La impertinente imaginación cosmopolita

Por Natalia Romé
@blancarahme

Fotos: Mariano Campetella

I.

Supongamos una escena imaginaria.

Una entrevista a un ensayista sereno, erudito y sensible, en un medio online de alcance modesto, dispara la rueda reactiva que sanciona las fronteras públicas de lo decible.

El inquieto profesor ha dicho de la historia argentina: “Pienso que va a ser rehecha y reescrita. A superar las divisiones, no para que se haga más cómoda sino al contrario, tiene que hacerse más difícil. Pero hay que reescribirla, ni siquiera te diría que buscando nuevos documentos. Ver de otra manera a Moreno, a Rosas, al Combate de Obligado, la Campaña del Desierto. Esto tiene que incorporar hoy una visión que reponga la presencia de la veta indigenista en la política y cultura argentina de otra manera. Y que llegue en su extremo último de debate a colocar al país como un país plurinacional. Que conserve todas las características de su apertura como dice la Constitución Nacional, a todas las corrientes del mundo que quieran habitarlo. Definirlo argentino por la capacidad que tiene esta tierra de convertirse en propicia para la habitabilidad de todos aquellos que quieran habitarla, el caso de hoy son los senegaleses. En 20 años esto va a generar una mixtura interesante con aquellas personas provenientes de África. Veo así a la Cosmópolis argentina. Hay que reescribir la historia argentina pero no en esa especie de neoliberalismo inspirado en las academias norteamericanas de los estudios culturales, donde hay una multiplicidad graciosa y finita. Sino que tiene que ser una historia dura y dramática, que incorpore una valoración te diría positiva de la guerrilla de los años 70 y que escape un poco de los estudios sociales que hoy la ven como una elección desviada, peligrosa e inaceptable”.

La entrevista enciende todas las alarmas. Algo imposible ha sido dicho. ¿Acaso es que se ha invitado a reescribir la historia, asumiendo que existe la materialidad selectiva del trazo? Eso no puede ser un escándalo en un tiempo en el que todos son opiniones, perspectivas, narrativas y “relatos”. ¿Será que se ha pronunciado una lengua amoral, que no se ha hablado de “la violencia de los setenta” y se ha dicho guerrilla? Puede ser que algo de la molestia se deba a esa palabra dardo lanzada desde el fondo fangoso de lo olvidado, saltando el cerco moral que fundó la posibilidad de la corrección política post-dictatorial, sobre la tierra yerma de memorias conflictivas. Pero esa no parece tampoco ser la cuestión, lo verdaderamente insoportable, lo que los aullidos vendrán a borrar es la impertinencia de una imaginación india y cosmopolita. Porque se puede ser lo uno o lo otro. Naturaleza o cultura, pasado o futuro. Violencia o modernidad. Lo insoportable, lo verdaderamente insoportable es la astucia barroca, el entrevero, la ambigüedad. Una inteligencia plebeya, una poesía antropófaga, eso es verdaderamente violento y como toda violencia, insoportable.

 

II.

Imaginemos, entones, unas consecuencias posibles de la escena. Imaginemos las más feroces y estúpidas. Imaginemos que un amplio espectro de voces sale a manifestar su escándalo, imaginemos que las unas sobreactúan su herida moral y supongamos que las otras se llaman a contar hasta diez antes de hablar públicamente de la historia, especialmente en épocas de recambio electoral. Periodistas, consultores, diputadxs y senadores analizan, interpretan, tachan y rigorean. De un lado, se pone en marcha el mecanismo habitual: tres, cuatro, cinco notas, firmadas o no, “reperfilan” el acontecimiento; motorizan la canallesca balbuceante de las redes y se extasían, luego, con las respuestas apresuradas, desinformadas o viles de figuras públicas, aspirantes a premios de fundaciones cualesquiera. Del otro (¿de éste?), se encienden las alarmas de la ocasión y la oportunidad, esforzadas en vestir de cálculo táctico la cobardía flagrante y la ausencia de imaginación política.

