EDITORIAL

Tregua o pan

El mundo está en guerra pero no contra el coronavirus. El camuflaje sofisticado del entretenimiento y la distracción escamotea las pulsiones bélicas e impugna, en la misma operación drag-policy, al que le pisa la sábana al cuco o decide enfrentarlo.

Los eufemismos y los vericuetos de la diplomacia que embuten los road show de negocios desarman las resistencias que se ofrezcan o caricaturizan, bajo nostálgicas tonalidades en sepia, a los vindicadores de una verba sin pelos en la lengua. La impotencia se traduce en gritos corales sobre los arenosos desiertos twitteros en los que se denuncia el discurso de odio y se debate sobre la cultura de la cancelación.

Que nadie se anime a parafrasear al bueno de John Lennon con su mítico eslogan the war is over if you want it tampoco denota lucidez. A lo sumo, evidencia agotamiento social frente a la idea de que la dimisión de los conflictos siempre se cobra vidas o las emputece de cualquier manera.

La resignación de los sufrientes es hartazgo antes que renuncia. Porque la tregua no existe y sus valedores, que no dan la talla ni con un ejército de community managers de su lado, esconden su temor a la rabia colectiva en stories que poetizan sobre su relación con el atardecer o labran piezas publicitarias sobre liturgias religiosas o plebeyas, con pasteurización de bombos y choripanes. Son cada vez menos los que comprenden que comer es levantarse en armas contra la clase dominante que estrangula a millones por inanición a escala planetaria.

Así, la pelea por el pan conspira contra la paz. El clamor por el retorno de planes quinquenales o el anhelo de una pospandemia urgente no mitigan el ardor: que los de abajo respiren entre las ruinas y los escombros es el desafío más exasperante para los promotores del desastre, que calculan la cantidad de habitantes que les sobran después de restarle a su hacienda vendida el saldo de las toneladas que no exportan.

En esta edición de Kamchatka, cada artículo supone un testimonio de trinchera y cada sección enarbola un mapa de las dotaciones. Compuesto por periodistas, ilustradores, fotógrafos, diseñadores y performers de batallas narradas con un dialecto peninsular en la política vernácula, el staff de esta revista convida a sus lectores con una invitación épica para un cita jodida con el destino: la discusión de un proyecto de país que se precie de tal incluye la acumulación de poder para quitarle al enemigo, que nunca es invisible, las ganas de sacarle el morfi de la boca a sus hijos mientras televisan con frivolidad los juegos del hambre que siegan a los pobres.

2021-07-20T00:00:29+00:00 20 julio, 2021|Opinión|