La moderación y sus otros

Por Natalia Romé

Foto: Mariano Campetella

Dilemas y espejismos

Los tiempos políticos no entienden de calendarios. Y así como -al decir de Eduardo Rinesi en FM La Patriada- existen décadas más largas que otras, sin dudas hay años políticos que duran menos de doce meses. Qué duda cabe: las últimas semanas de agosto fueron eternas, pero después de las PASO, un nuevo ciclo quedó inaugurado. No se trata, claro, de poner el carro por delante del caballo y dar por exitosa una batalla que aún no se ha librado cabalmente, pero es evidente que entre las discusiones se cuela el futuro, al menos como enigma.

Entre el temor, la cautela y la esperanza que comparten la conjugación del porvenir, se reintroduce, no obstante, un dilema falso que reduce violentamente el espectro de la imaginación a una dicotomía entre una aspiración ingenua a un imposible “regreso” y la vocación abstracta pero disciplinadora de la “moderación”.  Interrogadas con agudeza, las pretendidas opciones no ofrecen nada, ningún proyecto de nación, ninguna idea de futuro, pero son indicios de los límites que van marcando en su interior el campo de lo decible y de lo deseable. Así como hacia fines de 2015 la brújula se limitaba a alternativas falsas dentro de un falso dilema, tendido entre el gradualismo y el shock, hoy se criba el pensamiento colectivo entre opciones que no por abstractas e insustanciales dejan de marcar como una gota que percute torpe y tenazmente la textura, colores y extensión del debate político.

Claro que si en tiempos de reflujo la resignación y la falta de audacia se amparan en la inanidad de la resistencia al ajuste por venir, en tiempos de esperanza soberana la coartada se viste de una “oportunidad” que se demora ilimitadamente. No es oportuno plantear algunas cuestiones. ¿Podemos imaginar algún momento en el que lo será? En la desesperación y en la esperanza, pareciera que nada cabe esperar.

La coartada de la oportunidad que nunca llega

Habría que considerar seriamente que, en el terreno del pensamiento político, las ideologías más eficaces han dejado hace tiempo de presentarse como dogmas para adoptar la forma bífida de supuestos polos, cuya tensión muchas veces sobredimensionada nos interpela a una toma de partido que se vive de un modo tan crucial que no nos permite sospechar de la legitimidad del esquema. En ese marco, la coartada del tiempo (el “momento” o la “oportunidad” de una demanda o de una discusión) retacea y esconde la pregunta por el espacio y por los modos de la conversación.

Si en tiempo de mundiales todxs somos DT, en tiempo de elecciones todxs somos consultorxs políticxs. Todo lo que merece ser planteado parece jugarse en un único partido, en una única cancha y con reglas únicas. Convendría preguntarse cuál es el precio que paga la imaginación política cuando se la reduce a la lógica cortoplacista del mercado electoral (que cada vez habla mejor la lengua extorsiva del mercado financiero y los servicios de inteligencia). ¿Es realmente necesario que toda conversación, toda inquietud, todo debate transcurran como si se libraran en un panel televisivo en prime-time? ¿Qué tecnologías de la palabra, qué artefactualidad del pensamiento ha producido este empobrecimiento de los espacios, las lógicas, los circuitos de la palabra y la inteligencia, los niveles de la conversación pública? ¿Qué banalización de la necesaria autonomía y distinción entre las lógicas de la doctrina, la táctica, la estrategia y el imprescindible análisis de la situación concreta?

La miseria planificada, el negocio del endeudamiento no se dan por inducción e hipnosis; los embates a la democracia comienzan por el empobrecimiento de la masa densa que conforma el mosaico del discurso político. La simplificación de la lógica compleja de la invención colectiva forma parte de las derrotas que la alianza entre dictaduras y globalización infligieron a la inteligencia política, sea con la eliminación física de sus mejores cuadros, sea con la perpetuación de ese borramiento en el envilecimiento de las prácticas políticas.

