Oíd el ruido

Por Mariano Denegris
@denegrism

Foto: Prensa Presidencia de la Nación

 

¿Son preocupantes los debates internos en el oficialismo?

Para poner freno a la tercera etapa neoliberal en nuestro país se necesitó construir una coalición política amplia y diversa bajo el nombre de Frente de Todes. La fórmula que proclamó CFK el sábado 18 de mayo de 2019, en ese entonces principal dirigente opositora, fue más que una alquimia para ganar una elección, una decisión para gobernar en conflicto. No es que no haya tenido virtudes electorales, como lo demostró la evidencia empírica.

Sin embargo, aún sin que hubiera sobrevenido la pandemia de COVID, las situaciones política y económica que debía afrontar quien asumiera el gobierno a partir del 10 de diciembre de 2019 requerían de una amplitud necesaria para contener toda la diversidad de actores que decidieron que el macrismo no podía seguir gobernando. Con pandemia, ese gobierno tiene un triple desafío: conservar la amplitud diversa de su frente de todxs, sumar actores del sistema político aún por fuera de ese frente y construir un perfil propio que no puede limitarse a los gestos, las palabras y los consensos, debe plasmarse en actos de gobierno.

En el terreno económico, a los distintos elementos que componen la crisis legada por el gobierno de Cambiemos (un nuevo ciclo de endeudamiento externo terminado, como siempre, en un default del que los prestamistas son tan cómplices como el tomador de deuda, el desmantelamiento de gran cantidad de políticas estatales, el crecimiento del desempleo, el debilitamiento del mercado interno y la producción después de cuatro años de una apuesta casi exclusiva a la especulación financiera) se le sumaron consecuencias económicas que se auguran iguales o peores a la de 1930.

En la escena política también las adversidades son nuevas. Muy pocos de los elementos que sirvieron a Néstor Kirchner para construir legitimidad desde el 25 de mayo de 2003 están hoy a la mano. La construcción de poder empieza el día después de la elección. A los defensores del primer kirchnerismo no se les debe escapar que esa experiencia, que muchos recuerdan como a una infancia feliz, es tan irrepetible como el primer peronismo. En todo caso, el desafío es construir una nueva infancia que, por supuesto, será peronista, pero será distinta.

Volviendo al triple desafío, la amplitud necesaria para mantener la diversidad del Frente se manifestó primero en el gabinete nacional. La pandemia permitió al Presidente explorar la apertura a sectores de la oposición, no en alguna forma de cogobierno, que tampoco era necesaria, sino en la construcción de consensos supraideológicos, o por encima de los diferentes proyectos de país. Alberto Fernández reivindica la figura de Raúl Alfonsín. Como la oposición no definió un liderazgo como lo había hecho el peronismo con Antonio Cafiero en la crisis de Semana Santa de 1987, el consenso albertista se estableció con los referentes opositores con responsabilidad de gobierno. La ubicación geográfica del virus ayudó, como si leyera el mapa político, poniendo a Horacio Rodríguez Larreta y Axel Kicillof a diestra y siniestra del primer mandatario. Larreta no dará la talla de Cafiero pero igual fue una suerte. La presidenta del principal partido de oposición es Patricia Bullrich, quien señaló que su voluntad de diálogo tiene como límite a CFK, vicepresidenta de los argentinos y aportante del principal caudal de votos en el partido de gobierno.

