Criollos, moderados y malentretenidos

Por Natalia Romé

Foto: Yegua y Groncha

Asuntos varios, situables en una bien rica diversidad de napas de la coyuntura, parecen haber encontrado su síntesis en una pregunta plana y sencilla: ¿es bueno o malo ejercer la crítica interna? Cámbiese el signo como se desee, tróquese “bueno” por “oportuno” o “estratégico”; en cualquier caso, se trata de un dilema claro que presta, además, el nada desdeñable servicio de distribuir a los interpelados según su respuesta. Se quiere un asunto ético y político, pero funciona de modo práctico segmentando, distribuyendo, administrando las microidentidades y los microposicionamientos diferenciales dentro del vasto campo democrático popular.

La pregunta ofrece un esquema sospechosamente prístino, en medio de una escena desbordada de incertidumbre, hastíos y temores más o menos asignables a las excepcionales circunstancias; pero también portadora cansina de dudas, sospechas, inquietudes y desgarros de más larga factura. En tiempos de hiperiluminación y sobreinformación, deberíamos aprender a desconfiar de los dilemas demasiado claros e interrogarnos más, tal vez, sobre los modos en los que toman forma nuestras “cuestiones”. Sean la “crítica”, la “vida”, la “grieta”, la “moderación”, la “libertad” o la “democracia”.

Sabemos que son tiempos de debilidad de toda forma organizativa. Entonces ¿mediante qué modulaciones y procesos se amalgaman decires y sentires, conceptos e imágenes en expresiones tales que parecen funcionar como “palabras de orden”? ¿De dónde vienen nuestras “ideas” y de quién son? No podemos respondernos esa pregunta. Y eso es parte del problema.

Entre los rasgos que se atribuyen al “neoliberalismo”, suele incluirse una caída de los marcos normativos y los criterios hermenéuticos comunes que hacen a la argamasa cultural de nuestra vida social. Lo que se encuentra debilitado, empobrecido es justamente ese magma de sentidos en el que toman forma los decires de la política y sus sujetos, como solía decir el querido Sergio Caletti. El supremacismo habla la lengua de la emancipación; las mafias globales hablan de seguridad jurídica y las derechas llaman a “tomar las calles”. Pero las razones por las que, en nombre de cualquier cosa, puede hoy invocarse el valor de la libertad y cantarse loas a la República deben buscase más allá de las intenciones de unxs y otrxs. Podrán existir voluntades estratégicas en el diseño de fake-news, pero eso que llamamos “post-verdad” responde a las lógicas colectivas, anónimas e inmanejables de deterioro del pensamiento en común, de las memorias discursivas y de los reconocimientos intersubjetivos y los afectos que sostienen un mundo común de sentido. Y es en ese terreno que se contornean los discursos políticos. Todos, incluidos los “nuestros”.

Repito, incluso los nuestros. No hemos meditado lo suficiente sobre lo acorraladxs que estamos por las condiciones de fragilización de la trama colectiva de los criterios de interpretación, experiencia, ponderación de los discursos circulantes. En ese terreno farragoso, las grandes categorías que solían ser “armas de la crítica” resbalan como votos de esperanza agitados con desesperación. Y con ellos se fugan hacia el cielo de las categorías gaseosas, los sueños deshilachados de tantxs.  Más hablamos de la Vida, menos logramos captar los modos efectivos, las sensibilidades concretas y las formas específicas en las que se juega la diferencia entre la supervivencia y el desastre para millones de ciudadanxs; más afirmamos nuestra vocación democrática, menos espacio hacemos para que hagan su aparición heterogénea, conflictiva e incómoda las voces reales de la soberanía popular, con sus dolores, sus frustraciones, sus deseos y sus furias.

Elogio de lo concreto

Por el desparpajo obsceno de la desigualdad globalmente instituida, frente a la implacable eficacia de su administración financiera y su maquinaria de eficiente destrucción de toda orfebrería colectiva del pensamiento, hemos sido acorraladxs contra las cuerdas de las más inasibles abstracciones. Abstracciones sin cuerpo colectivo que las sostenga.