Tal vez, entonces, se trate menos de aguardar la oportunidad que de plantearse con urgencia la necesidad de inventar mecanismos de elaboración y escucha de las demandas sectoriales, espacios específicos de confrontación de proyectos, de puja de intereses que involucren a zonas amplias del activo ciudadano, que alojen el pulso democrático, nacional y popular. Y tal vez se trate de dejar de insistir en una división aristocratizante de la tarea política en la que la imaginación estratégica es patrimonio de círculos expertos y al activo militante se le reserva en el mejor de los casos el acceso al pensamiento técnico y el deber del aguante de lo que sea. El silenciamiento autoinflingido de los cuadros políticos, de las bases militantes y de la ciudadanía politizada es el camino más corto hacia el debilitamiento de la potencia soberana que sostiene e impulsa cualquier representación política.

Moderación y barbarie

Lo triste es que ese silenciamiento se apoya en uno de los mitos más inconsistentes sobre el pueblo. Es el que da por supuesta la identidad entre las demandas populares y la radicalización de los procesos políticos. Ese mito descansa en el punto de vista de las oligarquías tradicionales, siempre fóbicas a cualquier proceso de democratización y desconoce por completo la historia del encuentro entre poder político y masas. Los únicos momentos de nuestra historia en los que la radicalización asumió una forma masiva fueron aquellos en los que los procesos de desdemocratización del espacio público y la asfixia de la vida política alcanzaron formas de tiranía, opresión totalitaria, manifiesta ilegitimidad o alevosa ilegalidad. Ese punto de vista exaltado, que supo imaginar conspiraciones chileno-bolcheviques entre la peonada miserable de la Patagonia trágica, usar los aviones del estado para bombardear a la población civil y reclamar feroz represión a cada vuelta de la historia, alimenta en la actualidad lecturas tan banales de la historia política como la que lleva a comparar desde las columnas de diarios importantes al peronismo con el apego que suscita la figura de Diego Maradona, como “dispositivos emocionales” de fanatización, “mitos, leyendas, religiosidad, improntas mágicas…”.

Lo verdaderamente “emocional” es el pavor reactivo que despierta la vocación popular de participar del trazado del proyecto de nación. “Religiosa” es la fe en una modernización excluyente, en un desarrollo del subdesarrollo. “Leyenda” es la condición liberal de las oligarquías autóctonas. Como decía el gran David Viñas, ya en el siglo XIX el liberalismo de la élite ilustrada, “enfrentado a la realidad concreta se convierte en darwinismo social, en justificación del racismo”. La amplitud del liberalismo originario resulta incompatible con las exigencias de expansión monopólica, en territorios de capitalismo periférico. A fines del siglo XIX, la intelectualidad ilustrada de nuestro país dejó para siempre de ser liberal. Aferrada al Estado-garante de sus procesos de acumulación y de sus privilegios, negadora de ciudadanía, incapaz de impulsar la unificación del espacio económico, el pacto entre clases y la modernización, ha sido no obstante idónea en forjar la narrativa de su pretendido republicanismo, sobre una maquinaria de violencia, xenofobia, odio de clase y pulsión antidemocrática.

Sólo desde ese punto de vista religioso y mitológico es posible suscribir la lectura irracionalmente enceguecida que encuentra soviets y células revolucionarias donde sólo hay un pueblo paciente, profundamente democrático, que se limita a reclamar lo que le ha sido una y otra vez prometido y negado, su derecho a liderar los procesos de modernización y de consolidación de la ciudadanía en los que se traza el futuro de sus hijos.

La madre de todas las batallas para los años venideros es la que se libra por definir qué queremos entender por democracia. Esa batalla no tiene un único escenario y no tiene tampoco representantes privilegiados. Tiene un punto de vista resultado de una historia de desposesión y violencia, un lugar de enunciación que está amarrado a la narrativa elitista de los factores del poder real. El gran enigma es si seremos capaces de recrear otro, el punto de vista del pueblo, para dejar de contarnos historias.

 

2019-10-09T07:18:52+00:00 9 octubre, 2019|Opinión|