La guerra de las interpretaciones

Por Natalia Romé

La languidez teórica, la flaccidez ideológica y la debilidad política de la etapa actual están profundamente vinculadas. Entre la espiritualidad new age y el cuco del Big Data, los sacerdotes de la aporía reparten ostias desmovilizadoras a troche y moche. 

La física del alma o el fin de la filosofía

Desde el 14 de abril, el tristemente célebre “físico” Amit Goswami volverá a visitar Buenos Aires para impartir sus talleres sobre “física del alma” y la autoconciencia del universo, en la Fundación Columbia. El curso promete desarrollar contenidos que van de la difracción de electrones y la creación de significado por parte de la mente, hasta el papel de los chakras y el “self cuántico”. Tampoco faltarán los ejercicios prácticos para “aumentar la creatividad”, destinados a saber “cuál es el siguiente paso en la evolución”.

La noticia no pasaría de la anécdota ridícula sobre palermitanos aburridos de la rúcula y los hongos shitake, si no resultara el botón de muestra de una tendencia que va pregnando los cimientos del sistema educativo, universitario y científico, la capacitación laboral y empresarial y el lenguaje cotidiano. Mientras la figura del coach reemplaza a las antiguas encarnaciones del saber, una nueva mixtura entre especulación metafísica y técnicas de autoayuda crece. La Filosofía es extirpada de las currículas y reemplazada por una hermana deforme, utilitaria y mística.

No hay a dónde ir o el fin de la política

“El miedo es mi combustible” titula el diario español El País en una reciente entrevista a Steven Spielberg a propósito de su última película, dedicada a ofrecernos una nueva moralina distópica sobre los efectos de alienación virtual y el uso compulsivo de redes.  El tráiler dice todo lo que hay que saber: “No hay ningún lugar a dónde ir”, se resigna el protagonista, que se presenta como parte de una generación de millones de “desaparecidos”.  El réquiem que llora la pérdida de la experiencia real y el contacto interpersonal funciona doblemente: del escenario opresivo de una Ohio “real” que parece un desarmadero o un basurero a cielo abierto, sólo se escapa “desapareciendo” en una fantasía calculada para el negocio multimillonario y el disciplinamiento mental. Efectivamente, no hay a dónde ir, siquiera en sueños.

Valga como ejemplo, si no, Cambridge Analytica, que no es un experimento secreto. Hasta su presentación en Wikipedia describe su expertisse en la implementación de la minería de datos a los procesos electorales. Resulta curiosa la perplejidad mundial que causan estas noticias, si la historia misma de la teoría comunicacional echa sus raíces en la fantasía del control de la decisión de voto, desde la célebre The People’s Choice de Paul Lazarsfeld, hace casi un siglo. Si dejamos de lado por un instante la fascinación tecnofílica/tecnofóbica, lo que queda es una máxima tan potente como peligrosa: las masas son tan manipulables que, no ya la democracia, sino su tímida figuración en un sistema representativo, es una ilusión para ingenuos o inadvertidos. Efectivamente, en el mundo del Big Data, tampoco hay a dónde ir. Ni qué hablar de política, cerrá la Unidad Básica.

Peronismo: superstición o democracia

¿Qué pueden tener que ver Spielberg, Cambridge Analytica y la (meta)física cuántica con la crisis del peronismo? Probablemente nada. Nada, excepto el minúsculo detalle de que resulta ser un Papa quien parece hoy encarnar la última esperanza de su unidad. El peronismo, que construyó su iconografía plebeya disputando la potencia de la religiosidad popular a la Iglesia misma, se desangra entre las visitas al Vaticano y los consultores del neuromarketing. Todo un síntoma de orfandad política y vacancia filosófica. Porque resulta que la historia de la democracia moderna es la historia de una competencia entre filosofías y pensamientos políticos, por liderar la guerra de las interpretaciones contra la teología.

Es que el secreto de la democracia –la que tiene como sujeto activo al demos (y no la aritmética electoral)- no está en la manifestación inmediata o espontánea de las pulsiones populares, sino en la trabajosa elaboración de sus mediaciones. El misterio de la democracia como paradójica combinación entre orden y libertad se esconde menos en la fuerza contingente de los estallidos del malestar social que en la orfebrería colectiva de su interpretación. Esa elaboración pública de la inteligencia es tarea de una filosofía tanto como de una política. No de la Filosofía o de la Política, sino de una parte de ellas, la de los sin parte.

Como Girolamo Savonarola en el siglo XV, Spielberg nos llama hoy a una nueva hoguera de las vanidades; su moral apocalíptica para masas combina perfecto con la espiritualidad laissez-faire de las nuevas metafísicas de la autosuperación financiadas por bancos. La una y las otras se conjugan en la misma máxima: no hay a dónde ir. La arenga distópica vuelve vano e ingenuo cualquier deseo político, la física del alma disciplina la imaginación con el yugo dulce de un futurismo tecnocrático, hedonista y místico.

En 1955, el triunfo de la superstición fue el de instalar una narrativa social en la que pareció verosímil que los aviones decorados con el lema “Jesús vive” abrieran paso a un tiempo de luces y desarrollo. Varios mitos reforzaron esa interpretación, desde los relatos sobre la época dorada de la ciencia argentina hasta la repetición ad infinitum de la pretendida dicotomía peronista entre libros y alpargatas.

Claro que estamos muy lejos de 1955, Buenos Aires no es Ohio y la Fundación Columbia no es la Asociación Argentina por la Libertad de la Cultura. Y además, las brujas no existen.

2018-04-21T05:46:03+00:00 9 abril, 2018|III, Opinión|