No hay cuchara

Por Pablo Dipierri
@pablodipierri

La realidad se estructura con elementos de ficción, según los lacanianos. Eso no significa que lo que pasa sea mentira sino que se construye desde el imaginario. El problema político adviene cuando se pretende, en un abuso nietzscheano, que los hechos dolorosos no duelen porque transcurren en el plano de la fantasía o pueden paliarse con la panoplia discursiva del infotainment.

Foto: Ezequiel Pontoriero

La conferencia de prensa que brindó el presidente Mauricio Macri ya era objeto de análisis e instrumento para la confección de preguntas en las encuestas antes de producirse. Las interminables horas de transmisión televisiva sobre ese acontecimiento no nublan, a pesar del ingente despliegue de operadores y sangucheros, el páramo desolador que atraviesa el Gobierno.

Paradójicamente, los presuntos genios de la comunicación política se quedaron sin brújula cuando el impacto de las políticas cambiemitas hizo que el discurso que promovían fuera intragable para gruesos sectores de la población. Tanto que el círculo rojo vocea relevos para Macri, azuza el fantasma del retorno del kirchnerismo y compra dólares a rolete.

La desesperación oficial estriba en la detección tardía de que el ajuste no pasa –o no pasa sin sangre-. Los trabajadores despedidos de Télam que pelean por su reincorporación le embocaron un cachetazo a los estrategas de Hacienda y Finanzas: si 357 telegramas se convierten en el trending topic de una sociedad inclemente consigo misma y los periodistas echados se transforman, además, en consigna, reclamo airado y objeción desconcertante en boca de los mismos comunicadores que apoyan el programa de la Casa Rosada, algo anda mal para el macrismo.

La memorable escena de la película Matrix donde el personaje de Keanu Reeves se topa con un niño prodigio que dobla cucharas con la mente sirve como excursus explicativo. Ante la mirada atónita del protagonista, el chico le sugiere que no trate de torcer el utensilio sino de realizar la verdad. “¿Qué verdad?”, inquiere el bueno de Reeves, y escucha la revelación del pequeño buda: “there is no spoon” (“no hay cuchara”).

Como siempre, el problema está en las estrías de la trama cuando empieza a cincharse el signo en la guerra de las interpretaciones. Que no haya cuchara no implica que los hechos no tallen sino que el estatuto de lo que acontece efectivamente también se construye de manera imaginaria y eso no es menos real que el dolor de un martillazo en el dedo.

La catástrofe de Cambiemos tal vez resida en que quiso convencer a los argentinos de que no había dedo.

2018-07-19T07:55:55+00:00 19 julio, 2018|II, Opinión|