Una entrevista sobre la gravedad de la cultura, sobre la malla densa y plural de las memorias que hace a ese “tiempo de tiempos” que es, siempre, la historia de los pueblos. Una mirada caleidoscópica, arqueológica y musical, de los espesores de la lengua y los controversiales decires colectivos, sometida a la violencia explícita de una brutal simplificación, torturada hasta la confesión fraudulenta de una banalidad que jamás transitó.

Un pronunciamiento sobre lo impostergable del debate sobre el libre pensamiento público, el derecho a la metáfora y a la poesía queda acorralado en la calculadora de votos amigos, amordazado por la autocensura de una corrección política forjada a sangre y fuego y hambre y endeudamiento forzoso y saqueo.

Toda la escena es estúpidamente exagerada y ridícula. La censura es ridícula, el negacionismo es ridículo, el oportunismo es ridículo. Pero no por ridículos dejan de ser feroces en sus consecuencias. Siniestra crueldad de una desertificación de la experiencia histórica que produce en serie cinismo, apatía, infantilización.

¿Qué había en esa entrevista de insoportablemente inoportuno? ¿Es su contenido, su interpelación, su acto de enunciación? ¿El problema es lo que se dice o quién lo dice? ¿El problema es el asunto o la incitación? ¿El problema es el pasado o el futuro?

No tiene sentido insistir una vez más en desmenuzar los mecanismos de la infamia mediática o telecomunicacional. Los conocemos hace demasiadas generaciones. Y aunque las modalidades del silenciamiento hayan trocado, para darse ahora en el paradójico modo de la sobre-exposición falsamente pluralista, el destino sigue siendo el disciplinamiento público. La escena es eso, una escena de escarmiento. Alguien tiene que pagar la palabra empuñada. Horacio González, Tupac Amaru o Milagro Sala.

Porque esa es la cuestión en esta escena absurda que imaginamos aquí a modo de ejercicio, claro. Lo que está en juego, lo que sólo en ocasiones contadas se vuelve descarnadamente visible al precio de desgarrar la comodidad de los sentidos comunes, es quién traza la frontera de lo que cada generación es capaz de interrogar. Cuáles son las genealogías posibles y cuáles anchuras geográficas de la imaginación política.

III.

La supuesta condición “democrática” de la derecha argentina es, en realidad, una sintomática malinterpretación de su capacidad inédita para apropiarse de la estrategia de vanguardia. Mientras que cualquier audacia política proveniente de los sectores populares y de izquierda es inmediatamente identificada a un “autoritarismo” popular, los pronunciamientos más xenófobos, inquisitoriales y antidemocráticos se reservan la capacidad de ejercer con toda convicción un jacobinismo de derecha que reduce con cada paso el estrecho margen democrático del sentido común.

La escena que imaginamos permite formular una pregunta: ¿por qué esto es así? ¿Cómo llegamos a este jacobinismo de derecha? ¿Contra qué se ejerce esa apropiación de la rebeldía? ¿Podría ser de otro modo? ¿Acaso hay alguien que reclame hoy de un modo más legítimo que la derecha ese lugar?

Es preciso repetir, una vez más, lo que nunca es hora de decir: que “los medios” y “las redes”, por archi-sofisticada que sea su materialidad tecnológica, no existen solos; que los discursos hegemónicos y la ideología dominante, por más dominantes y compactos que se ofrezcan, son simples efectos transferenciales, fantasmas que se disuelven cuando cae el afecto de fascinación y terror que sostiene su exitosa existencia. La extorsión no es un arma unidireccional.

Abandonada la respuesta sin pregunta acerca de la vileza de “los medios” y la perversidad de “las redes”, quedan otras más difíciles de plantear, pero acaso necesarias. ¿En qué nervios propios actúa la sinfonía silenciadora? ¿Qué conversaciones, qué discusiones, qué debates no podemos o no queremos darnos?

