Esto no es una necrológica

Por Pablo Dipierri

Foto: El Gráfico

Bajo una jornada de cielo gris, se apagó la vida del artífice de las alegrías más grandes del pueblo argentino y el país se sumió en la tristeza. Murió Diego Armando Maradona, el mejor jugador de fútbol mundial de todos los tiempos, y sus fanáticos, los hinchas que gustan del trato exquisito de la pelota y los que añoran las picardías de potrero no encuentran consuelo.

El ascenso de su estrella a nivel deportivo coincidió con el desmoronamiento de las representaciones políticas y sindicales. Segadas por la represión aniquiladora de la última dictadura y las impotencias de una democracia con más utopías que capilaridad sobre el poder real, las instituciones formales no podían competir con el resplandor de un astro como él.

Así, Maradona se convirtió en un Perón sin planes quinquenales. Por talento, carisma y raigambre villera, asumió el papel de redentor de los humildes dentro y fuera de la cancha.

Abundarán por estas horas los artículos con su palmarés, sus récords y las huellas de su hidalguía desfachatada, sea en el rectángulo de césped, en la intimidad del vestuario o en los palcos que habitó como desembozado xeneize.

Lo tildaron de Dios y hasta le inventaron una iglesia. Le cortaron las piernas y le volvieron a crecer. Fue guapo y bravucón, víctima de su apetito dionisíaco por el exceso pero torazo para hacerse cargo y recuperarse una y otra vez. Incorregible, como los peronistas según Jorge Luis Borges, invitaba a pelear en la puerta de su casa a quien lo provocara, como al bueno del Huevo Toresani, o descolocaba al periodismo bananero con la repentización de un “la tenés adentro”, antes del imperio del hashtag. Intratable, no había murra que le impidera volver a levantarse, ni siquiera, con el paso de los años: “Maradona, todo roto, demostró que igual es Gardel”, gritaría a 9 minutos del final del cotejo que la selección albiceleste le ganara a Brasil en Turín, en el torneo Italia 90’, el relator Víctor Hugo Morales, quien sin lugar a dudas más justicia le hiciera al contar en vivo y en directo las travesuras del Diez con la redonda.

Podía errar, claro, como el penal contra Yugoslavia en ese mismo campeonato. Podía envilecerse o ensoberbecerse como un niño que se quedaba con la bolsita de pochoclos en un club de barrio, pero el punitivismo mediático y el rencor de sus haters lo blindaban, automática y paradójicamente, con la reivindicación de los que se pasaban sus días perdiendo. Porque Maradona era eso también: la revancha de domingo para los que caían por goleada de lunes a viernes o acaso, como se dice hoy, 24 por siete.

Una de sus últimas contribuciones al ágora pública fue, no casualmente, su manifiesto apoyo al aporte solidario extraordinario. Contra la mezquindad de los ricos, entre los cuales se pavonean muchos de sus detractores, el legendario capitán argentino apeló a su credo para que saliera la norma: “le pido a Dios que se apruebe la ley de Aporte Solidario de Grandes Fortunas. Porque en este momento de crisis necesitamos la ayuda de los que más tenemos. Yo perdí a mi cuñado por Covid. Yo sé lo que es no tener para comer”. Fuerte y al medio, pero con destino de red.

Sin abusar de un terreno académico al que la sociología tributó con más pertinencia, Maradona fue el último líder futbolístico que pateaba con la zurda en política, a pesar de las ocasiones en que le chingaba ideológicamente –porque también era demasiado humano- y podía hacer patria con más corazón y menos pose que Los Pumas. Para quien dude, se emitirán en loop las imágenes que lo muestran insultando al público italiano que silbó el himno argentino en la previa de la final contra Alemania. La parcialidad azurra sangraba por la herida por la descalificación que la escuadra argentina le había propinado el martes inmediatamente anterior. Dos décadas más tarde, Maradona contaría que cuando le tocó patear desde los 12 pasos contra Walter Zenga, caminó desde la mitad de la cancha hasta el área diciéndose a sí mismo que si marraba era “un botón”. El arquero italiano se le acercó para meterle presión. “Nos conocemos, Diego”, le susurró el guardameta; y Pelusa se la devolvió de bolea: “sí, te hice un montón de goles”. “Pateé yo, hice el gol, pateó Serena, lo atajó Goyco y Maradona dejó afuera a Italia”, remató.

Al cierre de esta nota, se conocía que el Gobierno nacional había ofrecido a la familia de Maradona las instalaciones del Congreso y la Casa Rosada para despedir al jugador. La misma sociedad que supo ser un puño apretado con sus goles, al decir del relator uruguayo, lo llora o se consterna irremediablemente, mientras las autoridades piensan un diseño para que el protocolo permita encontrarse en esta hora aciaga a quienes se sintieron más fuertes con las hazañas que sólo él lograba. El día más triste de la historia argentina no es otra cosa que una derrota frente a la irresoluble e inexorable irrupción de la muerte.

2020-11-26T08:36:40+00:00 25 noviembre, 2020|II, Opinión|