Del neoliberalismo cool hacia un nuevo contrato social

Por Nahuel Sosa y Alexandre Roig

“El hombre ha nacido libre y sin embargo vive en todas partes entre cadenas, el mismo que se considera amo no deja por eso de ser menos esclavo que los demás”. Con esta frase, desde las entrañas de la Revolución Francesa,  el pensador Jean-Jacques Rousseau plasmaba una de las obras políticas más importantes de nuestro tiempo: el contrato social.

Hoy, tres siglos después, la idea de contrato social empieza a sobrevolar en los debates políticos, especialmente a partir de la presentación del libro “Sinceramente”. En esa ocasión, Cristina Kirchner insistió con la propuesta de que hay “construir un nuevo contrato social de la ciudadanía responsable”. Algo ya había anticipado la ex presidenta en el congreso de CLACSO, cuando llamó a armar un gran frente civil y patriótico con todos los agredidos por las políticas económicas y a disputar la noción del orden, en tanto el gobierno de Mauricio Macri lo único que había hecho era desordenar la vida de los argentinos.

Pero qué significa un contrato responsable situado en este aquí y este ahora. ¿Es acaso restituir un orden que se vio vulnerado por una ceocracia depredadora que desestabilizó la vida de los argentinos y argentinas y sólo trajo incertidumbre y vértigo? O, por el contrario, ¿estamos pensando en un orden constituyente o instituyente que sea capaz de dar vuelta la página de esta noche neoliberal con una perspectiva renovada y transgresora? ¿Tendrá en cuenta este pacto social a los nuevos emergentes, los sujetos que confrontan con las formas de desposesión actuales y resisten a la precarización estructural de la vida?

Podríamos seguir enumerando preguntas y posiblemente las conclusiones a las que arribemos   sean frágiles e inconsistentes, básicamente porque es un concepto que está en disputa. Dependerá, entonces, de las correlaciones de fuerzas sociales y de cómo se desarrollen sus tensiones creativas el contrato social que termine predominando.

También podríamos dejar de pensar en EL CONTRATO y pensar en contratos, con una S que configure la pluralidad y la multiplicidad, que abra a la articulación con cada parte de la sociedad desde una particularidad. No es una mayoría homogénea que sustituye lo específico sino que son demandas que deberán encontrar sus equivalentes en una alternativa plebeya  que haga de la heterogeneidad su razón de ser.

Si asistimos a una época donde las demandas de la sociedad civil están hiperfragmentadas, donde ya no existen luchas de primera y otras de segunda, en la cual los individuos se han desterritorializado y deambulan entre la virtualidad y la realidad, lo mejor sería que un proyecto popular pueda dar vía libre a lo que cada uno asuma como contrato propio, aquel que garantiza su autonomía personal pero desde el colectivo, no solamente desde el esfuerzo propio. Necesitamos un contrato que dé cuenta de las subjetividades contemporáneas, que ponga a la individualidad en el centro de la escena para combatir al individualismo.

No hay una mayoría social uniforme y constante, configurada en base a procesos sociales estables, sino una serie dispersa de sectores a convocar, transformar minorías diversas y dispersas en nuevas mayorías. Una parte de asumir una política para el siglo XXI es entender que las luchas sectoriales, de la vida cotidiana (por alquileres y vivienda digna, por el derecho de los consumidores, por los servicios públicos o por el buen comer) son también -y fundamentalmente- luchas contra las formas privilegiadas de acumulación que legitiman los sentidos comunes. Por otro lado, existen sujetos políticos que, sobre la base de luchas históricas, expresan contundentemente las formas renovadas de las luchas estructurales: los trabajadores y trabajadoras de la economía popular y los feminismos.

Los consumidores organizados contra las tarifas abusivas, los inquilinos organizados contra los alquileres impagables o la legislación injusta, han sido tratados en la cultura política argentina como sectores cuya lucha no tenía punto de acumulación, es decir, no disputaba poder. Al mismo tiempo, la vieja tradición de una democracia liberal que encauzaba sus luchas exclusivamente en partidos y sindicatos, dejaba a estos procesos de organización huérfanos de legitimidad.

