El peligro del sujeto

Por Lucía Ríos y Pablo Dipierri

Abogado, padre de tres hijos, herencia militante revalidada desde un compromiso temprano, filo verbal y una autonomía que incomoda incluso a los más cercanos caracterizan al referente del Movimiento de Trabajadores Excluidos y la CTEP. Ensayando un equilibrio entre la organización que lidera y el frente político opositor que supone requiere el país para el 2019, se zambulló a la charla con Kamchatka y se despachó sobre ciudadanía, fascismo, derecha, progresismo y pueblo.

Fotos: Carlos Brigo

La oficina tiene un desorden ordenado. Un diploma del Senado, suelto sobre una pila de objetos, sin enmarcar y con el nombre de Juan Grabois, indica que hace muchos años la Asociación Argentina de Actores le entregó un reconocimiento.

“No soy cholulo, pero esta foto la quería”, le dice un compañero que terminaba de reunirse con él, antes de la entrevista que el dirigente de la CTEP le concedería a Kamchatka. Grabois sonríe de verdad: “Meta”, contesta mientras lo abraza y posa para el celular.

En una esquina de esa habitación, emplazada en el primer piso del edificio administrativo, operativo y político de la organización en el barrio de Constitución, un cilindro de cartón guarda chalecos y banderas. Durante el reportaje, varios compañeros y compañeras entrarán y saldrán, para buscar algo, consultar sobre cierto tema al joven abogado o avisarle que alguien lo espera. Una de las que irrumpirá será “La Jesi”, anotada entre las “muchas más de 100” que viajarían al Encuentro Nacional de Mujeres en Trelew. Jesi tenía una campera rosa furioso con el logo del Encuentro y la CTEP, confeccionada exclusivamente para la ocasión. Después de saludarse con un abrazo, y mientras Jesi se iba por la puerta, Grabois le pide una “del talle más grande que tengas”. La mujer regresa al rato con el pedido, se vuelven a abrazar e intercambian palabras de aliento de cara al evento feminista más importante de Argentina.

Acaba de publicar el libro La Clase Peligrosa, por editorial Planeta, y eso lo coloca en un lugar novedoso. “Me llamaron el año pasado porque querían que escribiera un libro sobre el Papa y yo les dije que no. ‘No da, no quiero pero, si querés, escribo sobre cuestiones sociales’. Y aceptaron”, repone. Se muestra satisfecho y con ganas de repetir esa hazaña pero confiesa, entre risas: “creo que para eso se tiene que vender mucho”.

¿Para quiénes es más peligrosa la clase?

¿Te referís a la clase o al libro?

El libro habla de la clase…

Es como un juego de palabras. La idea del libro es reflejar situaciones de los sectores excluidos del modelo de acumulación capitalista que, en definitiva, expresan la contradicción central que hay a nivel global. Para mí, es entre quienes están fuertemente integrados a la civilización y quienes quedan del otro lado de los muros físicos, existenciales y culturales. A la larga o la corta, entre la degradación interna y la presión externa, todo sistema excluyente y amurallado termina cayendo. La clase peligrosa sería esa, la que pone en peligro la civilización. Después, queda abierto porque existe un 1 por ciento que acumula la riqueza y es el verdadero peligro. Porque no solamente es el polo más poderoso sino que choca contra el límite ambiental, ya no tecnológico. Hay un límite físico y, si se traspasa, las consecuencias tendrán que ver con un desastre ecológico sin precedentes en la historia de la Tierra. Esa clase, que no es la burguesía industrial y ni si quiera se los podría identificar como a los banqueros, compuesta por unas 60 millones de personas que son las concentradoras del 50 por ciento del producto bruto a nivel global, pone en riesgo el futuro de la humanidad. El Papa lo dice: en manos de los pobres no sólo está su propio destino sino el futuro de la humanidad. No lo dice para hacer demagogia pobrerista. Contra ese modelo que engendra una oligarquía global o una ciudadanía sin identidad ni arraigo que tiene patrones de consumo absolutamente pornográficos, los compañeros nuestros tienen que pelear…

Entonces, no es tan naif la utopía con la que cerrás el libro. Y a su vez, ¿no falta ese pedazo de sociedad opulenta en la descripción de la comunidad a la vera del Riachuelo que habita el personaje?

Claro. Porque el capitalismo cumplió una de las dos promesas que hizo. Una es la producción y la otra es la distribución. Cumplió la primera: el modo de producción capitalista es ultra réquete recontra productivo. Los niveles de pobreza bajaron muchísimo en términos absolutos. Hoy hay menos pobres que hace 300 años en términos de ingreso o acceso a cosas. Cualquiera en una barriada o villa puede tener este aparatito (señala el teléfono celular), que es una máquina de telepatía o ficción. Podés contactarte con un japonés o con alguien que esté ahora en Kamchatka. Entonces, se podría construir una utopía chiquitita solamente con algunos elementos de redistribución de la riqueza moderados. Con un impuesto del 10 por ciento a las ganancias globales, resolvés todo. Pero eso va contra la propia lógica del sistema.

