Optimismo de la razón

Por Natalia Romé

Foto: M. Letcher – Noe Fois

I.

Es curioso que, de un lado y de otro, cunda tan clara la misma certeza sobre la “moderación” de Cristina Fernández. Se la adjudique a la táctica electoral, a la construcción de gobernabilidad o a la pura apetencia de poder, las desconcertadas almas progresistas y los entusiastas tecnócratas; la ironía troskista y el desprecio antiperonista coinciden en la ratificación de la evidencia: el anuncio de la fórmula Fernández-Fernández constituye un “desplazamiento hacia al centro”.

La fuerza de la certeza férrea oculta su propia pregunta: desplazamiento hacia el centro….. ¿desde dónde? Izquierda y derecha son posiciones en una coyuntura, no atributos de individuos. Y la coyuntura mundial, regional y local se presenta estrecha en oportunidades y abundante en dificultades. Cuando las “izquierdas” europeas dialogan con neofascismos sobre cerrar las fronteras y las locales atacan las experiencias populares mientras invitan, solazándose en la paradoja, a “votar a un revolucionario”, parece poco útil el esquema como intelección de un presente que muestra, en todas partes, las huellas de una crisis civilizatoria de tal magnitud que el imaginario liberal de la Revolución Francesa parece llevarnos por varios siglos, la delantera.

Pero no es política la astucia, si se funde en el mero posibilismo. Lo es en el análisis justo de la situación concreta, que la vuelve capaz de colocar lo inconcebible, lo irrepresentable, en la trama misma de lo posible.  ¿Y qué es lo inconcebible? Aquello que las representaciones consagradas no permiten pensar, aquello que se vuelve intraducible con las fórmulas y esquemas explicativos disponibles.

La política, en sentido fuerte, es una artesanía del tiempo histórico. Es la capacidad de abrir ventanas que nos conecten con memorias truncas y con porvenires eclipsados. Lo imposible es eso: un viaje o muchos viajes en el tiempo. A eso suele llamarse acontecimiento, a un corte en el presente que es una ventana a otros tiempos.

Si el poder del Capital es su capacidad de acumular tiempo de trabajo, de gestionar el tiempo de la vida y de la muerte, de modular las experiencias subjetivas del tiempo, de la esperanza y la desesperación, ¿qué otra cosa puede ser hoy una revolución que la astucia del débil por ganar tiempo? ¿Hasta cuándo? Hasta sortear el impasse histórico de dos generaciones diezmadas por el genocidio: la desaparición o eliminación de los mejores cuadros políticos, casi toda la inteligencia popular y la consecuencia de dos generaciones de “niños mierda” –como evoca Silvia Schwarzböck en Los espantos– tomando Nesquik a pocas cuadras de centros de tortura.

La historia misma de América Latina está tensada en un abigarramiento de tiempos, porque entró “demasiado pronto” en el esquema de apropiación del Capital monopólico; porque sus burguesías “modernizadoras” renunciaron siempre a la alianza de clase que les hubiera permitido cumplir la misión histórica de unificar y consolidar los espacios nacionales. En Argentina, esa historia se escribió siempre a fuerza de contradicciones temporales, insoportables para la inteligencia teórica: porque fueron los gobiernos plebeyos los que, poniendo acelerador a la historia, impulsaron los procesos modernizadores y republicanos de corte liberal, desatando el odio racista, clasista y antidemocrático de los pretendidos “modernos”. Acá nunca hubo un “centro”, porque fue siempre la bestia plebeya la encargada de custodiar el futuro de la vida, la historia y la vida, la democracia y la paz. Nuestro futuro se ve mejor mirando hacia atrás.

 

II.

Desde las primeras horas de la mañana del sábado 18 de mayo, proliferan las interpretaciones. Las hay de orden táctico, las hay de cálculo electoral e incluso de más esforzado trabajo semiótico. Las hay desencantadas e historiográficas y las hay gozosas y futurológicas. Las hay pretensiosas por izquierda y las hay desesperadas por derecha.

Lo que todas ellas no dejan de exponer, aunque más no sea en el eco sordo de sus prosas agoreras, es que se ha producido un enrarecimiento en la masa opaca de las expectativas sociales. Un enrarecimiento, es decir una torsión, un golpe con freno de mano a la inercia de la melancolía y la superstición. Un corte en el presente: un tajo al telón del falso pluralismo de los focus groups y los sondeos, a la impostura del marketing político. Una ventana al 25 de mayo de 2010 y a la imagen de una unidad nacional (que no puede sino ser latinoamericana) liderada por los sectores populares… Una ventana no a una Verdad, sino a una tarea que debe ser continuada para haber existido. Y que, de continuar, debe hacerlo contra otra historia, la del ataque abierto por el Capital financiero en 2008, la de la continuación del programa de Martínez de Hoz, desde 2015 “por otros medios”. Un combate de tiempos que condensan memorias y esperanzas (el 2008 contra el 2010), que se libra por Patria…

Si se trata de un acontecimiento político en sentido fuerte -es decir, histórico- o de una buena jugada electoral, es algo que no puede saberse hoy. No puede saberse, no porque su misterio profundo se encuentre cifrado en un oscuro jeroglífico, sino porque aquello que define a un acontecimiento como tal, son sus consecuencias. De allí que las formas de leer un enrarecimiento, cuando ocurre, dividen a la inteligencia pública en dos actitudes. Están los que emiten juicios: los analistas que interpretan las intenciones, los gestos, las recepciones; los comentaristas que operan sobre las interpretaciones y mueven la dama o el rey según convenga; los místicos que encuentran la palabra revelada y la verdad de lo que ya sabían en cada signo… Por otro lado, están los militantes, los que se inscriben subjetivamente en el proceso de empujar las consecuencias en la dirección de la justicia.  Los militantes son, en un sentido, los menos autónomos, los más ingenuos; pero son a la vez, los más sabios, los que saben que no saben y, por eso, empeñan sus fuerzas en actuar su deseo, en el límite de lo que no existe. Así visto, la inteligencia militante está más del lado de la razón que de la voluntad: optimismo de la razón materialista (que sabe que no puede anticiparse a la historia) y pesimismo de la voluntad (que, en tiempos neoliberales, es más sede de narcisismos y temores antes que de pulsiones heroicas o eróticas).

Los jueces saben muchas cosas: saben de archivos y de historia, saben de probabilidades y de obstáculos. ¿Y los militantes qué saben? Saben que el duran-barbismo recibió el sábado 18 un golpe mortal, lo saben cuando cruzan miradas y se reconocen en las sonrisas inexplicables. No lo saben como una verdad personal, capitalizable en columnas de opinión crítica cuando la cosa se ponga fea; lo saben como una potencia que se va tramando entre los cuerpos, en los tonos de la voz que se levanta un poco; una verdad que nadie tiene y que seguramente nunca llegue, pero que de algún modo se abre paso en medio de la oscuridad.

Algo ha comenzado. No hay ninguna garantía de que se parezca a lo que deseamos, los esquemas tranquilizadores no ofrecen refugio y el pesimismo preventivo se incomoda. Esto se parece tanto a la política… Menos mal.

2019-05-26T20:51:28+00:00 26 mayo, 2019|Opinión|