Si las mejores imágenes tan cargadas de memoria política y combativa como “libertad” o “democracia” se desintegran en el aire de un espacio público cribado en las tecnologías de la anomia administrada, ¿qué puede esperarse para las expresiones más pobres de historicidad política?  ¿Cómo funcionan las imágenes, metáforas o alegorías de la “grieta, la “moderación” o la disyuntiva de “la economía o la vida”, cuando no resultan de un proceso de pensamiento colectivo, porque no existen las condiciones para que ese proceso exista como tal?

No se trata aquí de restituir en una redoblada pereza analítica, una nueva falsa dicotomía entre el pensamiento crítico, refinado pero ocioso en sus escritorios y un pretendido pragmatismo del sujeto de acción, con todas las evocaciones sustanciosas, porosas y rústicas del barro y la calle. No. No existe política real que valga la pena en este mundo; es decir, que se dé al servicio de reparar los reales padecimientos de nuestro pueblo -y no simplemente surfee las tendencias de la tecnocracia indolente o el pobrismo- sin un agudo ejercicio intelectual, capaz de mirar de frente los complejísimos asuntos del común y capaz de darse esa otra temporalidad de la escucha sensible y la conversación meditada; para rebuscar en el archivo y bordar la imaginación audaz que requiere la hora.

Lo hemos dicho tantas veces: sin amor por lo verdadero, no hay horizonte de justicia para lxs débiles y vulneradxs de este presente, que somos lxs más. Las máquinas de imponer inferencias aberrantes por la fuerza no son nuestras y tampoco las deseamos porque trabajan siempre en una única dirección, prescindiendo de las manos que las muevan.

Tampoco se trata de anteponer el criterio de la urgencia cortoplacista a las grandes preguntas políticas: no hay buena táctica sin definiciones claras, ni horizonte histórico. Por el contrario, se trata de mirar el problema a los ojos y asumir el “quiénes” y el “para qué” de ese nosotrxs. Pero “asumirlo” quiere decir no “suponerlo” ni darlo por sentado, para evitar por todos los medios hablar en nombre de (y silenciando a) quienes no tienen voz.  Porque la vida concreta de una idea política se juega en la existencia práctica –todo lo contradictoria y conflictiva que se quiera- de múltiples procesos de conversación, polémica, malentendidos y disensos. Esa es la diferencia real entre una idea política y su potencia. Y esa diferencia se llama democracia.

Es la vacancia de estas dos preguntas (¿quiénes? ¿para qué?), tan básicas y tan obvias para el pensamiento político, la que parece hacer síntoma en este presente crítico inundado de demarcaciones imaginarias y pronunciamientos afirmativos. Su ausencia se presta a la ebullición de igualmente dañinas reacciones. En el mejor de los casos, torpezas: miradas del detalle desentendidas de la escena general y del mediano plazo; pronunciamientos y balances precipitados. En el peor de los casos, vilezas: miserias apresuradamente electoralistas, poroteos y debilitamiento premeditado de un armado político cuyos integrantes saben frágil desde el principio.

Dos preguntas que no pueden darse por respondidas con un frente electoral, sino que zanjan el verdadero desafío: el de inventar las modulaciones prácticas, los espacios y los procesos colectivos para la forja de los nuevos nombres de lo justo y lo verdadero. Esta tarea no se resuelve con marketing, ni con pedagogía, ni con un denuncismo neoilustrado de la supuesta capacidad mediática de gobernar mentes, sino que exige una estrategia capaz de producir una física de las ideas justas. Una composición del cuerpo histórico colectivo del que la justicia social es la idea.

Esas dos preguntas nos convocan a la tarea de los mecanismos de configuración de la inteligencia de masas, una pregunta por los nuevos hilos capaces de volver a coser la memoria histórica de las grandes palabras con la experiencia concreta de la injusticia, para una producción estratégica de un pensamiento crítico de masas.

