Viejo barrio

Por Mariano Wiszniacki

El territorio no es lo que era pero desde la política se lo sigue pensando casi como siempre. La licuación de los lazos identitarios, más allá del despliegue militante en los barrios, obliga a algunas preguntas urgentes.

Foto: Robert Doisneau

Una máxima recorre la militancia popular: hay que ocupar el territorio. Casi como en una partida de TEG, la política del despliegue de las fichas se constituye en condición fundamental para la conciencia de la ignominia de los marginados, para la transformación social y hasta para definir los triunfos electorales. Más aun, algunas hipótesis –en general con críticas por elevación al cristinismo- juran que se perdió en 2015 por dedicarse a ocupar la superestructura estatal y abandonar la estructura territorial.

En entrevista con Kamtchatka, el antropólogo Pablo Semán expresó: “como el ciclo de deterioro de la estructura social en Argentina es mucho más largo que la experiencia de Macri, lo que gobernó el kirchnerismo e incluso el menemismo, lo que vino ocurriendo desde el programa de la CGTA para acá es un proceso de fragmentación y pérdida de poder social y político de las clases populares”. Fragmentación, heterogeneidad, ruptura de consensos de clase: los sectores populares ya no usan gomina. Las transformaciones estructurales operadas en los de abajo desde la última dictadura, cristalizadas en la década neoliberal y no necesariamente solucionadas de fondo en el paréntesis kirchnerista, implican -siguiendo el razonamiento de Semán- un problema a enfocar en términos de representación, pero también de táctica política. ¿Qué fuerza política puede hoy representar de modo homogéneo y sintético a los trabajadores asalariados de los gremios con mejores paritarias alcanzados por Ganancias-Cuarta Categoría, la economía popular, los pequeños cuentapropistas, los recientemente desempleados, los que laburan en negro, los que perciben la AUH y otros subsidios sociales? En fin, esa confluencia que sólo se da en los trenes que surcan el conurbano bonaerense un día de semana en horas laborables. Esta problemática identitaria se cruza con la pregunta sobre cómo planificar el contacto, las demandas, los reclamos y, por lo tanto, la organización y/o conducción de tan diferentes sectores en un escenario –como el del actual gobierno- de cierto desasosiego y desorientación para los movimientos populares.

La respuesta de manual militante se reduce a la repetición del mantra tener presencia en los barrios.  Categoría conceptual que remite a una localización no geográfica, el barrio nuclearía una comunidad idealizada de intereses y significaciones sociales asignados a zonas preferentemente de los conurbanos de las dos o tres ciudades con más densidad poblacional de la Argentina y, en especial y desde la mirada porteñocéntrica, al enorme y diverso Gran Buenos Aires. Es decir, el barrio no es Recoleta ni Vicente López, ni siquiera Caballito; los barrios –así, en plural- son aquellos lugares donde convivirían individuos con ciertas características y valores en común, posible espacio donde la solidaridad permitiría reconocer a un otro como un igual con el que se pueda ser la patria.

¡Aguante, los barrios!

Los barrios que habrían aguantado los noventa, los barrios donde aún habría comunidad, los barrios que son bandera en las canchas y en los recitales, los barrios que resisten a la nueva ola neoliberal. La verdad de los barrios. El concepto se completa y complejiza de la mano de la categoría el piberío o los pibxs, a secas, que habitarían esos barrios. Los pibes de los barrios desangelados, decía años atrás en una entrevista el Indio Solari para referirse a parte del público que seguía a los Redonditos de Ricota cuando ya la convertibilidad comenzaba a dar sus frutos negativos. Los pibxs en el centro.

Desde allí, se ha construido en los últimos tiempos una suerte de iconografía que fascina a almas libres y empoderados de las stories del Instragram pero que, a esta altura de las circunstancias, ameritaría preguntarse ya no por su condición de validez, sino por su eficacia política. Si los sectores populares se encuentran diversificados y tienen intereses hasta -a veces- contrapuestos entre sí, resulta estratégico pensar la utilidad de la noción de territorio como clave de lectura de la política y su dimensión comunicacional.

En tiempos de fragmentación social, pero también de refinamiento de las tecnologías comunicacionales digitales, las redes sociales y sus posibilidades para segmentar públicos y hacer circular discursos donde se mezclan las generalidades con los mensajes narrowcastingueados y las fake news, el contacto con esos individuos se individua (valga la redundancia) cada vez más. En esta instancia, algunos sectores de esos idealizados barrios hacen lo que un viejo caminador de esas geografías suburbanas expresa desde el lamento: “van, se sientan, hacen que te escuchan, te comen el asado e igual te votan en contra”. En otras palabras, hoy parece que se puede seguir ocupando el territorio con poca resistencia de los sectores que lo habitan y hasta con cierta complacencia, pero que los frutos de ese trabajo se los lleven otros.

La estrategia cambiemita sería presumiblemente sortear esas mediaciones políticas, para arribar horizontalmente a esos habitantes de carne y hueso mediante el trabajo planificado y,  en Facebook e Instagram principalmente, parece haber dado sus frutos más allá del sobredimensionamiento que propios y ajenos hacen sobre del duranbarbismo y el inestimable peso de la comunicación masiva concentrada (ver asimismo: http://revistazigurat.com.ar/el-gesto-en-busca-de-la-mediatizacion/).

Ante el debilitamiento de las identidades y el pasaje de las discursividades sobre los hitos de los sectores populares a crónicas de antaño difíciles de palpar, sumados a la falta de una verdadera modificación de las realidades cotidianas de los barrios a partir del segundo gobierno de CFK, pocos jóvenes se reconocen ya como parte de un sector con arraigos fuertes. En ese sentido, hacer uso instrumental del contacto con las mediaciones políticas y luego apoyar a otras fuerzas con el voto no les resulta contradictorio.

La comunicación política, en tanto, requiere la interpelación como grado cero de la eficacia, su propia función fática. Interpelar a esos sectores que habitan los barrios y sus pibxs, pensados como el lugar y los sujetos desde los cuales vendrán la resistencia y luego la transformación, parece conducir a un callejón sin salida. Aportan estéticas creativas y hasta agradables pero recaen en formas idealizadas o estereotipadas de ver a ese/os otro/s. No hay más verdades en los barrios que afuera y aún resulta difícil definir qué identidades tienen esos barrios y quiénes son esos pibxs y no pibxs que los habitan. Planificar nuevas estrategias comunicacionales sin actuar por imitación ineficiente, pero también repensar modos de reflexionar y accionar es la tarea de los espacios políticos populares de la hora.

2018-05-24T17:33:47+00:00 8 mayo, 2018|III, Opinión|