Aunque fronteras adentro, el consenso entre Jefe de Estado y gobernadores de distinto palo parece normal, si se mira a los dos gigantes de América, Estados Unidos y Brasil, se verá que el país de la grieta está bastante menos agrietado de lo que muestra el periodismo político dominante. El promedio de la región tiene más inestabilidad política que Argentina. Y esto es, paradójicamente, gracias a la grieta. El kircherismo, no lo van a reconocer sus opositores, ayudó como ninguna otra fuerza política a ordenar el escenario de la disputa electoral en el país. El broche de oro de esa ayuda lo colocó el macrismo. El primero acomodó la estantería para que las fuerzas electorales se ordenaran en torno a grandes principios divisorios como intervención del Estado, mercado interno, apertura económica, libertad de mercado, protección del empleo, derechos individuales, derechos colectivos, identidad de género, discriminación, endeudamiento externo, distribución del ingreso. Todo con mil matices, pero las cinco o seis fuerzas electorales que llegaron a la primera vuelta representaban opciones más o menos definidas sobre estos temas. Se sabía quién ponía la prioridad en castigar el aborto y quién la ubicaba en bajar los impuestos, quién ponderaba la acción colectiva y quién promocionaba el emprendedurismo individual.

En suma, el kirchnerismo logró instalar mayoritariamente la idea de que no da todo lo mismo a la hora de votar porque las propuestas se diferencian entre sí. No pasaba lo mismo en las décadas inmediatamente anteriores. Y si Cristina logró que armen un partido, una alianza en realidad, y se unan para ganar una elección, Macri consiguió que las fuerzas, similares pero distintas, que habían ido separadas en 2017, se unieran para derrotarlo dos años después. Lo lógico sería que esas dos principales fuerzas tengan diferencias internas y que las diriman sin romperse para asegurarse su competitividad en la disputa por el poder político. Tanto en los roces entre duros y moderados que atravesó el macrismo, desde el documento sobre la causa de espionaje hasta las declaraciones sobre el crimen de Fabián Gutiérrez, como en las diferencias expresadas en Frente de Todes, sea con críticas a Alberto Fernández o en discusiones públicas de dirigentes sin responsabilidades de gobierno, se manifiesta que son fuerzas capaces de contener matices internos. Si los sabrán procesar o no es otra cosa.

Los editorialistas de los grandes medios, los representantes políticos de las clases dominantes, los que asumen la desigualdad como un hecho de naturaleza inmutable, se hacen un banquete con las peleas en el oficialismo. La supuesta luna de miel con un gobierno recién electo dura 100 días, es decir, se terminaba justo al inicio de la cuarentena. Casi desde ese momento fueron probando con distintos caceroleos a la carta. El primero fue el 30 de marzo “para que se bajen el sueldo los políticos”. El segundo se realizó justo un mes después, contra “la liberación masiva de presos”. A la semana, el 8 de mayo, probaron con “Basta de cuerentena”, un tercer cacerolazo que incluía salir a la calle como un opcional. Fue uno de los que menos repercusión tuvo pese a desarrollar una fuerte campaña en redes y recibir apoyo de Patricia Bullrich y economistas mediáticos como Miguel Boggiano. Quizá no ayudaron sus consignas extemporáneas como “contra el comunismo” o, más probablemente, su fracaso era parte de una construcción lenta. El siguiente fue el 25 de mayo y tuvo un poco más de cuerpo pero tampoco podía mostrarse con orgullo. A las dos semanas, el 10 de junio, el anuncio sobre Vicentín logró volver a ejercitar el músculo del antebrazo derecho que sigue estando flaco. El 20 de junio se volvió a intentar y el 9 de julio fue la novena convocatoria. Un promedio de dos jornadas de protesta mensuales.

Desde ese poder de fuego relativo, con gran capacidad de inserción en medios masivos, redes y asociaciones empresarias, la oposición juega a desgastar al Gobierno al mismo tiempo que lo presiona para direccionar en lo posible sus decisiones y sus indecisiones. Alberto debe construir al fin un perfil propio más allá de lo gestual. Un perfil cincelado en actos de gobierno, decretos, leyes, acciones administrativas, ejercicio de poder. En ese trajín, las contramarchas lo debilitarán. La búsqueda de consenso sólo puede ser parcial y momentánea, de lo contrario lleva a la inacción exasperante. El consenso no puede reemplazar al ejercicio de la autoridad. Los ruidos, los de afuera y los de adentro, no son malos si al final las nueces se rompen.

2020-08-04T17:32:30+00:00 24 julio, 2020|Opinión|