La CTEP fue uno de los primeros actores en pensar a los excluidos del sistema como sujeto. ¿Cuánta ciudadanía puede haber en ese sujeto hoy o por dónde pasa, en todo caso, la ciudadanía que pretenden como sujetos?

Está bueno como categoría para verlo. La categoría de ciudadano es lógica y universal. Y la categoría de pueblo es histórica y mítica. El problema de la exclusión es que se destruye la categoría de pueblo, no la de ciudadanía. Es un problema de la democracia burguesa y el humanismo en general, que se han vuelto hipócritas. Ciudadanos somos todos. Aunque no tengas DNI, jurídicamente, el contrato social y la ficción liberal de la igualdad ante la ley siguen funcionando. Ahora, con el constitucionalismo social, que no perdió su vigencia, el problema es que hay un montón de normas pero no se cumplen. Es un problema de poder. El que te otorga la ciudadanía, el Estado Nación, no tiene la capacidad de garantizarte los derechos que establece en su texto fundacional. No es que no quiere el Presidente, no lo puede hacer. Para hacerlo, tiene que manotear los recursos de los sectores dominantes que tienen más poder que los estados. La disputa por el Estado cada vez menos es la disputa por el poder. El poder del Estado es muy acotado y eso tiene que ver con el fascismo. Al ser hipócrita la visión humanista, ilustrada y republicana, te puede decir que le re caben la diversidad, los senegaleses y no los van a reprimir pero después les importa un carajo si se mueren en la frontera, se mueren de hambre, esto o lo otro. Bueno, no funciona ni para el excluido ni para el integrado, que ve que el crecimiento de la exclusión atenta contra su calidad de vida. El humanismo progresista con sus discursos de garantía democrática se ha convertido en irritante para la famosa mayoría silenciosa, como nuestra negativa a la baja en la edad de imputabilidad.

Las promesas incumplidas de la arquitectura jurídica iluminista hacen que se pudra todo igual.

Claro. Las promesas incumplidas y un discurso fundamentalmente asentado en la defensa de los derechos de las minorías, que es muy importante para una perspectiva democrática pero, cuando eso se usa para compensar la incapacidad de garantizar los derechos de las mayorías o como una máscara para disfrazar de progresismo un sistema estructuralmente injusto, se convierte en una invitación al fascismo. Nosotros, en la CTEP, defendemos una minoría, que son los excluidos. Son el 30 por ciento. Cuando yo voy a una comisaría a defender a un senegalés para que no lo metan preso, yo sé que me está puteando el 70 por ciento de la sociedad. No voy a ganar ninguna elección. Yo no puedo andar desde el progresismo ilustrado porteño, sobre todo de multimillonarios, que es lo que pasa con Hillary Clinton, Wall Street y toda esa mierda, diciéndole al almacenero, que es vecino de una piba a la que violaron, “jodete” o “fascista”. Los compañeros de los movimientos populares en Brasil se quejan de los fascistas que votaron a (Jair) Bolsonaro… ¡flaco, lo votó la mitad de la población!

Y hubo lulistas votando a Bolsonaro, ¿no?

Lógico. Por qué. Porque a Lula le faltaba un dedo, hablaba normal y todo el mundo le entendía lo que decía. Era un laburante y fiel a la cultura popular de su base. Hay un discurso progresista que pretende encasillarnos a todos para que digamos lo políticamente correcto y que nos pongan muchos “Me Gusta” en la burbuja de filtro de Facebook que tenemos con nuestros amigos de la universidad, el Nacional Buenos Aires, el Pellegrini o el mundo de la política. Después nos sorprenden cosas. Hay una contradicción real que hay que entender, entre los que no pueden vivir excluidos y los que apenas pueden vivir. Hay un choque ahí, que no es un invento del Grupo Clarín. Y tiene un sustrato moral: vos, que me querés enseñar a vivir, te la choreaste toda y vivís como un bacán, que tampoco se puede atribuir exclusivamente a una maniobra de las corporaciones mediáticas. Eso desacredita el discurso popular.

¿Ves algún paralelismo o alguien que se parezca a Bolsonaro acá?

Muchos han tratado.

Sí, pero en la actualidad…

Tenés un par. ¿Con qué acumula Bolsonaro? Con tres temas: antisistema de derecha, valores rectos y la seguridad. Si vos me decís quién tiene más chances de hacer bolsonarismo, es Lilita Carrió. Y no quiero hablar de los de la oposición porque por ahí me tengo que hacer amigo, pero hay algunos que intentaron transitar ese camino. El tema es que acá nadie es muy creíble. La sociedad argentina tiene una ventaja y es que Macri asumió antes que gane Trump. Quería ser Mauricio, no Macri. Porque quiere ser cool, no un facho de derecha. No se autopercibe así…

Pero, en Argentina, tal vez y a diferencia de lo que pasa ahora en Brasil, ¿puede que haya un fascismo vergonzante?

