Habíamos perdido tanto

Por Pablo Dipierri
@pablodipierri

Batacazo inesperado del Frente de Todos. Desconcierto en Juntos por el Cambio y debate intestino sobre la gobernabilidad o el estrago como epílogo.

Fotos: Mariano Campetella

El ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, entró y salió en menos de 15 minutos del complejo Costa Salguero, apenas pasadas las 18 del domingo, cuando las pantallas de televisión especulaban con el ancho de la diferencia entre el Frente de Todos y Juntos por el Cambio. “Perdemos por paliza, tengo que ir a fijarme por el dólar”, se le escuchó decir al funcionario.

En el búnker, trascendía que sólo estaban el jefe de Gabinete, Marcos Peña, y el secretario general de la Presidencia, Fernando de Andreis, y los voceros de Casa Rosada se consumían en la titánica tarea de que la prensa repitiera que el oficialismo caía nada más que por cuatro puntos bajo la fórmula de Alberto Fernández y Cristina Kirchner.

Los boca de urna que circulaban por WhatsApp eran retrucados por diputados y referentes cambiemitas bajo la frase canchera de que “esos números son falopa”. Y algo parecido diría Peña a las 19, en la sala de conferencias de ese galpón elegido para el crepúsculo: “sabemos que los boca de urna están dibujados o son truchos”, expresó ante los micrófonos dispuestos sobre el panel colorido con estética macrista y flanqueado por los jefes de campaña de la Ciudad, Eduardo Macchiavelli, y la Provincia de Buenos Aires, Federico Salvai.

Hasta ese momento, la ciudadanía comprometida con el acontecimiento electoral se comía las uñas y no terminaba de dar crédito a la información que versaba sobre un rotundo triunfo opositor. “Me llega que van 43 a 36 abajo, ¿es así?”, preguntó Kamchatka a una fuente de Balcarce 50 tras la aparición de Peña y su triste balbuceo de la palabra “contento” por tres en su primer contacto con los periodistas. La respuesta fue: “puede ser pero la diferencia se va a ir achicando”. Otro agente de prensa con despacho dependiente de Jefatura de Gabinete le dijo a esta revista, ante la consulta por la calificación de las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) como un escenario “preliminar”, que no había nerviosismo ni los números eran malos sino que sólo se trató de una respuesta puntual del premier.

En el campamento opositor comenzaba a expandirse la alegría, incluso, sin certezas sobre el resultado que se abultaba. Desde el entorno de los Fernández, se insuflaba prudencia pero de a poco se filtraban mensajes que sugerían el umbral de un triunfo inesperado. “No se pueden creer los números que nos están llegando de Provincia”, tipeaba en un intercambio por DM en Twitter un operador avezado que supo ser asesor de Aníbal Fernández.

Como la cigarra

Tantas veces el kirchnerismo se ilusionó con ganarle una mano al macrismo que la algarabía se estrangulaba con los labios aunque estallaba en los ojos, en forma de selfies, sobre las inmediaciones de las avenidas Corrientes y Dorrego -la cuadra donde se yergue el Centro Cultural C, lugar escogido por el PJ y Unidad Ciudadana para encontrarse con la militancia luego de que se conocieran los datos del conteo -.

De diferentes formas, contra distintos retadores pero un mismo patrón, la fuerza de la ex Presidenta había sido batida una y otra vez en las urnas, a excepción de 2011. En 2009, la sorpresa la dio el empresario Francisco De Narváez, que se diluyó rápidamente pero había reunido las voluntades de una derecha envalentonada tras el conflicto con las patronales ruralistas por la aplicación de retenciones móviles a las exportaciones de granos. En 2013, el verdugo había sido Sergio Massa, el mismo que fue jefe de Gabinete de la actual senadora y candidata a vicepresidenta luego de la renuncia de su antecesor, el propio Fernández. A la sazón, el tigrense encabeza ahora la lista de diputados nacionales por el territorio bonaerense. En 2015, el cachetazo de los comicios fue estrepitoso para el Frente para la Victoria, por el ascenso de María Eugenia Vidal a la poltrona de La Plata y el arribo de Mauricio Macri al sillón de Rivadavia, y en 2017, con la ex mandataria compitiendo contra un desdibujado Esteban Bullrich, fue un baldazo de agua fría.

Por eso, nadie se salía de la vaina en la oposición. “Lento y contento, cara al viento”, los versos del hit veraniego Calma del puertorriqueño Pedro Capó, sonaron una y otra vez en el reducto donde el Presidente esperaba vanagloriarse al mismo tiempo que personal de seguridad retiraba los globos que vestían de cotillón una fiesta que empezaba a apagarse. Sin embargo, el tema musical iba mejor con lo que ocurría en Chacarita, donde los dijeis kirchneristas decidieron darle cierre a la ceremonia con un tema del Indio Solari grabado y editado por FM La Patriada.

En el medio, se cayó Smartmatic, la empresa que tenía que computar las actas de escrutinio y el Correo no cargaba los datos. “No digan nada pero estamos 15 arriba”, le susurró uno de los colaboradores de Axel Kicillof a dos sindicalistas de probada consistencia ideológica y coherencia política. Este medio volvió a comunicarse con fuentes cambiemitas, que cerca del horario de la cena y antes de que hablara Horacio Rodríguez Larreta, el único macrista que ganó el domingo, admitieron su preocupación. “No entendemos, no sabemos qué pasó”, repetían con lágrimas en los ojos mientras la diputada Elisa Carrió se pavoneaba como una fuega entre los invitados macristas adelantando lo que haría cuando subiera al escenario: incendiarlo todo.

La emergencia, verbal y política, de Macri quedó de manifiesto cuando mandó a todos a dormir, cual tosco mono relojero. Y minutos después, cristalizaría con profundo espíritu antidemocrático cuando enfrentó las primeras preguntas de los periodistas sobre lo que ocurriría con el dólar al día siguiente: “es responsabilidad de todos, principalmente de aquellos que hoy han recibido más apoyo de los votos, yo voy a hacer mi parte”. Denostando a los que sufragaron por la oposición, el Jefe de Estado consideró que el caudal electoral cosechado por el peronismo complica el campo financiero. “La incertidumbre política nos hace daño”, definió, y agregó: “me duele en el alma que haya habido tantos argentinos que crean que haya alternativa volviendo al pasado”.

Lejos de tratarse de un desliz por encontrarse grogui o al borde del knock out, al día siguiente ratificó cada concepto. Y abundó.

Lo inexplicable, o inaceptable, para el oficialismo era –tal vez lo siga siendo en el momento en que el lector engulle estas líneas- haber perdido contra una ex presidenta que hacía campaña con un libro, un ex ministro de Economía que recorrió la Provincia de Buenos Aires a bordo de un Renault Clío con dos parlantes y tres asesores y un ex jefe de Gabinete que tiene llegada al establishment mediático, judicial y financiero. La política había resucitado, o nunca se había muerto, a pesar de la fascinación por sus presuntos enterradores.

 

2019-08-13T08:33:16+00:00 13 agosto, 2019|Política|