La gente es una mierda

Mariano Wiszniacki
@marianwis

Fotos: Rafael Trobat

El campo nacional y popular parte de una convicción optimista. Cree en el ciudadano de a pie, agregado colectivamente en la categoría “pueblo”. Será el origen cristiano del peronismo u otras razones que no analizaremos en este artículo, pero el kirchnerismo construyó –sobre todo a partir de los sucesos del Bicentenario en 2010 – el imaginario de una sociedad agrupada, unida, consciente de sus desigualdades y empática. Ese “La Patria es el otro” que coronó el lenguaje cristinista de aquellos tiempos vino a cerrar la idea. Desde allí, se ha interpretado el sentir de, por lo menos, los sectores populares y la clase media asalariada. Desde allí mismo, se creyó que el cambio había sido irreversible y que los derechos ganados durante esos tiempos iban a ser defendidos a capa y espada por aquellos que ya habían sido castigados por la crisis de 2001, mojón del deterioro de la representación política y discursiva de aquellos años.

El imaginario no se modificó con la derrota de 2015. “No van a poder sacar el Fútbol para Todos”, rezaban por aquellos días. Ni hace falta decir que no hubo una manifestación por esto y que el centro de Atención al Cliente de Cablevisión no recibe insultos, sino contrataciones del Pack Fútbol. Tampoco se produjo el estallido social que varios dirigentes vociferaron durante estos cuatro años, ante el debilitamiento notable de las condiciones de vida de las mayorías, el aumento de la pobreza, los precios, el desempleo y las tarifas. La máxima de “la gente vota con la heladera” es al menos discutible por estos lares.

Estamos a las puertas de la finalización de un mandato de Macri con muy pocos éxitos y, a pesar de todos los datos cuanti y cualitativos negativos, no se percibe una conflictividad social ascendente, ni las puertas de un 2001, ni siquiera un descrédito total de la figura presidencial que lo obligaría a ceder su candidatura en otro representante del Gobierno. Ante la ola de frío de estos días, se avivó el debate por la responsabilidad del Estado en el incremento de las personas en situación de calle, pero la discusión trajo también una interpelación a eso que llaman la sociedad argentina. Por supuesto, la solidaridad estuvo a la orden del día, pero también la indiferencia cotidiana ante el que sufre, así como las justificaciones que cargan las tintas sobre el propio excluido.

El Gobierno enfrenta la situación con estrategias variadas, pero en sus acciones y sobretodo en sus declaraciones se identifica otra lectura sobre la sociedad. Haciendo gala de un darwinismo social en el que cada uno sería responsable de sus condiciones de vida, forja en la indiferencia y la deshumanización una política. A la carga de la combinación entre declaraciones de dirigentes, arrebatos de diputados tuiteros o una planificación comunicacional en redes sociales a la que simpáticamente llaman “el call center de Marquitos”, parece haber liberado de culpas a la gente para expresar su desprecio o desconfianza por el otro. La sociedad macrista es un mundo de individuos que está en la realidad (como cita un spot que circula por estos días), paciente y ocupado en sus logros personales. El discurso del gobierno no cae en offside, fija ideas y palabras que hasta hace un tiempo se reservaban para lo íntimo o privado. La incorrección política de otros tiempos hoy es sentido común.

Salvo para las minorías politizadas, la gente –que vio como un ascenso social acceder a la educación privada- cree que ir a la escuela pública es caer. No es novedoso que lo piensen, la novedad es que lo puedan enunciar públicamente. O que se pueda enunciar sin ambigüedades el discurso punitivista, o el discriminador del pobre.

Un proyecto con pretensión de construir mayorías necesita llegar a lo colectivo, precisa alcanzar una fibra de cierto compromiso para que se piense el mundo –y ergo, se decida el voto- no sólo por lo que me pasa a mí sino por lo que percibo que les pasa a otros. En otras palabras y en una mirada de pizarrón de escuela primaria: si yo no sufro pero veo otros que sufren, me comprometo con el sufrimiento de ese otro. Alberto Fernández tuiteó por estos días un conteo de la cantidad de nuevos pobres que por día se produjeron desde que Macri es presidente. No es un discurso que busca interpelar al que está entre ese universo de 4 millones, sino a quien pueda sentir la injusticia o el dolor de esa pobreza. Pero ¿qué ocurre cuando cada vez hay menos empatía? Cuando desde la pedagogía del Estado no hay más lugar para ver al otro que como un sujeto que es único y absoluto responsable de lo que le ocurre, la posibilidad de lo colectivo se disuelve y volverlo sólido cuesta muchísimo.

En tiempos electorales, la comunicación política debate cuáles son o deberían ser los ejes de una campaña. Pero la comunicación no resuelve el problema de la política o lo político. El Frente de Todos necesita lograr algo que lo comunicacional no puede: reconstruir un tejido social y productivo roto. El desafío hoy es enorme y, en algún lugar, irreductible. No se puede abandonar lo que se es y se pretende, pero tampoco se puede abandonar la suerte de lo discursivo sin algo de pragmatismo para que preste su amable atención ese que “lo que gana se lo gana con el lomo”.

2019-07-16T05:35:41+00:00 16 julio, 2019|II, Opinión|