Resquebrajamiento discursivo y después

Por Silvia Hernández

El acting cambiemita ya no tiene el mismo efecto que antes. La insistencia en el lenguaje soft pierde fuerza ante el ajuste permanente. La pregunta central se teje alrededor de la emergencia del límite a esta experiencia política y sus condiciones de aparición.

Ante la estrepitosa caída de la imagen del presidente Mauricio Macri y de su gestión en los últimos meses, el 18 de julio la maquinaria comunicacional cambiemita optó por el back to basics y repitió, a través de una nueva conferencia de prensa, uno de sus gestos predilectos: la escena de la escucha y de la sinceridad. En el púlpito, el Presidente habló del clima y relanzó sus clisés en una escena que ponía toda la carne en la enunciación y nada en el enunciado.

Mi sensación ante la pantalla, y sospecho de la de varixs más, no es sólo de indignación. Es más bien de desconcierto, como si algo básico, vital, no estuviera funcionando normalmente. Sospecho que para poder comprender algo de esto es necesario correrse de la lectura que contrapone las palabras a los hechos y que denuncia que detrás de la buena onda zen hay más represión y más ajuste, ya que esa postura no permite entender por qué este acting es –o viene siendo- tan eficaz. Necesitamos tomar a la banalidad concentrada en los monosílabos random de Macri como algo más que una cortina de humo, porque está imbricada con la implantación de un proyecto de país más desigual y menos democrático.

El desconcierto intelectual y militante existente ante la vacuidad del discurso oficial desde la llegada de Cambiemos a la Nación derivó en la aceptación de un término que procura darle explicación: la “posverdad”. En su sentido más corriente, se usa para referir a la circulación mediática y en redes sociales de información falsa como si fuera verdadera. Pero si es un simple sinónimo de “mentira”, no aporta demasiado. En otros usos, “posverdad” parece denominar la banalización generalizada: mientras ocurren cosas importantes, nos tiramos de clavado a una pileta pintada en el suelo. En este caso, tampoco hay mucha novedad: el término reconduce a la vieja tesis de la espectacularización de la política.

Tal vez “posverdad” no sea un concepto, sino el síntoma del desconcierto ante un régimen comunicacional donde la relación entre palabra y verdad, entendida como creencia socialmente admitida, es sistemáticamente atacada.

La oficialización de un discurso donde ese ataque tiene lugar es violenta. Y esa violencia no radica en el simple hecho de mentir, sino que pasa por obviar de forma flagrante lo que está a la vista de todos, negando la validez de la percepción colectiva, negando la propia responsabilidad en la coyuntura político-económica y negando finalmente al otro a través de un discurso que recurre a representaciones impermeables a sus interlocutores.

Este funcionamiento recuerda la desmentida, definida por el psicoanálisis como un mecanismo de defensa que desencadena un sujeto ante la angustia que provoca una percepción de algo exterior que resulta perturbador, traumático. La desmentida no anula esa percepción ni es una alucinación, sino que implica la inversión de una gran cantidad de energía en el intento de cancelar los efectos de esa percepción sobre el yo, rechazándola mediante el sostenimiento de la representación contrapuesta. Como efecto, acarrea una escisión del sujeto entre aquella parte que sabe y aquella que actúa como si no supiera.

Mucho se ha dicho sobre la desmentida para pensar el terror durante la última dictadura cívico militar: la condición de posibilidad de la violencia física no fue solamente la construcción de un argumento que la justificara, sino también el ejercicio de la violencia simbólica a través de un discurso que ningunease la experiencia del terror y la desaparición, y librase así de responsabilidad a quienes la ordenaban y la ejecutaban.

