El coronavirus y los dueños de la libertad voluminosa

Por Mariano Denegris
@denegrism

Foto: Helmut Newton

Probablemente todas las pandemias provocaron cambios no sólo en las conductas sino en las formas de entender el mundo y las relaciones humanas. Las reflexiones sobre el mundo después del COVID19, disparadas por una constelación de intelectuales que desenvainaron sus plumas al estilo far west, muestran en todo caso un cierto optimismo de espíritu que difícilmente se haya visto con enfermedades anteriores. La diferencia con la Peste Negra del siglo XIV permite muy claramente imaginar esa oscuridad de perspectivas. En aquel momento, sin entender por qué todos morían como moscas, hubiera sido más difícil imaginar un mundo después de la peste. Si bien en términos estrictos ahora estamos más cerca de “la fin del mundo”, podríamos asegurar con certeza que “fines del mundo eran los de antes”. La descomunal crisis sanitaria que estamos viviendo, no sólo cuenta, como dice Yuval Harari, con la comprensión científico-médica de ante qué nos enfrentamos, o la tecnología y el poder económico para vencerlo, sino con una conectividad inimaginada apenas unas décadas atrás. A amplios sectores de la población mundial nos agarra con los cuerpos ya moldeados e intervenidos por las tecnologías digitales y sus relatos. Es una pandemia post futurista, un episodio más de Black Mirror, que podemos consumir y protagonizar al mismo tiempo, una peste sin ratas ni bubones, donde los infectados son líneas de un color y los muertos de otro, curvas animadas en pantallas que no huelen, ni sangran, ni supuran.

Aun así, saldremos distintos de todo esto.

1.

Se suponen consecuencias económicas más catastróficas que las de la gran crisis del año 1930. Pero toda economía es política. Se intuye un nuevo orden mundial que no terminaba de asomar en medio de la guerra comercial Chino-norteamericana.  Pero toda guerra, al menos desde 1945, es semiótica. La tercera guerra mundial, la que ganó Hollywood 45 años después de que terminase la segunda, comenzó con un significante ubicado en el lugar preciso en el momento indicado: 250.000 muertos, los primeros miles volatilizados o calcinados a unos 9000 grados centígrados, fueron el primer mensaje la guerra bautizada fría. El destinatario de la hipérbole americana no era Japón, sino el nuevo contendiente soviético, que captó el significado. El 31 de enero de 1990, otra figura retórica, esta vez una sinécdoque, cerró el ciclo bélico que no llegó a levantar fiebre: se abrió el primer Mc Donald’s en territorio todavía comunista, en la plaza Púshkinskaia del centro de Moscú. No es una cosa o la otra, como decía Walter Benjamin con más elegancia. Cultura y barbarie van de la mano, salticando, a comprar margarina. El relato de esta pandemia será una de las claves del mundo por venir o por ir a buscar.  El gobierno chino lo aprendió tan bien como aprendió a hacer negocios. El yanqui lo sabe desde siempre, pero tiene un emisor demasiado literal al que le sobran bits y le falta potencia narrativa. Ya veremos.

En ese marco general de lecturas en disputa sobre el COVID19, se dan batallas parciales, más o menos pequeñas, cuyos resultados modificarán en un sentido u otro nuestras vidas de a pie. A fin de cuentas, el virus no nos aísla ni nos libera, no cuestiona al capitalismo ni al socialismo, ni a nada. Los cuestionamientos los hacemos nosotros.

Así, la catástrofe parece dibujar una caricatura de la incapacidad del neoliberalismo y sus premisas esenciales para hacer frente a desafíos tanto sanitarios como económicos implicados por la pandemia. Se vuelve innecesario argumentar acerca de la responsabilidad estatal en el sostenimiento de la salud pública. No sólo los ajustes de gastos en salud, que en la Italia previa al virus redujeron la plantilla de personal sanitario en un 30 por ciento, suenan como una agresión al sentido común. El conjunto del recetario neoliberal entra en conflicto con la necesidad de intervención estatal para atender la emergencia en salud pero también sus consecuencias económicas. Esto ha disparado distintas miradas e interpretaciones, que van más allá inclusive de los límites del neoliberalismo como modelo de acumulación.

Las premisas fundamentales de que lo único que hace avanzar a las sociedades desarrolladas es la competencia interindividual y la de que la exclusiva razón de ser del Estado es la protección de la propiedad privada se desacreditan cada día un poco más. Los países con fuertes estructuras de intervención estatal cuentan con más y mejores recursos para hacer frente a la pandemia y sus consecuencias. Jefes de estado insospechados de populismo reconocen las virtudes del Estado de Bienestar. La escena se hace difícil para los defensores del neoliberalismo.

 

2.

