Crisis a cuatro bandas

Por Augusto Taglioni
@TaglioniAugusto

“Brasil no puede parar” es la campaña que lanzó el gobierno de Jair Bolsonaro para oponerse a las medidas de aislamiento social que están tomando la gran mayoría de países del mundo y los Estados de su propio país para combatir el coronavirus. Al momento de escribir esta columna, el gigante sudamericano había superado los tres mil casos positivos de contagio y contaba más de 90 muertos. El presidente de Brasil nunca cambió su postura respecto a lo que calificó más de una vez como “una gripezinha”, al punto de violar su propia cuarentena por estar en zona de riesgo, haber viajado a Estados Unidos y contar con buena parte de sus ministros de confianza infectados.

En ese marco, el mandatario se alineó a la rama de países que priorizaron la economía por sobre la salud, como los Estados Unidos de Donald Trump y el México de Andrés Manuel López Obrador, con una diferencia sustancial: el gobierno brasilero nunca abandonó el camino liberal de la economía, mientras que los otros ejemplos se ocuparon de inyectar dinero en sus economías para evitar males mayores -que, a esta altura, son inevitables-.

Difícil es saber con certeza si las actitudes de Bolsonaro se motorizaron por una sobreideologización de sus posiciones o simplemente no está en sus cabales para comprender la magnitud de la crisis que está minimizando. Como sea, la situación de Brasil es grave y Bolsonaro se enfrenta a una crisis a cuatro bandas que, a diferencia de Trump y AMLO, no parece tener ni el consenso ni la fortaleza para encabezar. Veamos…

 

Colapso sanitario

El gobierno nacional decidió que la ciudadanía continúe su curso habitual y, por ende, no limitó la circulación de gente. Esto, según especialistas, podría colapasar el sistema de salud para mediados de abril, cuando termine combinándose la expansión del virus con políticas de ajuste que perjudican a los sectores sociales más postergados.

Los epidemiólogos hablan de un millón de muertos o más, por las condiciones de higiene en favelas o barrios con mayor grado de pobreza. Si a esto se suman las aglomeraciones en el transporte público, los comercios callejeros y la vuelta de los chicos a las escuelas, puede proyectarse que la situación podría empeorar.

Los gobernadores de estados importantes como Río de Janeiro y San Pablo lo entendieron de esa manera y evalúan montar hospitales de campaña en el Estadio Maracaná o el Morumbí.

Las favelas reúnen todas las condiciones para que el virus se propague: espacios reducidos con mucha gente, falta de servicios básicos como agua, ausencia de ventilación y nula higiene. Tan solo en las favelas de Río de Janeiro hay 15 millones de personas en riesgo. Es por eso que el gobernador Wilson Witsel tomó distancia de las medidas de Bolsonaro y las milicias y grupos narcotraficantes que controlan el territorio decretaron el toque de queda.

 

Crisis económica

Como han confirmado diversos organismos financieros, las mismas consecuencias económicas que la crisis de 2008 provocó en tres años el coronaviris las hizo en tres meses. La recesión mundial es tan inevitable como los problemas económicos que traerá acarreados para la región latinoamericana.

Una proyección oficial redujo la estimación del PBI brasileño de 2,1% a 0,02% en 2020. Otra, pro-veniente del Think Thank FGV, estima que el PBI puede reducirse 4,4%, el peor número desde 1962. Otros pronósticos más pesimistas hablan de una caída mucho mayor.

Además, cabe destacar que cerca de un 40 por ciento de la población trabaja en la informalidad, realizando trabajos como Uber o vendedores ambulantes. A esos sectores se los llevaría puestos la parálisis económica y un eventual estallido social.

Al problema de la economía real se le suman inconvenientes en la macroeconomía, con un tipo de cambio que superó por primera vez el valor de los 5 reales por dólar. Si bien era un objetivo del ministro de Hacienda, Paulo Guedes, devaluar la moneda, la inestabilidad global hizo que la situación se les fuera de las manos. Una devaluación, como se sabe, empobrece a los sectores asalariados.

 

Estallido social

Los dos puntos anteriores aceleran el empeoramiento de condiciones sociales, que ya viene creciendo en el país vecino. El ciclo Michel Temer-Jair Bolsonaro elevó la cantidad de desocupados a 13 millones, con una reforma laboral que alimenta la flexibilización extrema de las condiciones de trabajo y atenta contra la organización sindical.

En una reciente entrevista a un medio radial, el doctor en Economía Eduardo Crespo manifestó que la cifra de desocupados podría llegar a 40 millones y que la pobreza aumentaría ante el shock recesivo que se viene y que no cuenta con medidas económicas de parte del gobierno federal. Es decir, Brasil va camino a contar con la mitad de la población desocupada, enferma y desamparada con un gobierno que intentó proponer la suspensión del pago para los trabajadores que no vayan a trabajar, promueve privatizaciones, tiene limitaciones constitucionales para elevar el gasto y defiende a empresarios que no tienen reparo en decir que para que la situación se calme “se tienen que morir unos cuantos miles” como parte de cualquier proceso natural.

