EDITORIAL

Fuga y misterio

Foto: Yegua y Groncha

 

La distopía es la nueva religión. La sensación asfixiante trasciende los decretos de aislamiento preventivo y sus modificaciones y se expande, a caballo del coronavirus, para vestirse de aporía política, económica y social.

Narrada a lo largo y a lo ancho de la panoplia mediática, la pandemia es el hashtag permanente de cualquier conversación. Significante flotante u ordenador de normalidades que ya asomaban antes que se hablara de la sopa de murciélago, oficia de velo invisible: sin materializarse ni dejarse asir, se convierte en la punta lanza de todos los procesos de deslocalización productiva que venían incubándose y sirve de coartada para que sus impulsores discutan aperturas y flexibilizaciones con gobiernos y gabinetes de especialistas, que blanden planillas de Excel con inapelables cifras de víctimas fatales y unidades de terapia intensiva disponibles mientras sus interlocutores presentan carpetas que contabilizan el cierre de pequeñas empresas, aguinaldos en cuotas, cantidad de despidos, cotizaciones de acciones y valores renegociables de títulos de deuda pública.

La danza oficial en torno de la querella entre la economía y la salud y sus variantes ecuaciones discursivas para saldarlas olvidó, sin embargo, un detalle. Así como la cuarentena no es la causa del derrumbe financiero que auguran desde los verduleros de la Universidad de Chicago hasta los aristócratas de Caballito que cacerolean por Vicentin, el índice de contagiosidad del Covid 19 no está cambiando el mundo. Con suerte, pone de manifiesto la decadencia irrespirable de un neoliberalismo putrefacto que la humanidad habita asintomáticamente.

Por eso, esta revista no tiene nada que agregar sobre el issue que anima secciones bizarras en noticieros vetustos o clases de gimnasia por Instagram. Sin petulancia alguna, lo que Kamchatka se pregunta al respecto ya estaba presente en las 16 ediciones en papel previas al confinamiento global y en casi todas las notas publicadas en la web hasta que el bicho se esparció sin límites.

El staff de esta península porfía con la idea de que, más allá de la ansiedad de los aparatos estatales por dar con la fórmula que facilite la cura, urge a las militancias populares el hallazgo de la vacuna contra dos dispositivos nodales de la forma de acumulación capitalista posindustrial: la fuga y el misterio. Ese par dicotómico funda y escamotea a la vez el flujo especulativo de divisas y los guarece en supuestos paraísos fiscales, situados a un boleto de Buquebús de distancia o cuentas en países serios con relojería sigilosa.

La metáfora, por lo demás, podría extenderse a otros campos y esferas de actividad. Porque la elusión de instancias que propicien el resplandor de las tramas del poder por parte de quienes lo ejercen es, la mayoría de las veces, calcada con transversalidad en todos los estamentos. Y no es la candidez del reclamo de un gobierno diáfano lo que motiva este planteo, sino la sensación de que adolece de construcción de organización colectiva la experiencia de una alianza electoral que brega por sintetizar sus heterogeneidades sin dejar de jugar un minuto al póker. Ni en las democracias más lánguidas es buena idea timbear la base de sustentación de los votos que ungen al ganador.

En definitiva, no habrá normalidades tan distintas ni chances de imaginarse la salida si no se fatiga ya mismo el laberinto del espacio público, disminuido por el yuteo sanitarista de la TV o el aspiracional de una salud pública que anhela su pride day. Sólo en el fragor de sus taras y pasiones, el cuerpo amorfo y castigado de los que llevan años aguantando pelará la musculatura articulada de sujetos fragmentados dispuestos a hacerle partido a los que le reclaman un arbitraje neutral a la Casa Rosada.

2020-08-04T19:32:17+00:00 4 agosto, 2020|Opinión|