Sin embargo, aún en medio de esta cachetada simbólica, sus voceros, abogados y economistas siguen ocupando un lugar principal en los medios de comunicación y las redes sociales. ¿Cómo responden ante la incomodidad en que fueron puestos sus argumentos? Es oportuno recordar que el neoliberalismo surgió como una filosofía económica de oposición. En los tiempos de la segunda guerra mundial y su posguerra, la Sociedad de Mont Pelerin fundada por los primeros neoliberales se presentó como una impugnación radical tanto del New Deal americano, como del Estado de Bienestar europeo, del Comunismo Soviético, de los estados de Justicia Social o de los totalitarismos de derecha. Eran parias en las academias y las oficinas estatales. Ante la actual coyuntura, muchos economistas “ortodoxos” y su red de apoyos comunicacionales acusan recibo de lo endeble de su posición.

En algunos casos, los divulgadores neoliberales buscan las prescripciones de los padres fundadores sobre la libertad en tiempos de guerra. Si el virus es una especie de ejército que ataca a la sociedad, seamos cuidadosos y estrictos en otorgar al Estado algunas pocas facultades extraordinarias por un tiempo acotado. En su web Los mercados, el ultraneoliberal Ivan Carrino apeló a un fragmento de las más de mil páginas de La acción humana, donde Ludwing von Mises dice: “… el estado, el aparato social de coerción y compulsión, no interfiere con el mercado ni con las actividades de los ciudadanos conducidas por él… Emplea su fuerza solamente… para proteger la vida del individuo, su salud y su propiedad contra la agresión violenta o fraudulenta…”. Según Carrino, si entendemos al Coronavirus como una agresión contra los individuos, el liberalismo admite que el estado intervenga en la vida social para detener el contagio. Pero la coartada de la excepción no saca a los libertarios del mercado de la defensiva, del reconocimiento de que frente a la coyuntura deben resignar una pizca de libertad por seguridad. En el fondo, develan que su amor por la libertad siempre debió ser regado por un Estado que asegure mediante la dosis de violencia necesaria, el control sobre la propiedad de sus dueños legales.

Más atractivas para el análisis son, en cambio, las variantes que buscan defenderse atacando. Aquellas apasionadas enunciaciones que inflaman las barricadas mediáticas de los liberales frente al autoritarismo estatal. Ellos sí asumen la encrucijada de defender el egoísmo, la competencia individual, la libertad de emprender, la economía de mercado como únicas vías de desarrollo humano de todos los tiempos.

¿Cómo lo hacen?

3.

La retórica dominante encontró una forma retroversiva de sinécdoque: intercambio de su forma menos habitual del todo por la parte con la más convencional de la parte por el todo. El discurso que ataca a “los políticos particulares”, que propone que la disminución de sus sueldos reduciría el gasto público, provoca un desplazamiento que consiste en condenar “la política”. Y el ataque a toda la política vuelve a desplazarse a una parte de esta: el Estado. No importa que cada político no sea “la política”, ni que la política no se agote en el Estado. La operación es difícil, pero funciona en una construcción de sentido de largo aliento.

Argentina es uno de los lugares del mundo más incómodos para esta técnica argumental. Sin embargo, a pocos días del inicio de la cuarentena se intentó constituir un acción político-cultural en torno a esta idea. Con la intención nada disimulada de invitar al equívoco, se buscó un horario cercano al de los aplausos nocturnos dedicados al personal de la salud. Apenas unos minutos después del ritual que iba por sus primeros días, se convocó desde las cuentas en redes sociales cercanas a las fundaciones liberales de distintos paladares, a batir palmas contra los sueldos de los políticos. La cosa era mezclar el sonido de las claques improvisadas de modo que nadie supiera muy bien qué goles por venir no dejaba de aplaudir. La cruzada no tuvo mucho éxito en un contexto general de aprobación significativa del Jefe de Estado.

Alberto Fernández implica un gesto anómalo en el mapa mundial del desprestigio de la política. Un tipo de traje, bigotes grises, tono profesoral, concatenación lógica de premisas, es un modelo de manual de un político del siglo pasado, de racionalismo moderno. Unos pocos giros coloquiales acompañan un contrato de lectura basado en la corrección en medio de la hegemonía de los incorrectos. Trump y Bolsonaro son los líderes de la época. Una reinvención de las clases dominantes tras el fracaso de los correctos de la gobernabilidad neoliberal. Hace 20 años los correctos eran De La Rúa y Fernando Henrique Cardoso, salvando las distancias intelectuales. Eran correctos también los herederos de la Moncloa en España y los de la Concertación en Chile. La alternancia sin cambios fue la larga gestación del odio a la política. América Latina construyó una salida original de ese hastío con una simultaneidad inédita de dirigentes durante una década. La crisis de esos gobiernos fue impulsada y gestionada por un nuevo discurso antiestatal y antipolítico con matices nacionales que no ocultaron su común denominador continental: el rescate profundo del liberalismo de mercado con su individualismo filosófico.

