Extractivismo de la subjetividad

Por Carlos Romero
@soycarlosromero

Alejandro Kaufman es usuario frecuente de Twitter y, a la vez, uno muy poco frecuente. Intelectual y crítico cultural siempre afilado, escribe con asiduidad mensajes en la red social del pajarito celeste, donde  intenta mantener aquellos 140 caracteres originales, una medida que le parece adecuada a la vez que exigente. Sin embargo, quien entre al perfil de @ale_kaufman probablemente no encuentre ningún tuit publicado o, a lo sumo, algunos pocos y de fecha reciente. El misterio es simple: él los borra. Metódicamente. Y no se trata de arrepentimiento o paranoia. Lo hace por convicción. Si los tuits son un fruto de la inmediatez y hasta del impulso, consumida esa coyuntura, pierden sentido o, lo que es peor, asumen una coyuntura equivocada. Borrarlos se vuelve, así, un gesto de honestidad.

Kaufman –profesor en las universidades de Buenos Aires, Quilmes y La Plata, investigador del Instituto Gino Germani, ensayista y prolífero articulista– lo llama “un experimento”. Desde su mirada, el problema es del orden del tiempo. Plantea que “las redes están en presente. Cuando ves en esos espacios lo que pertenece al pasado, es como si estuviese escrito en la actualidad. Se descontextualiza, pierde sentido o adquiere cierta violencia”. Piensa en si los diálogos cotidianos, aún los más anodinos, pudieran persistir. “Como si se congelaran nuestras palabras cuando mantenemos una conversación, si se quedasen ahí, en el aire, y después pudieras volver y leerlas. Eso implicaría un cambio de la experiencia muy radical”.

Varios de esos tópicos Kaufman los rastrea en ficciones sobre un futuro eventual pero no tan lejano, como la serie Black Mirror, que refleja experiencias surgidas en la web, las redes y otros ámbitos de la vida virtual. “¿Qué pasaría si pudiéramos registrar todo lo que nos pasa, con esa posibilidad tecnológica de tener una mirada documental sobre todo?”, se pregunta. El mismo dilema opera en su palimpsesto tuitero: “Se trata de preservar la propia palabra de esa eternidad. En el día de hoy puse algo que solo tiene sentido en el día de hoy. Borré todo y dejé un solo tuit que refiere a esta fecha, no mañana. Mañana ya no va a estar y alguien que está pensando lo que significa hoy, va a entender ese tuit de un modo distinto que si lo leyera en otro momento. Si lo dejo, ya no tendrá sentido”.

La eternidad y los calamares

Para el autor de La pregunta por lo acontecido (La Cebra, 2012), las redes en sí son un laboratorio. “Un enorme experimento histórico-social, que remite a una diversidad de cuestiones que no terminamos de entender, porque, además, están en curso. Es un fenómeno que se está transformando continuamente, y por eso es muy difícil de evaluar. Se ve en la academia, donde hay muchos problemas con las herramientas metodológicas o conceptuales para entender lo que ocurre o inclusive para registrarlo”. A eso, se le suma una paradoja: “Las redes son eternas. Vos ponés algo que queda eternamente, pero después no lo podés encontrar. Si querés leer un tuit viejo, no es fácil, y si es muy viejo, es muy difícilmente recuperable. Depende, a veces, de la banda ancha o del dispositivo que uses, y puede llevar un largo rato”, describe Kaufman. Otro tanto ve en el invento de Mark Zuckerberg. “En Facebook es imposible, porque vincula mucho los contenidos y no tenés acceso ordenado, no está como lo pusiste, sino que se dispone de distintas maneras según cómo funcionan los algoritmos”.

Si buscar en esa eternidad no es simple, tampoco lo es el ejercicio inverso. “Borrar no es tan fácil. Las cosas quedan en algún lado, como en un dispositivo tuyo que no se actualizó. Después, hay máquinas, que yo llamo ‘calamares’, por los calamares de Matrix. Son sistemas inteligentes y agresivos. En Twitter hay calamares que hacen cosas con los tuits. Podés sacar un usuario y te dan una cantidad de operaciones, por ejemplo, quién sigue a quién, quiénes te dejaron de seguir, y ahí quedan tuits que vos borraste. Hay lugares donde las cosas quedan aunque las hayas borrado”.

Otro futuro feliz

La llegada de Cambiemos al poder instaló la pregunta sobre el impacto de las redes sociales en las prácticas políticas. Para Kaufman, se hunde en el tiempo: “Los cambios tecnológicos suelen vincularse con fantasías de felicidad y progreso, desde Julio Verne o antes, con Leonardo Da Vinci, o antes todavía, con mitos como el de Ícaro o con Platón, que decía que la escritura haría perder la memoria, porque si se escribe no hace falta recordar”. En resumen, “el tópico es cómo se organiza la imaginación respecto de las promesas de la tecnología”, en un anhelar que viene flojo de referencias. “Así como perdés el contexto del pasado –advierte–, no podés prever el contexto del futuro, y cuando se proyectan los desarrollos, se los hace descontextualizados”. El resultado es un futuro que “siempre es perfecto, feliz, donde no hay efectos adversos, no hay conflictos, todo está limpio”.