Sabemos de la historia reaccionaria del pavor a las masas; sabemos de la perplejidad de las elites ante cualquier episodio que trastoque el orden cósmico de sus privilegios; sabemos que esos trastocamientos, por modestos y reformistas, por liberales y republicanos que sean, disparan una desmesurada experiencia cataclísmica, con mayor irracionalidad entre quienes no quieren creerse seres privilegiados. Sabemos que la desposesión de la palabra colectiva, la apropiación y concentración de las voces son y han sido, desde tiempos inmemoriales, las formas mismas de la violencia preventiva sobre la que se ancla la desigualdad formalizada de nuestro capitalismo periférico. Con sus ciudadanos de primera y sus ciudadanos de segunda; con sus ideas racistas y denigratorias pronunciables públicamente y sus ideas negras, indias, putas, atrapadas para siempre en los círculos íntimos, en nombre de la libertad de expresión (de otros) y la grandeza de la nación (ajena).

En una escena tramada por siglos de injusticia, ¿puede hablar cualquiera? ¿Son iguales las ofensas y las reparaciones? ¿Puede aplicarse una uniforme moral lingüística? ¿Existe la violencia en general? ¿Existe la justicia en general?

El problema no es no saber, el problema es renunciar a la pregunta. Y lo que deberíamos empezar a preguntarnos es hasta dónde y hasta cuando estamos nosotrxs dispuestos a conceder a la operación extorsiva nuestro derecho al pensamiento, a la incomodidad, al error y a las dudas. Derecho al duelo y al desgarro; derecho a pensar la tragedia; derecho a experimentar una lengua impertinente, barroca o desembozada. Derecho al goce y a la incorrección política.

¿Seremos capaces de salirnos de la tramposa ciclotimia del Bien y el Mal, de balbuceos monosilábicos medibles en rating de panel? ¿Hacer política está mal? ¿Revisar la historia está mal? ¿Decir “guerrilla” en lugar de “violencia” está mal? ¿Imaginar una Cosmópolis india está mal? ¿Es demasiado barroco, demasiado viejo?

¿Qué temores nuestrxs ocultamos al prestarnos a ese juego pendular de una historia dicotomizada y empobrecida? ¿En qué oscura fibra nuestra impacta el llamado al silencio o a la literalidad? ¿En qué lugar gozamos de la orden de callar y de no imaginar? ¿Por qué permanecemos dóciles en la lengua postdictatorial?

Si las preguntas que abre esta escena que hemos relatado tienen algún sentido, sólo puede ser evaluado en los actos que habiliten. Habrá existido esa entrevista, verdaderamente, en un sentido fuerte de la existencia, si se formula su memoria en la trabajosa generación práctica de múltiples círculos de conversación; si se impulsa la apertura de espacios intersticiales entre nodo y nodo, antes o después de cada twit que se experimenta como si fuera el único y el último; si somos capaces de inventar los espacios y especialmente los tiempos para múltiples y heterogéneas prácticas de escucha, de intercambio, de pensamiento con otrxs. Más acá y más allá de todos los comicios y los “boca de urna”; lejos de los paneles de aulladores a sueldo y de los expertos de inexorables ajustes y reformas laborales; a sana distancia de las amenazas reaccionarias y de los especialistas recomendadores de oratoria.

Más acá y más allá de las lenguas de madera están la desmesura, la ambigüedad y la poesía capaces de alertarnos de nuestros propios temores. Los que nos hacen cómplices de una historia tejida en el milenario silencio de las incontables víctimas, hoy vestido de estúpida burocracia y esperpéntica banalidad.

Si logramos pensar con verdadero coraje intelectual, afectivo y político quiénes somos, habremos merecido al imaginador cosmopolita.

2021-07-19T23:53:07+00:00 19 julio, 2021|II, Opinión|