Ese funcionamiento de desmentida está en marcha actualmente en la palabra oficial. En su conferencia de prensa, para su desresponsabilización respecto del daño infringido a la sociedad, Macri recurrió al núcleo duro del relato cambiemita clásico, que sostiene que hay un país que todos queremos hacia el cual estamos yendo juntos, dejando atrás el pasado y mirando hacia el futuro, que este cambio requiere del esfuerzo de todos, que a pesar de los dolores lo importante es que estamos haciendo lo correcto para salir adelante… A ello, se sumaron algunos aditamentos coyunturales, que agigantan el desconcierto ante la escisión entre el que sabe y el que hace como si no supiera: “No funciona endeudarse hasta el infinito”, “Todos estos años hemos cuidado el salario de los trabajadores”, “Siempre intento ser lo más ecuánime posible”, “Siempre hemos rendido los gastos”. Todo ello, invocado cual lámpara de Aladino que, con solo frotarla, emanaría las imágenes de Disneylandia que precisaríamos para sobrellevar el brutal ajuste.

Pero algo, tal vez, haya comenzado a cambiar. Será necesario ver en los próximos días si el viejo truco logró relanzar sus efectos. Todo parece indicar que la maquinaria de guerra discursiva de la derecha neoliberal está en riesgo de tocar uno de sus posibles límites. Esto ocurre porque su eficacia no se da en el vacío, sino que perdura únicamente si existe una trama sólida de creencias y afectos que la soporte. Para que funcione, es preciso que estemos convencidxs de que un empresario de poca labia y poco mundo sabe lo que hace, de que es el más indicado para hacerlo y de que está efectivamente al mando de la “nave” que dice conducir. Este convencimiento no es del orden del saber (por eso de nada sirve denunciar su falsedad), sino del orden del desear. Ahora bien: si esa fe ciega se resquebraja, como parece estar ocurriendo, poco podrá hacer el mantra repetido al infinito.

Nadie está pronosticando que el hechizo de la puesta en escena duranbarbista vaya a quebrarse tras esta conferencia de prensa. Pero sí que este acting lamentable vuelve más palpables dos cosas. Primero, que aquello que un poco risueñamente se ha venido llamando “posverdad” se vincula íntimamente con la violencia neoliberal, porque en su combinación las víctimas del ajuste resultamos doblemente victimizadas: por el ajuste mismo y por la negación sistemática de la existencia y del sentido de nuestra palabra en el espacio público.

Segundo, que la comunicación soft no es el índice de un viraje definitivo de la política y de sus formas, como se pensó en algún momento. Esta forma de la comunicación publicitaria –que de política no tiene nada- es un elemento coyuntural que sólo será eficaz mientras vaya de la mano de afectos y creencias derivados de un trabajo –bien heavy– de desdemocratización de la vida pública y de desgaste de las subjetividades políticas. Trabajo cuyo éxito, en el actual escenario de conflictividad social, no está asegurado.

La pregunta obvia es si acaso (y, de ser así, cuándo y cómo) este mecanismo de desmentida encontrará su límite. Y si ese límite se tocará por el resquebrajamiento del propio dispositivo discursivo de Cambiemos a la luz de sus propias contradicciones o si será por la emergencia de un sujeto político que haga imposible su funcionamiento.

Si ocurriera lo primero (es decir, una caída del set discursivo del macrismo) sin que ocurra lo segundo (la ampliación de las resistencias y luchas actuales y la conformación de una alternativa popular a partir de ellas), probablemente no encontremos ante una reconfiguración de la enunciación político-publicitaria que se proponga como seria, responsable, y, tal vez, aburrida pero necesaria. Ahora bien, los dolores de lxs ajustadxs, las angustias, los temores, ¿encontrarán inscripción en un artesonado discursivo de este tipo, tan vaciado de política como el de Cambiemos?

Se abre aquí el desafío para la práctica política y militante actual: el de seguir resistiendo al neoliberalismo, poniendo en la arena pública a la política en sentido fuerte, es decir, apostando por un futuro para todxs, fortaleciendo la emergencia y la vitalidad de un “nosotros” múltiple, y restituyendo un compromiso ético con una verdad comprometida con la memoria de lxs muchxs.

2018-07-20T09:11:17+00:00 20 julio, 2018|II, Opinión|