Maldonado, mirar a los ojos a la represión

Por Luis Wainer*

La desaparición seguida de muerte de Santiago Maldonado fue el hito que demostró lo que el capitalismo no está dispuesto a aceptar. Lucha, democracia y resistencia en discusión.

El capitalismo en América Latina siempre ha sido letal cuando le dijo a la clase política que apenas la necesitaba como gerente. Reconocer eso es también reconocer que no siempre es así: también necesitan de la política para recomponer ganancias sostenidas, para ceder, ahí cuando le ofrece concesiones, por un tiempo.

Con la muerte de Maldonado terminó de decir que no estaba dispuesto a ofrecer ninguna en esta etapa. Y que la democracia, en el mejor de los casos, sería una superstición. Un año sin Maldonado es el indicador más claro del saqueo, la represión, la militarización y el colonialismo en Argentina.

Mirar con los ojos de Santiago es mirar con el lente que hoy las derechas piensan Argentina y la región: cinismo cargado de muerte, repleto de argumentos para lo imposible, hasta que la censura reviente. Mientras tanto, desclasar toda hipótesis que construya un mártir en la muerte.

Los campeones del marketing nos “enrostran” un Santiago hippie que se dio un paseo por esas resistencias ancestrales que cada tanto parece que perduran. Un idealista que no midió las consecuencias por cruzar la raya de su clase. Marketing que también otros sectores muchas veces replican en pos de no dirimir su existencia con la de un joven que buscó consustanciarse con las luchas más profundas de estos tiempos, con sus idearios -reactualización de los ancestrales y los actuales- y con sus armas. Y ofrendó su cuerpo, vaya osadía para estos tiempos de selfies y sobreactuaciones.

Argumentar la muerte es bastante más sofisticado que criminalizar la protesta. Porque comunicarse con los pueblos vía represión son las balas en la calle cuando la movilización desborda, pero también es el cinismo violento que busca esconder, camuflar y desaparecer la disidencia, apenas haciéndole sentir de lo que se trata el poder cuando este prescinde de la política.

Hacer respirar el poder cerca es ese modo de disciplinar para que los jóvenes se recuesten en resistencias privadas: descreídas de los potenciales de las insurrecciones colectivas, populares, esas cargadas de nervios de futuro, despojada de ropajes civilizatorios. Que gobiernen los dueños históricos del poder no es cosa de zonzos en una región donde el gran desafío sigue siendo independizarse de ellos. En la muerte de Santiago, se cristaliza despiadadamente lo que la derecha siempre ha sido capaz de hacer con los cuerpos y con la información de los cuerpos: castigarlos, desaparecerlos, clasificarlos, aparecerlos, plantarlos, ultrajarlos. Y luego, construir la historia de esos cuerpos para marginarlos definitivamente, no tanto de los ideales –que en última instancia los jóvenes deben tener- sino del valor de la lucha política concreta.

Sobran ejemplos de ello en cada tiempo, en cada país, en cada hora, como para pretender alguna lógica de gobernabilidad con quienes en última instancia tienen un programa de muerte.

Habrá que insistir en que la unidad coquetee menos salones y más insurrecciones. Y que sea deudora del amplio abanico de resistencias que nuestra América hoy, más que ofrecer, reedita.

Porque la resistencia no es sólo auto-defensa, es acto que construye experiencia política emancipatoria y portadora de nuevos programas. Programas con los que, además de resistir un sinfín de violencias, compone los anticuerpos para próximos y cuidados relevos, e inevitables alternancias ensayadas en un nuevo y necesario pacto con la política.

*Sociólogo UBA/UNSAM-CCC

2018-08-15T06:28:37+00:00 1 agosto, 2018|Opinión|