El virus no lleva escrita una salida liberal ni populista, ni individualista, ni solidaria en su información genética. La acción política es la determinante en la guerra de sentidos y viceversa. Pero la voluntad de la polis tampoco puede cualquier cosa. Está condicionada por, y condiciona a la vez a, fenómenos naturales que a veces produce y desconoce y otras ni siquiera tiene el honor de generar. Ni la imagen del brujo incapaz de dominar sus propios conjuros le hace justicia. La separación entre el brujo y la brujería es lo que entró en crisis.

 

4.

Sin embargo, algunas pequeñas certezas hay. Lo que pase el día después, ese horizonte optimista aún en sus peores augurios, ya empezó a pasar antes. Ya está pasando. El aplauso frustrado contra el gasto político viste de inocente propuesta de austeridad un bombardeo constante contra toda forma de organización colectiva. Esa concepción donde todo lo grupal es un otro porque el único yo es el individuo parece difícil de decir en un escenario en que efectivamente la acción humana restringida a la salvación personal o familiar no ofrece muchas garantías de éxito. El enunciado de aparente sencillez “nadie se salva solo” es un puñado de arena en los ojos del liberalismo. Desarma en cuatro palabras la definición voluminosa de “mi libertad termina cuando empieza la del otro”. Este otro con minúscula es reemplazable en los discursos neoliberales por un otro con E mayúscula: el Estado. En la cita de von Misses, aún en una excepción recortada temporalmente mientras dure, ese fortalecimiento del Estado no deja de ser una resignación de la libertad. Nunca una garantía de su ejercicio. Por eso hay que temerle. Esta libertad no es voluminosa en el sentido de ser grande, sino en tanto puede reducirse a un volumen.

Es lógica la preocupación de la Fundación Internacional para la Libertad frente al auge intervencionista. Y también es razonable que su preocupación por los avances totalitarios ni siquiera se detenga en los gobiernos de Bolsonaro y Trump. En estos casos la libertad de empresa, la única que importa porque expresa la comunión entre propiedad y libertad del individuo, está a salvo. Nadie se salva solo, pero se salvan sus propiedades.

El núcleo de sentido en este antiestatalismo más o menos vergonzante de los liberales empalma con la amenaza, que excita su imaginación, de no pagar más impuestos. El dueño de un local de comida en Flores, unos cuantos meses antes de la pandemia, se quejaba de la relación desigual que hay entre ellos y los sistemas de pago remoto. Despotricaba contra Marcos Galperín porque este conseguía esquivar impuestos como empresa de software mientras era una financiera. A él, en cambio, le cobraban religiosamente ingresos brutos. Pero no quería que el dueño de MeLi pagara más. “Está bien que no le cobren, por eso crece. Pero que me dejen crecer a mí. Que no me cobren más impuestos. Si nos dejan trabajar a todos, gana el que más se esfuerza”. Las ventas habían bajado, los servicios de gas, electricidad, agua, internet, teléfono le habían aumentado, pero la cuenta que el tipo hacía era cuánto pagaba de impuestos. Ingresos brutos, ganancias, aportes patronales, seguridad social. Eso era lo que entraba en su calculadora para achicar el resultado sin motivo. Porque la electricidad que el pagaba, la consumía. Era más cara, pero la consumía. La reducción de las ventas era un hecho contra el que no podía luchar. El cliente que no entraba a su negocio no se restaba en la cuenta final del mes. Nunca se había sumado. El enemigo, en su alocución, no era el que evadía tributos sino el Estado. Ese Otro con mayúsculas que lo compele permanentemente a una bondad inexplicable con desconocidos de toda índole. Su contribución obligada a la sociedad garantizaba el sueldo de los maestros de escuelas públicas a las que no iban sus hijos, los “planes sociales” que sostienen el atraso y la vagancia, respiradores de hospitales públicos que jamás pisará, el sueldo de los “políticos”. Así sentía el pequeño comerciante antes de la pandemia.

 

5.

En medio de la cuarentena, muchas cartas pueden jugarse en las mesas de los guías culturales de la oposición al gobierno de los políticos. Desde la necesidad de activar la economía y el temor a la escalada totalitaria de los gobiernos populistas, hasta el amor a la libertad de los runners y el miedo a la libertad de los violadores. Pero no todas las barajas servirán para seguir jugando varias partidas. Algunas se gastarán rápido y deberán ser reemplazadas oportunamente. Aquellas vinculadas a la rebelión impositiva tienen el efecto de reforzar la antipolítica como señal del sentido común. Más allá de que pueda realizarse efectivamente, esa revuelta de los mansos logra imponerse contra las imposiciones.