La contracara, tanto revelación como desencanto, es lo que el ensayista llama “una ciencia ficción sucia”. Es decir, “está la ciencia ficción limpia, en la que todo es como en los diseños, por ejemplo, 2001 Odisea del Espacio, y después vienen Alien y Matrix, donde hay suciedad, porque el contexto es la suciedad, el error, la heterogeneidad”. Plataformas como Twitter serían un intento por recobrar la pulcritud prometida. “La redes –señala– sustituyen el tipo de discurso de 2001 Odisea del Espacio, porque en las narrativas convencionales ya quedó claro el futuro distópico. Las redes sociales lograron, de nuevo, tener una ilusión utópica de tipo puro”.

El encanto, por supuesto, dura poco. Se rompe cuando “la suciedad aparece como discurso del odio, como violencia. Es decir, cuando nos prometen utopías o modalidades que son inverosímiles o en conflicto con nuestra vida real. Eso nos lesiona sin que nos demos cuenta y reaccionamos violentamente”. La frustración se hace evidente: “Me dicen que esto me lleva al conocimiento infinito, a la igualdad, al poder, y no ocurre nada de eso. Mi vida sigue siendo la misma mierda, pero con un teléfono”. Por otra parte, se conservan los escalafones y ahí ubica el investigador a las razones del macrismo. “En las redes –sostiene– se reproducen las condiciones del poder. Son los poderosos los interesados en mantener ese utopismo y en eso reside la clave de por qué para Cambiemos es tan importante”. El autor se encarga de aclarar que el suyo “no es un planteo tecnofóbico, pero el borramiento de toda materialidad, de toda procesualidad, lleva a practicar una fantasía”, algo que para el gobierno “es funcional porque lo es la idea de un futuro sin conflicto y las redes están estructuradas sobre esa idea”.

Vienen por las redes

Kaufman ve en las redes sociales una forma novedosa de extractivismo. “Son algo que es gratuito, voluntario, deseante, feliz, y que se monetiza en beneficio de unos pocos a expensas de una multitud que aporta su cuerpo, su sangre, sus deseos, su tiempo desinteresadamente, que es explotada. De esa manera, se extrae plusvalía del tiempo libre”. La prueba que propone es simple y la puede ensayar cada lector de esta nota: “Si paso toda mi vida estructurada por las redes, duermo con el teléfono, me despierto y miro WhatsApp, etcétera, todo eso va configurando una red de algoritmos, de Big Data, de extracción de datos que se convierten en capital”. Por eso, considera que “el extractivismo ya no es sólo los minerales que están en las montañas, sino que es la subjetividad. Es decir, el capitalismo actual es un capitalismo de extractivismo de la subjetividad. Extraen nuestros deseos, inquietudes, sueños, expectativas y todo eso se convierte en mercancía”.

En el ámbito laboral, ve multiplicada la operación. “Como trabajador, uno es explotado de un modo que regresa a formas de esclavitud. En los últimos años, cada vez más, se me aparece el concepto de la esclavitud, ya no el salario, sino el sometimiento”. Para Kaufman, “de alguna forma, la captura de la subjetividad que hacen las redes está inspirada en la captura de los esclavos del África por los traficantes europeos. Es ir a un terreno silvestre y capturar una riqueza y usufructuarla, sin que importe el origen, sin que importe el depositario. Ahora, son nuestros cuerpos, nuestras mentes”.

Esta “microcolonización por regímenes de signos o tecnologías” deja vetustas ciertas miradas contrahegemónicas clásicas. “La idea de que la colonización es territorial o geopolítica es muy relativa, un poco obsoleta, porque esto ocurre por todas partes”, sostiene Kaufman, que también alerta sobre “una ingenuidad que tenemos, por la cual creemos que podemos participar en las redes, por ejemplo, políticamente”. La referencia es a “lo que hacen algunos grupos políticos, que recortan la parte del programa de televisión en que los entrevistaron, donde todo el contexto es atroz y los deja mal parados, los difaman y maltratan sin que se den cuenta”. Sobre todo, ubica esta práctica en Intratables, programa al que considera “la culminación de una serie de dispositivos de dominación, que alcanza niveles de brutalidad y crueldad incomparables”. Por eso, le resulta bastante ingenuo el ejercicio del recorte político subido a las redes, “como si el contenido de lo que dijeron pudiera imponerse al contexto”.

Aquí y ahora

Al cierre de esta nota, el @ale_kaufman tenía apenas 15 tuis publicados, entre mensajes propios y retuits. Como es usual, ya habrán sido borrados.

2019-01-09T16:43:38+00:00 28 diciembre, 2018|II, Política|