No. Si en Argentina existiera un Bolsonaro, bien hecho y derecho, se lleva todo. Cuando a nosotros nos pega Patricia Bullrich y dice que somos narcos, sube en las encuestas. No es tonta la señora. Nosotros no entendemos que hay una estrategia. Capaz que Bolsonaro ni siquiera es homofóbico.

Igualmente, hay cosas que están mal vistas…

¿Sabés por quiénes están mal vistas? Por la propia clase social de Macri. Son gorilas pero liberales. Tenés algunos fascistas pero, a ver, se juntan a fumar porro. No son tradición, familia y propiedad.

La oportunidad histórica

Grabois confiesa que reza bastante, no le gusta el fútbol, escucha música clásica y metal, y trata infructuosamente de dejar de fumar, comer menos harinas y hacer deportes. Vivir al pie del cañón se la complica. Consultado por esta revista acerca de la marea feminista, explica que atraviesa los micromachismos y su deconstrucción gracias a que su hija adolescente le marca la cancha. “Igual, si hay algo que no me cierra, lo discuto”, retruca, y agrega que las construcciones políticas y sociales también tienen una deuda que, en lo que respecta a las cooperativas que representa, intenta saldar mediante mecanismos de codirección compartida entre hombres y mujeres. Sin embargo, suma otra exclusión por la que pocos se indignan: “en las organizaciones populares, solemos ser los que provenimos de clase media los que lideramos”, admite. En ese sentido, señala que costó mucho empoderar a trabajadores como Sergio Sánchez o Jackie Flores, y arremete: “nadie se fija pero no hay un solo pobre en el Congreso”.

Hay una moral reaccionaria en las denuncias de corrupción y, si se quiere, también una moral revolucionaria. ¿Anhelás la emergencia de un jacobino, que hable con el respaldo de sus acciones sin millones en un banco?

No va a pasar. Estamos en la posverdad. Vos podés ser la Virgen Niña y ser el peor de los delincuentes al mismo tiempo. La construcción mediática de la imagen es, en este momento histórico, una fuerza muy poderosa. El jacobinismo expresaba, en un contexto de la revolución de la burguesía, una tendencia dominante y tenía el control de la opinión pública frente al oscurantismo.

¿Los excluidos van a dejar de ser excluidos en algún momento?

No. En el sistema capitalista, no. ¿Van a dejar de ser excluidos del mercado laboral? No. El mercado laboral se va a contraer cada vez más. Nuestra aspiración es muy naif y mínima: que exista un sistema mixto que permita que el sector que está excluido de las relaciones de producción capitalista tenga un piso de derechos efectivos que les garantice vivir dignamente. Eso solamente se puede hacer desde la confluencia de organizaciones comunitarias y políticas redistributivas fuertes del Estado. La dualidad social es inherente al desarrollo de las fuerzas productivas del capitalismo y no creo que vaya a terminar en el margen de este sistema. Para que deje de suceder, tendría que haber una transformación estructural, revolucionaria y mundial.

¿Qué ven los que apoyan a Cambiemos, y lo votan, aunque vivan en las peores condiciones? Y agregaría: ¿hay todavía entre los más humildes hombres y mujeres que digan que volverán a votarlo en 2019?

Lo que veo es que nadie, entre los pobres, va a volver a votar a Cambiemos. Votaron muchos pero nadie lo volvería a hacer porque fue una infamia lo que han hecho…

¿Pero por qué lo votaron?

Lo votaron porque querían un cambio. Qué sé yo. No vieron una perspectiva para mejorar su vida con (Daniel) Scioli…

Cruje y se cae a pedazos toda la democracia heredada desde 1789 para acá. Y sin embargo, se sigue jugando ese juego pero da la sensación que la derecha o los dueños del sistema aprendieron a jugar mejor en las últimas décadas. ¿Cómo se puede enfrentar eso, siendo que ya no alcanza con la aritmética?

Yo estoy seguro que el año que viene va a haber un triunfo del campo popular. Mi preocupación más grande es que ese triunfo se traduzca en un programa de transformación social profunda, que mejore fuertemente la calidad de vida de la población en general y que permita cerrar las puertas a estas tendencias intolerantes y ultraconcentradoras de los neoliberales. Vamos a ganar más por la debilidad de ellos que por nuestras propias fortalezas. La única veta que me preocuparía es un triunfo no democrático a lo Bolsonaro, que ganó porque hubo un golpe previo contra Lula. Está preso el señor que iba a ganar las elecciones. Por eso, me opongo a los intentos de proscripción de Cristina Fernández e, increíblemente, no han suscitado reacciones de todos los que se perciben parte del campo popular. La posibilidad que tienen ellos es generar una grieta muy profunda, a través de la proscripción o el encarcelamiento de la ex presidenta, aceptada por un sector del campo popular. Una especie de colaboracionismo con la proscripción, como fue en la época de Vandor con el peronismo sin Perón.

2018-12-27T18:16:56+00:00 27 diciembre, 2018|II, Política|