuerpos, pero sí considerar al espacio como uno de tantos factores determinantes. La sensación es que por primera vez el espacio público, la calle, puede ser de las mujeres y las acoge. La sensación es que se pasa de ser objetos a ser sujetas, en el sentido más amplio posible, en todas las dimensiones culturales y políticas de la historia.

Los efectos del poder no sólo se inscriben en los discursos, sino que instruyen al cuerpo, disciplinando y controlando a las distintas subjetividades, y desde allí a las formas de comportamientos. La fuerza del feminismo es proporcional al alcance de los tentáculos del poder patriarcal, y eso provoca la necesidad de encontrarse. Sin perder las particularidades de cada unx, se intenta resubjetivar en torno a un accionar colectivo donde la voz del otrx es importante y no una mera ajenidad invisibilizada. Las miradas cómplices, los abrazos múltiples, los paraguas compartidos, los refugios colectivos en esquinas techadas, la circulación de mates, el vino de la botella y los multitudinarios gritos de lucha que terminaban en rondas desperdigadas en medio de la marea sobre Avenida de Mayo fueron expresiones de resistencia a esa fragmentación histórica.

La percepción de que algo sucede y al mismo tiempo trasciende es inconfundible, una mixtura de privacidad y complicidad que invita, pero al mismo tiempo permite levantar la mirada y observar, como a través de una vidriera. De este modo, el diálogo y el encuentro actúan como herramientas fundamentales y propician la interrelación entre discursos espejo, pero también entre la diversidad de experiencias que generan una conciencia más amplia acerca de la realidad y de la problemática del aborto.  Lo colectivo, las luchas históricas, las que antecedieron, se fusionan con la experiencia biográfica y las vivencias de cada unx para fundar un relato denso e imposible de ocultar bajo ninguna alfombra.

En ese marco el respeto, la necesidad de escuchar y ser escuchadx, el hablar el mismo idioma, el buscarse continuamente y encontrarse en otros ojos, la empatía, la certeza de estar ahí por un derecho de y para todas, encarnaron los efectos de la sororidad, valor que representa un potencial y una fuerza política que trastoca y quiebra los prejuicios de competencia y enemistad con los que hayan sido criadas: la prohibición de la alianza entre mujeres. Las prácticas y rituales apuntan a revertir los efectos de disciplinamiento que las instituciones han generado.

Para recuperar las propias características es necesario un reconocimiento mutuo, de hombres y mujeres, como personas que sienten, piensan, gozan, se expresan, se comprometen en una tarea colectiva generada desde el propio deseo. De esta manera, se intenta favorecer un readueñamiento del cuerpo y de la palabra legítima. Pero el propio cuerpo no sólo desde una búsqueda individual, sino también en torno a lo colectivo.

El lado B de la fotografía, no casualmente, fue el debate que se produjo en la Cámara de Senadores y el resultado de una votación que no supo ni quiso recoger el guante de la demanda social y el cambio de época. Desde una mirada vaga y clasista, sin correrse un centímetro de sus privilegios, la mayoría de los senadorxs demostró no estar a la altura del cargo que ocupan, y peor aún, ni siquiera reconocen una problemática social que existe y mata a miles de mujeres por año. La conquista del derecho sobre el cuerpo y la ocupación del espacio público provocan miedo y rechazo de parte de quienes responden a la tradición y al discurso del poder.

A pesar del resultado negativo de la votación y la frustración natural de ver caer un proyecto que implicó múltiples voluntades, en los rostros primó la tranquilidad del camino recorrido y la convicción de saber que por comprensión histórica, más temprano que tarde, será ley. Mientras tanto y a sabiendas de que no mejorarán las condiciones de salud pública en el corto plazo, la voluntad política y la organización colectiva deberán apuntar a consolidar los espacios de encuentro y las dinámicas de contención de las mujeres que deciden realizar una interrupción voluntaria del embarazo a las espaldas de un Estado que no sólo no protege, sino que además no quiere ver.

El deseo de libertad se encarnó en el millón y medio de personas que ya no se hacen cargo del fragmento de realidad que les toca por haber nacido con cierto tipo de genitalidad. Las nuevas generaciones llegaron para reconocer la necesidad de criticar el orden del mundo patriarcal, no tomar al mundo social tal cual es y no aceptar la inequidad como natural. Convivir, vivir y ser contemporáneos de los avances y retrocesos de género permite configurar una mirada política del asunto. Nada es dado, todo es conquista y ampliación de derechos.

Se produce así un nivel de conciencia colectiva sobre la condición de género nunca visto. La identificación positiva entre mujeres de distintos países, provincias y edades acrecienta y fortalece la noción del nosotras, mientras elimina los vestigios de la fragmentación que el patriarcado produce. Hoy las mujeres sienten que pueden crear nuevos mundos posibles, alejados de las opciones opresivas y enajenantes, diferentes, propias, donde lo que unx puede, o no, “permitirse” no implica una aceptación tácita de la propia posición, un sentido de los límites, sino justamente lo contrario: la libertad de decidir.

2018-08-09T21:05:09+00:00 9 agosto, 2018|Política|