La centralidad de esas luchas en la actualidad es radical: son sujetos que confrontan con las formas de desposesión actuales que, además de seguir existiendo en el espacio de trabajo, se acrecientan en una cotidianeidad de financierización acelerada y una forma de organización social y cultural planificada para acrecentar el consumo. Son las formas de resistencia a la precarización de la vida que propone el neoliberalismo hoy.

La lucha del movimiento feminista y la de los trabajadores y trabajadoras de la economía popular también adquiere radicalidad, pero desde otro punto de vista. Lejos de asignar una sobrevaloración romántica, expresan puntos de acumulación ideológica que ningún otro sujeto había logrado expresar. Escapan a la vieja política (o a la política del viejo mundo) por donde se los mire: el rasgo fundamental de la economía popular es que surgió como resultado de una economía de mercado que no puede resolver esas demandas básicas sin poner en riesgo su propia existencia. De igual modo, el programa mínimo del feminismo, que supone, por ejemplo, la distribución igualitaria de las tareas de cuidado, se da de lleno con el régimen de acumulación.

Si partimos de la premisa de que, en las sociedades contemporáneas, el voto no se define solamente por lo racional-económico, por “el bolsillo”, sino que se vota también por aspiraciones, deseos, subjetividades, emociones, esto supone un desafío inédito para la oposición. Ya no alcanza con denunciar los problemas económicos, sino que se deben construir nuevos imaginarios de felicidad, renovados horizontes políticos que excedan a los datos duros del Excel.

Si vivimos en un país en el que casi el 80 por ciento de su población se asume de clase media, lo que importa no es la posición económica real, sino cómo se autopercibe la ciudadanía. Retomando la frase de Rousseau: si un individuo no se autorpercibe como esclavo, nuestro rol como oposición no es ir a confrontar con su percepción en nombre de la verdad sino más bien resignificarla para romper las cadenas.

Si la Ciudad verde, la ecología, el animalismo, la cultura entrepeneur, la modernización, la gestión, los timbreos, la meritocracia, los ciudadanos de bien, la urbanización de villas, las bicisendas por autorrealización y meditación, el entusiasmo por hacer, la política de la apolítica son algunos de los valores que le permitieron a la elite gobernante conectar con numerosos sectores medios urbanos, entonces es allí donde  el contrato social también deberá dar respuesta. La nueva derecha ha logrado instalar la percepción de que aquello que ya se obtuvo fue producto de esfuerzos individuales y no de políticas de un Estado presente y, por lo tanto, de lo que se trata es de aspirar a tener mejores niveles de consumo, ya garantizadas las condiciones mínimas de vida material.

Sin embargo, el “Cambio” no remite solo a la posibilidad de consumir más y mejor, sino también a la posibilidad de transformarse interiormente. La penetración de un relato post-moderno vacío, que fetichiza lo privado y que sólo apela al derecho individual como forma de elevar el bienestar, genera un nuevo tipo de subjetividad en la cual se produce un desplazamiento en las expectativas de los individuos. La meritocracia en estos términos, sin un Estado que garantice condiciones mínimas de igualdad, se transforma en una competencia descarnada e improductiva.

Ahí recae el sentido de una “ciudadanía responsable”, permitir a cada persona asumir su devenir de la mano del colectivo, desear cambiar las reglas cuando atentan contra el bien común, respetar las reglas cuando lo sostiene. Este es el tal vez el sentido de este nuevo contrato social: instituir desde los conflictos y las heterogeneidades sociales, instituir produciendo individualidades autónomas.

 

Nahuel Sosa es sociólogo (UBA), Director del Centro de Formación y  Pensamiento Génera e integrante de Agenda Argentina.

Alexandre Roig es sociólogo (UNSAM), referente de Usina del Pensamiento nacional y  popular e integrante de Agenda Argentina.

2019-05-31T12:57:48+00:00 31 mayo, 2019|II, Opinión|