El ojo del amo

Por Olivia Salas
@OliviaSalasOk

Cuadernos, aportantes truchos, corridas cambiarias, condenas judiciales sin pruebas y sentencias periodísticas desde el patrullero sumen al país entero en un chiquero. Dicen que es difícil que el chancho chifle pero la granja argentina es pródiga en rebeliones.

Dejame ver qué hay para saborear esta vuelta,
la carta no está siempre a tu alcance en los matutinos.
La Renga, El final es donde partí

El retorno del FMI, con el mismo andamiaje teórico y práctico que en los 90’, alerta. Aun cuando los cínicos, embriagados en zonza jactancia, aleguen que el macrismo no es igual al neoliberalismo y se masturben con nomenclaturas que los haga engolosinarse con la presunta inteligencia que resplandece cuando se ven al espejo, la cosa se parece bastante.

Más de lo que quisieran los representantes del establishment en el poder, el peso del apotegma que reza que la historia no se repite se diluye ante la recurrencia de los escenarios. Al fin y al cabo, los hechos son hechos a pesar de que sólo advengan a partir de interpretaciones.

Y lo que pasó es que el Gobierno, nacido y criado a la derecha del campo ideológico, rifó el país para que sus dueños eyacularan. Para hacerlo, montó tantos circos como Facebook le permitió hasta que se empezó a quedar sin payasos o los que incorporaba dejaron de causar gracia: pocos se ríen cuando no alcanza la guita para los pochoclos.

El camuflaje de los verdaderos intereses del poder, tercerizado en los grandes medios de comunicación, disminuyó sus rindes. Porque, para colmo, perdura todavía la fantasmática idea de asirse a cierta asepsia discursiva y esa neutralidad, a la larga, irrita.

Así, las catacumbas del alfabeto empiezan a cultivar un eco pretérito. Y sube hasta la garganta de la sociedad con la voluptuosidad de un vómito un lenguaje de bronca, inaugurando el acontecimiento del hartazgo o la ruptura.

De pronto, los que ya no comen con eufemismos se miran entre sí, a la pesca de un indio que asuma el cacicazgo. La disrupción siempre es más sencilla que la organización de la respuesta colectiva a la invasión del huinca.

Como el campo de batalla se expande hasta los confines, no hay lugar para la ajenidad, no queda resquicio sin sangre ni rincón sin explosiones. El sistema, ese gran chaleco de fuerza que, además, suministra electroshock para el que no se queda quieto, lo abraza todo: tanto al que no se cuadra como al que se hace el otario.

En definitiva, todos están en la pelea. Sea como valientes justicieros, verdugos despiadados, caritativos enfermeros, reverendos boludos o lisos hijos de puta, y aunque no elijan un bando, jalan del gatillo.

Cada cual escoge, ante la mirada panóptica del amo o la incorporación disciplinaria de las rutinas impuestas, de qué lado se para. Ese es el quid de la democracia: cualquiera se para frente a la ruleta y juega un pleno a nombre suyo antes de morir.

2018-08-15T06:27:12+00:00 13 agosto, 2018|II, Opinión|