El sujeto histórico

Por Mariano Wiszniacki

Las dificultades para definir a la clase dominante en la actualidad. Los conceptos tranquilizadores, las limitaciones de las comparaciones y la necesidad de preguntarse contra las propias certezas.

El filósofo y ensayista Gustavo Varela escribió un texto filoso y polémico a poco de comenzado el gobierno de Cambiemos, donde esbozaba una respuesta al interrogante sobre la identidad de la alianza gobernante, discusión que asomaba en ciertos círculos intelectuales frente a la desolación por la derrota electoral del kirchnerismo aletargado y las primeras medidas de Mauricio Macri y los suyos. Varela, enfáticamente, afirmaba que eran “otra cosa”. En sus palabras, el autor negaba aquellas hipótesis que desde un discurso fallido los emparentaba con la Alianza o a quienes contundentemente sostenían que eran “los 90”, en clara alusión a la década neoliberal y las decisiones de políticas públicas del menemato.

La pregunta por la identidad reaparece dos años después, cuando el sueño de los brotes verdes y las inversiones se ha desvanecido, cuando pasado casi un año de las elecciones intermedias el gobierno pierde adhesiones y, lejos de pilotear la economía, trastabilla entre el salvataje del FMI, la recesión, el dólar que se dispara y los costos sociales de un plan que no funciona. Si esta es la CEOcracia, ¿quiénes son los que, lejos de acompañarlos con inversiones y “confianza”, los aprietan con corridas del dólar e insaciable demanda de billetitos verdes que se fugan en el túnel de la libertad financiera? Desde que comenzó la curva ascendente, la moneda estadounidense pasó de aproximadamente $18 en enero hasta los $30 que pisó en la segunda semana de agosto. En el medio, el FMI, el adiós al rey de las Lebac, Federico Sturzenegger, y la visualización cada vez mayor de las internas en el equipo económico de Cambiemos.

Los análisis economicistas tienden a explicar las sucesivas crisis “terminales” de la Argentina, como la de 1989 y 2001, como el resultado de disputas entre lo que algunos economistas denominan facciones del capital. Así, la hiper del 89’ habría sido parte de una tensión irresoluta entre los capitanes de la industria y los capitales trasnacionales en la Argentina, que Menem unificó a partir de la prenda de las privatizaciones, y la debacle del 2001, una pelea entre dolarizadores y devaluacionistas que Duhalde habría solucionado taxativamente en favor de estos últimos a partir de la pesificación asimétrica y la devalueta de 236% de Jorge Remes Lenicov. “Nunca hubo un gobierno tan de clase como éste”, gritan a viva voz varios dirigentes políticos.

Sin embargo, la clase (dominante) no pareciera funcionar como un bloque amalgamado, ni construir eso que llaman un sujeto histórico, con lo cual la cosa parece más peliaguda para comprender esta coyuntura. Reina el desconcierto, no sólo entre la mesa chica -cada vez más chica- de Macri, sino también entre los fragmentos de la oposición. Es cierto, todo hace suponer que la CEOcracia, como les gusta repetir a algunos, estableció una novedad en la cultura política de la Argentina, al menos desde el 83′ a esta parte, y es que la mediación política en tanto representación de actores o sectores sociales desaparece y entonces los que mandan están al mando. Pero no resulta tan simple determinar cuáles son los quiebres que se suceden, al interior de esa hermosa analogía creada por Jaime Durán Barba sobre “el círculo rojo” (que de ambos lados del mostrador compraron sin dudar), y por lo tanto, tampoco facilita la labor de quienes entienden que la política es un tablero de ajedrez donde se juega también con los errores del rival.

Los mismos economistas ortodoxos hacen malabares para describir el momento y argumentar acerca de qué ocurre en los mercados y van tomando distancia de las decisiones del Gobierno. Si Luis Caputo es un fiel muchacho de la patria financiera, entonces los que conducen son los sectores financieros puros, pero ¿existen esos sectores? ¿Quiénes son? Y de ser así, amerita reflexionar qué ocurre con las otras patrias: la sojera, la contratista y las empresas privatizadas que juegan con otros intereses, y los que Luis Majul en los noventa retrataba en Los dueños de la Argentina o los más nuevos, como Marcelo Mindlin o Eduardo Elztain. Ni hablar del diablo con traqueotomía, Héctor Magnetto. Un aviso para los amantes de las generalizaciones tranquilizadoras: no existe eso que llaman el establishment. La caracterización de los actores sociales es más compleja de lo que parece y quizás sea tiempo de diferenciar los objetivos de los métodos.

En otras palabras, el método de este gobierno no es nuevo, liberalizar la economía y considerar el salario como un costo a ajustar para que luego vengan las inversiones y, entonces, la economía crezca… es un esquema sin novedades. Ahí si hay unidad granítica, ideologismo puro liberal ortodoxo con olor a naftalina, pero inalterable. Donde no hay claridad es en los objetivos, y a veces no parece haber unidad porque la propia dinámica del capitalismo actual, y en particular el capitalismo de la Argentina, facilita la diversificación de intereses: el que la tiene, la pone en distintas canastas. Fue el propio Macri el sorprendido cuando en reuniones con empresarios, tiempo atrás, les pedía que inviertan. Las explicaciones a la Guillermo Moreno sobre oligarquías, renta de la tierra, precio de los alimentos y Mauricios Blanco Villegas están flojas de papeles para entender el laberinto de la hora. O en todo caso, quizás sirvan solamente para esbozar interpretaciones estéticas sobre las elites, tales como las que emitió Beatriz Sarlo en la entrevista de la Revista Kamtchatka N°11.

Es fácil decir que, como son todos empresarios, los une el afán de lucro y su intención de cambiar para siempre las reglas de la relación capital-trabajo en la Argentina. Es condición necesaria, pero no suficiente, porque con eso no les alcanza. O por lo menos, no para construir un proyecto de nación y configurar un sujeto histórico que avance a paso redoblado por el camino de una Argentina limpia de populismos.

2018-08-18T21:45:27+00:00 18 agosto, 2018|II, Opinión|