Un compilado casi sin editar de estos enunciados: “Somos lo que aportamos el 60 por ciento de lo que producimos al Estado”; “con nuestros impuestos se pagan los sueldos del gobierno nacional y provincial, los sueldos de los empleados municipales”; “con nuestros impuestos se pagan planes sociales, y todos los sueldos que hoy involucran casi el 50 % de los empleados del país y estamos solos en una lucha interminable por sobrevivir”; “que cada centavo que podamos producir sea para asegurarnos el trabajo y la comida de nuestra gente”; “no vamos a pagarle ni a AFIP ni a Rentas, no vamos a pagar un solo impuestos más”; “es lo único que nos va a salvar, dejar de pagarle a quienes no trabajan para nosotros”; “si nosotros desaparecemos, el Estado no cobra sueldos, el municipio no cobra sueldos, ni se van a poder pagar más planes sociales”; “si nosotros desaparecemos (…) los políticos no cobran más”; “hoy decidimos parar y salvarnos a nosotros y a nuestra gente. Comprá y pagá en efectivo para que nadie pueda llevarse un centavo que no trabajó duro para conseguir. Pagá en efectivo para que se salven todos, para salvarte vos”.

Salvate vos. La abolición del tributo, ¿es la abolición del Estado? En el imperio de la libertad como volumen, sólo debe mantenerse una de las cuatro coacciones posibles al individuo. No dañarse a sí mismo, no dañar a los otros, ayudarse a sí mismo, ayudar a los demás. La prohibición de dañar la propiedad o la vida de otro individuo, salvo que este haya amenazado tu propiedad, es la única que no puede faltar. Las otras tres, pueden o deben evitarse. El impuesto es, para los liberales de Mont Pellerin, la obligación de ser bueno con los demás. No pueden obligarme a la solidaridad y el altruismo. La libertada voluminosa es una libertad negativa. La idea de que una parte de la sociedad trabaja para sostener a la otra abandonó su origen marxista. La lucha de clases para ellos es la que enfrenta a quienes pagan impuestos con los que viven de ellos: los políticos y los planeros.

Según esta enunciación, la mitad de la población se convirtió en un capitalista sin propiedades que vive de la expoliación de los propietarios. Si triunfara en su revolucionaria lucha de clases, el dueño del negocito de Flores perdería la mitad de sus clientes. Pero el discurso de los mansos es inmune a la estadística. Meritocracia y emprendedorismo son menos potentes aún que la libertad voluminosa. Achievement era la palabra clave de la positividad macrista, pero el pequeño comerciante de las empanadas gourmet en Flores no puede alcanzar el éxito porque debe dejarle el 60 por ciento a su socio bobo y vago, el Estado.

Después de tres o cuatro décadas de neoliberalismo el discurso contra la intervención estatal sigue en la clase media cuentapropista como un atributo identitario. Al fin y al cabo, su cuentapropismo es tan autoperceptivo como su clase media. Se identifica con él. Por eso puede ser utilizado como vanguardia antitributaria por las 10 mil familias más ricas del país. Esta avanzada retórica de la defensa de la riqueza personal, se aterra de que los yates sean gravados por la AFIP y esconde su bicicleta. Y, aunque tensionada, prepara sus ataques en plena pandemia. Aún en este tiempo en que sólo el Estado, la política y los políticos aparecen como única posibilidad de salvación de la economía planetaria, la estrategia discursiva busca que salgan heridos como después de las grandes guerras.

 

6.

La peste propone dos desafíos. Uno es político. Cómo no resignar la idea de libertad, cómo recuperar una libertad positiva, que no esté encorsetada en el volumen en que la metieron los liberales, que siga creciendo en el cuerpo del otro, que crezca en el colectivo que cuida la salud individual y social. El otro es económico. Cómo imaginar una economía que no crezca. Lo finito de la libertad voluminosa era la contracara de lo infinito del crecimiento económico. No va a ser fácil pensarlo al revés. Probablemente salgamos distintos y parecidos a lo que fuimos. Egoístas y solidarios como siempre. Pero hacernos algunas preguntas no nos va a venir mal. Margaret Thatcher, que tomaba el té con Frederic von Hayek, le decía a la Gran Bretaña que abría de un tajo para que entrase el neoliberalismo, “la sociedad no existe, son sólo los individuos, y a lo sumo sus familias”. Jorge Luis Borges, ya viejo, se animaba a ir más allá cuando imaginaba un diálogo con su juventud: “Tu masa de oprimidos y de parias no es más que una abstracción. Sólo los individuos existen, si es que existe alguien”. Quizá podamos usar a la pandemia para reinventar la idea de que los individuos solos no existen. O dejarán de existir, en el corto plazo.

2020-05-10T10:41:16+00:00 10 mayo, 2020|II, Opinión|