Espectros verdes

Por Natalia Romé

Breve tratado erótico para pararse en la oscuridad

Foto: Mariano Campetella

La noche más luminosa

La visión ha sido, en la historia de las ideas, la gran metáfora del conocimiento. Mucho antes de la fórmula cartesiana de la “luz natural” y hasta mucho después de las figuraciones de la verdad como desocultamiento o develamiento, la luz, la mirada, la contemplación condensaron las fórmulas con las que Occidente imaginó no sólo el conocimiento, sino el modo en que éste se imbrica con la ética y la política para forjar la buena vida.

Esa gran metáfora moderna de la reforma ética y social enfrenta hoy los límites del absurdo neoliberal: la máxima luz nos sumerge en la más profunda oscuridad. El encandilamiento parece volver impotente toda pulsión política e ingenuo cualquier esfuerzo ético. La ultravisibilización es nuestra nueva forma de ceguera, el modo contemporáneo de la ignorancia, el cinismo y la apatía en la sociedad de la hiperinformación.

En este tiempo de paradojas, en que el oscurantismo se exhibe hiperiluminado, la noche puede albergar algo más que sueño. Cuando las masas se apoderan de la calle, se detiene la máquina del tiempo que fragmenta la vida, estos “momentos” –dice Rancière en La noche de los proletarios– no son solamente instantes efímeros de interrupción de un flujo temporal que luego vuelve a normalizarse. Son también mutaciones efectivas del paisaje de lo visible, lo decible y lo pensable, transformaciones del mundo de los posibles…

La inquietud de la noche que duró desde el 13 de junio hasta 8 de agosto, robada al descanso y a la productividad de la mañana, abrió una puerta a otra concatenación de momentos, una serie temporal que convive, como un oscuro mundo subterráneo y paralelo, con la luz de las pantallas y los pasillos del Poder Judicial. No es para ilusionarse demasiado, pero sí para recordar que ese otro tiempo retoma un ciclo abierto el 8 de marzo de 2016, con el primer paro realizado contra el ajuste económico y el avasallamiento de los derechos, mientras una parte importante de legisladores y referentes sindicales vestían su histórico transformismo de falsa prudencia.

Las masas y la República

En 1895, un atemorizado Gustave Le Bon escribía en su Psicología de las masas que una aglomeración de personas se comporta como una masa cuando adquiere una “mente colectiva” y muestra características muy diferentes a las de los individuos que la componen. El higienista devenido sociólogo descubría entonces, no sin espanto, que las masas se habían procurado “ideas referidas a sus intereses” y arribaban a una conciencia de su fuerza. “Las masas están fundando los sindicatos ante los cuales las autoridades capitulan, también están las confederaciones laborales que, a pesar de todas las leyes económicas, tienden a regular las condiciones laborales y el salario”, advertía Le Bon. Intentaba responder sociológicamente a una inquietud que es, desde Platón, una cuestión política: el pueblo no puede gobernarse a sí mismo, sino bajo la tutela de alguna forma de aristocracia portadora de saberes técnicos, capaz de alejarse (por gracia social y psicológica) de sus propias pasiones. Un siglo antes de Le Bon, los padres del sistema representativo se habían dado la tarea de resolver el problema forjando una idea de representación que permitiera que los sectores populares fueran gobernados en su propio nombre, sin gobernar.

De largo aliento, la invocación de una noción estrecha (pero dominante) de República pretende ofrecer una suerte de antídoto a la “mala democracia” plebeya y un conjunto de procedimientos para que el pueblo no delibere ni gobierne, sino a través de sus “mejores” capacidades y saberes (que son siempre las de una parte y jamás de todos). Como dice el filósofo francés Etienne Balibar, pareciera que el “pueblo” que es sujeto de la soberanía en la concepción republicana clásica, es a la vez inhallable e indeseable. Pero la democracia no se reduce jamás a los procedimientos, ella tiene siempre por medida la realidad de los derechos efectivamente otorgados a aquellos que no tienen otra potencia que la potencia colectiva de la comunidad.

Sin la existencia espectral del pueblo, no hay democracia ni República. Los derechos superan la distinción entre lo individual y lo colectivo, son atribuidos a los individuos, de modo personalísimo, pero son conquistados por un movimiento colectivo de abolición de los privilegios y son transindividuales, porque los individuos se los confieren los unos a los otros, al conquistarlos todos juntos. Esa es la relación –no mítica sino real e histórica- de la soberanía del pueblo con la República. Y es esa soberanía popular la que confiere legitimidad a las formas de poder parlamentarias, pero entonces retiene también el poder de deslegitimarlas –dice Judith Butler. Esto quiere decir que las condiciones de un Estado democrático dependen finalmente de un ejercicio de la soberanía popular que es un poder extraparlamentario sin el cual ningún parlamento puede funcionar.

Pero soberanía, en femenino, no es cualquier soberanía.

Espectros que bailan

Ni las figuras de la propiedad ni las del dominio permiten explicar las gramáticas de la potencia política que se abrió con la discusión por la despenalización del aborto en Argentina. Su enigma desafía la modalización históricamente machista del espacio público porque compone formas de poder que se enhebran de maneras sinuosas, modos de acceso la palabra pública que no se definen por competencia y liderazgos que no mandan. Este feminismo singular e incluso un poco aporético, que se para en la tierra de las Madres para producir una gesta de las hijas, quiere hacer de la autonomía una forma de soberanía y compone un cuerpo que piensa.

Y porque desea y piensa se reapropia de la fuerza política y los argumentos como textura fundamental de lo común. Paradójica luz de la noche que recupera la mente en nombre del cuerpo y la autonomía como deseo, para entrelazar mundos que se figuran separados cuando la vida es gobernada por la administración. La reivindicación del placer, no como un “derecho” sino como lo que las cosas son, otorga a sus razones una comunicabilidad que sólo puede taparse con el aullido de gigantes idiotas y estériles, desertificados de humanidad, incapaces de empatía y de pensamiento en común.

Pero ese estar en lo verdadero, que expone con contundencia lo ridículo, patético o violento de invocar razones donde no las hay, se vuelve potencia política cuando se compone como pueblo. Contra la gubernamentalidad del narcisismo imperante, contra formas de goce consumista que encuentran en el otro sólo un obstáculo para la expansión del propio ego, una marea de inteligencia colectiva, una masa beligerante interrumpe el tiempo absoluto del capital, se hace los momentos para la danza, el llanto y el deseo. Y llena la noche de espectros.

2018-09-29T20:42:00+00:00 24 septiembre, 2018|II, Opinión|