Del otro lado de la pared

Por Natalia Romé

Morbo y mambo ante la encerrona del Gobierno nacional. Eslogan de campaña, programa y ecuaciones vinculadas a la performance en redes sociales como tablas de salvación en una tormenta que se prolonga y se avizore un puerto en medio de la deriva. Preguntas sin respuestas, nombres en la urgencia.

Foto: Ezequiel Pontoriero

No fue la épica independentista, sino la máquina de la crueldad financiera invocada en las plegarias del establishment la que mostró en mayo los bordes de la sábana corta que supo fascinar a propios y extraños: marketing de la banalidad + demagogia punitiva + billetera (endeudamiento) en el conurbano y provincias amigas.
Algo parece haber terminado… o parece haber empezado a terminar (que no es lo mismo). El problema es que no sabemos qué es y tampoco sabemos cuándo había empezado. Ni siquiera es seguro que podamos dar por sentado que macrismo es el nombre adecuado para identificar el proceso político al que asistimos. El fenómeno no deja de ofrecer retazos mal cosidos de las peores narrativas de nuestra historia política que exceden en varios aspectos (aunque coinciden en algunas familias) a la prosapia macrista. La tradicional violencia clasista y xenófoba de las fórmulas civilizatorias (de 1880, 1910, 1955, 1976) se revitaliza con un antiintelectualismo diseñado y el histórico militarismo, con una irracionalidad punitiva que no llega siquiera a calificar como liberal. ¿Representación de qué es eso que precipitadamente llamamos macrismo pero cuyas raíces se muestran más largas, sinuosas y subterráneas de lo que unos resultados electorales pueden mostrar?

Con la misma “fluidez” que adjudican consultores de opinión pública al humor social, ululan las caracterizaciones en los círculos intelectuales. El desconcierto se replica en organizaciones sociales y espacios políticos. En la oscilación extrema del pesimismo al optimismo y viceversa, la discusión franca y la construcción política se reemplazan por supuestas soluciones inmediatistas (el slogan de campaña, el perfil del candidato) o por categorías abstractas (neoliberalismo, derecha democrática, ceocracia). Pero seguimos sin comprender qué resortes del malestar social logra interpelar el jacobinismo de derecha. Desconocemos, como lo venimos haciendo desde 2008, las conexiones que anudan el humor microfascista de sectores nada desdeñables de la población con el giro autoritario que ha tomado el capitalismo a nivel mundial, desde aquella crisis financiera. Y con toda coherencia, seguimos sin ser capaces de afrontar la condición contradictoria de las grandes tareas que el campo popular tiene por delante si quiere darse un proyecto de nación. No se trata de inventar un “programa” -otra palabra mágica que se repite sin que terminemos de entender qué sería ni de dónde podría salir- sino de afrontar los desafíos históricos de los próximos años. Procesos complejos nos confrontan de cara al siglo XXI, con preguntas difíciles de plantear. Así por ejemplo, el retroceso de los valores liberales que acompañaron el crecimiento del capitalismo industrial convirtió en oxímoron la idea de una seguridad democrática. ¿Cómo pensar entonces la defensa vital de los derechos humanos de un modo que no despierte reactivas fantasías autoritarias? Si en el régimen de acumulación del capitalismo postfordista ya no entra la promesa del pleno empleo y la noción de “inclusión” proviene de las recomendaciones del Banco Mundial para “gestionar la pobreza”, ¿qué concepción de desarrollo es necesario construir para garantizar el bienestar de la población? O cómo afrontar los límites del mercado interno, frente a las formas de desposesión que produce la dolarización del ahorro y la inversión, la financiarización de la vida y apropiación extractiva. ¿Cómo creer que el acceso al consumo tiene, en esta coyuntura, las mismas consecuencias igualadoras que en los años cuarenta del siglo pasado?

En el desierto de pensamiento, esperamos el acontecimiento político como un milagro. La esperanza de encontrar la salvación en la exégesis de un tuit, en una foto o en una frase con gancho es tan ingenua como los rezos a la “unidad” de lo que sea con lo que sea. Mientras tanto, lenta pero segura, gana terreno la esperanza peligrosamente antipolítica de ver “chocar la calesita” contra la pared. Mezcla de miedo y algo de oscuro placer, va tomando forma en la fantasía social esa escena cruel y desesperada de optimismo mortífero. Pero las condiciones económicas son algo más que un renglón en un sondeo de intención de voto, las crisis son grandes negocios financieros y excelentes regímenes de gobierno, más allá de los resultados electorales.

Infantilizados al extremo por horas y horas de comunicación política para imbéciles, podemos cometer el error de subirnos a la fantasía sin preguntarnos qué nos espera más allá de la pared. Sin habernos dado el tiempo y las conversaciones francas para tejer la red capaz de contener a un pueblo hambreado y hostilizado por la miserabilización de las instituciones, por la pauperización de la ciudadanía y la reducción de las libertades a escala nacional, regional y global.

Sabemos por experiencia que un rayo de furia no es un acontecimiento político, pero una década de democratización no alcanza para reinventar la política, en tiempos de sondeos y selfies. El riesgo de esperar a que el conejo salga de la galera es disponerse ingenuamente a aceptar gato por liebre.

Y tal vez no sea tan casual que mientras la tierra tiembla bajo una marea feminista, se sume a los “candidateables” el magnate con cara de piola del barrio que hizo sus millones cortando polleritas en televisión. Creer que la discusión consiste en averiguar si tiene o no chances electorales es no entender que, una vez más, la aritmética electoral funciona como un tapón que no nos deja ver el vacío político sobre el que seguimos bailando. Mejor preguntarnos qué crece del otro lado de la pared.

2018-07-14T04:30:13+00:00 13 julio, 2018|II, Opinión|