En la vida política no alcanza con tener razón, no se está en la verdad si esa verdad no es de lxs muchxs. Tarea complejísima, porque no es cierto que el pueblo no pueda equivocarse. Y más compleja aún en tiempos de pulsiones punitivas mayoritarias. El mejor éxito de las derechas neoliberales ha sido el de capturar a su favor las vergüenzas mal tramitadas por el vanguardismo de izquierda. Podemos agregar ahora que el pensamiento populista celebró antes de tiempo la superación del problema.

La madre (imperialista) del borrego criollo

Si de tomar asuntos de frente se trata, los desafíos que nos conmueven no son tan nuevos. Han sido reetiquetados, pongámosle que ahora los llamamos “Vicentin”, pero no son otra cosa que el histórico y remanido asunto del desarrollo en territorios del capitalismo periférico. Es la realidad centenaria de una producción de riqueza que se produce acá pero se acumula siempre en un más allá –se llame “metrópoli” o “paraíso fiscal”-  con sus frecuentes crisis de divisas, ciclos de endeudamiento, expropiación de riqueza y soberanía. La paradoja de unas formas de disque “modernización” que no se traducen sino en barbarización de las condiciones de vida para las grandes mayorías ponen límites recurrentes a los sueños populares desde hace tanto tiempo. Y con ello, el dilema de la construcción de frentes populares, con participación o prescindencia de las ubicuas y traicioneras grandes burguesías locales –que ahora son explícitamente transnacionales pero nunca fueron nacionales- que tienen siempre más terminales afuera que adentro y que desde siempre han cavado sus salvoconductos en la trama que conecta colonialismo con imperialismo, luego llamado globalización.

Con respecto a este asunto, el imaginario dilema entre la “radicalización” y la “moderación” es, por lo menos, torpe. Pero no es sólo eso. Si debemos evitar que nuestros diagnósticos y categorías se acomoden en el espacio de una separación inadvertida entre nuestras bellas ideas y el pueblo en nombre del cual se agitan, es porque esa ha sido la encrucijada del “intelectual” criollo desde las gestas independentistas hasta las derrotas del siglo XX. Ese criollismo es el riesgo estructural que tenemos que exponer y afrontar críticamente, porque es el lugar por el que desde hace cientos de años se filtra de modo práctico la horadación ideológica de nuestra soberanía. La tarea no es sencilla y el desafío tampoco es nuevo, podemos leer sus marcas en la Carta de Jamaica de Simón Bolívar, en la ensayística sarmientina o la lírica cortazariana; podemos encontrarla en el guevarismo setentista pero también en la épica revolucionaria de otras izquierdas más masivas. Y es que el problema no es de contenido, no se trata de mejores o peores ideas; se trata del proceso histórico concreto en el que se define si esas ideas son o no las de ese cuerpo colectivo que queremos llamar pueblo. Porque si no es así, no importan cuán radicales y audaces sean, trabajan en la misma dirección antidemocrática y antisoberana que los fondos de inversión financiera.

La opción real, la que exige verdadero coraje porque es verdaderamente difícil, es la de inventar los modos y los mecanismos para componer una voluntad masiva y concreta de soberanía popular. Una potencia multitudinaria capaz de traccionar todas las fuerzas vitales disponibles, en favor de un proyecto democrático de reversión de los mecanismos de desposesión que atan la reciente historia del autoritarismo tecnocrático-neoliberal, con la del régimen de acumulación imperialista y éste sobre la más larga traza colonial.

Hasta tanto no seamos capaces de una construcción tal, tenemos la responsabilidad histórica de sostener el delicado tejido de un frente democrático nacional, capaz de sobrevivir a una avanzada autoritaria regional, sin permitir que se convierta en el dispositivo de normalización del desastre cuidadosamente planificado que tuvo lugar mientras nos contábamos las costillas.

2020-08-06T20:31:10+00:00 6 agosto, 2020|II, Opinión|