Un dato que vale le pena mencionar es que, por cuestiones de una profundización de la crisis social, no solo puede aumentar el malestar de la población sino que empodera a aquellos que se ubican al margen de las instituciones: milicias e iglesias evangélicas.

Aquí es donde crece el rol de los alcaldes y gobernadores que, sin distinción partidaria, proponen una renta básica universal y aumento de planes sociales como el Bolsa Familia. Si hay quienes pueden frenar un estallido social en Brasil, son quienes tienen el poder territorial y hoy se ubican en la vereda de enfrente de Bolsonaro. Eso abre el último de los puntos de este análisis.

 

Aislamiento político

Los tres tópicos mencionados son preocupaciones de todos los países que están tratando de frenar el impacto del coronavirus. Brasil agregó un plus: la crisis política que venía de antes de la aparición del Convid-19 pero que entró en una etapa de disputa frontal.

En medio de una pandemia que pone en vilo al mundo, Bolsonaro está enfrentado con el Congreso, gobernadores, alcaldes, medios de comunicación y el Poder Judicial.

La movilización de la que participó violando su cuarentena fue justamente en contra de esos poderes que el Poder Ejecutivo pretende disciplinar sin la correlación de fuerza suficiente para hacerlo.

Los gobernadores construyeron un frente común en el que confluyen desde el comunista de Marañao, Flavio Dino, el bahiense del Partido de los Trabajadores Rui Costa, el empresario paulista Joao Doria y el ex militar y ex aliado de Bolsonaro, Wilson Witzel de Río de Janeiro.

Antes de la pandemia, el oficialismo había perdido representación parlamentaria tras la ruptura de Bolsonaro con el Partido Social Liberal y el lanzamiento de Alianza por Brasil, un espacio de bolsonarismo duro con el que el ex capitán del ejército pretende seguir mostrándose como outsider. En el horizonte, aparecen varios nubarrones que anticipan una tormenta para el jefe de Estado. El primero es la falta de autoridad en las decisiones: a pesar de su empecinamiento en convencer de que todo va a estar bien, los principales estados aplicaron cuarentenas y los gobernadores construyeron lazos con China para abordar la crisis sin pasar por el poder central, simplemente insólito. La falta de legitimidad de la palabra de Bolsonaro se cristaliza en los cacerolazos posteriores a sus mensajes, las críticas de dirigentes como Fernando Henrique Cardoso y los encendidas editoriales de medios de comunicación que antes eran contemplativos.

El segundo ítem es la posibilidad de un juicio político encuadrado en el crimen de responsabilidad que implica no proteger a la población ante semejante crisis. Las condiciones para que eso ocurra están dadas, pareciera que solo resta la decición de dar el paso adelante.

En este plano, crecen las acciones de David Alcolumbre, presidente del Senado, y por sobre todas las cosas, las del presidente de la Cámara de Diputados, Rodrigo de Maia, que es quien maneja las mayorías parlamentarias que podrían definir la suerte del mandatario.

¿Qué están esperando? Posiblemente el movimiento de fichas del ala militar que hoy se mueve con ambigüedad. Por un lado, hay un creciente malestar ante las formas de Bolsonaro y fueron los militares quienes tuvieron que recomponer la relación con China tras las bravuconadas de uno de los hijos del presidente. A su vez, la imagen del vicepresidente Hamilton Mourao negando con la cabeza cuando su compañero de fórmula peleaba con Doria, en términos electorales, alimenta la teoría del enojo interno. Los militares son pragmáticos, conducen una parte importante de las áreas del Estado y no van a poner en riesgo eso por culpa de un presidente que parece haber enloquecido. Quizá sea la ficha que falta mover para que el dominó se active.

En este contexto, Bolsonaro se aferra a un núcleo duro que organiza caravanas para instrumentar el lema “Brasil no para” y estimular a la gente contra las medidas de aislamiento, el sector evangelista que acumuló poder en estos años y la mesa chica que integran sus hijos, el Canciller Ernesto Araujo y el filósofo amigo de las conspiraciones, Olavo de Carvalho. ¿Alcanzará para frenar un inminente estallido?

El futuro es incierto, el tiempo empieza a jugar en contra y Bolsonaro sigue empecinado en seguir haciendo daño con tal de alinearse con Estados Unidos y abrazarse a una ideología que no sabe de resolver crisis estructurales como la que se está viviendo.

2020-03-27T20:05:08+00:00 27 marzo, 2020|II, Política|