Civilización o barbarie

Por Natalia Romé

Parece que hubiera pasado un siglo desde octubre del 2017, cuando parte de los analistas políticos locales discutían la posibilidad de una nueva derecha con rostro humano. Engolosinados en la ilusión de la “singularidad” argentina e insistiendo en esquemas dicotómicos como los que oponen populismo y república, no consideraron una señal grave el acceso de Donald Trump a la Casa Blanca, tampoco su coincidencia con el recrudecimiento de discursos ultraderechistas en diversos países europeos. En ese marco, los “excesos” discursivos locales de reivindicación de la Campaña al Desierto; la instrumentación de una lengua de la violencia política y civil en redes por parte de dispositivos estatales; los chistes sexistas de altísimos funcionarios, fueron desestimados como exabruptos individuales o como estrategias distractivas y no como lo que eran, una suerte de jacobinismo de derecha destinado a correr en esa dirección los límites del campo de lo decible en el discurso político.

Un año después, no quedan dudas de que una tendencia regresiva se cierne expansivamente sobre diversas regiones, incluida la nuestra. La consolidación de la ultraderecha en Italia en torno a la figura de Mateo Salvini, el fenómeno Bolsonaro en Brasil, no son indicios aislados sino que exigen tomar con especial atención aquellos signos dispersos que, en otros momentos, no hubieran ocupado más que una o dos frases en una nota de color sobre tendencias marginales. Es difícil saber cuándo y cómo pudo constituirse este terreno propicio para la interpelación de los sectores populares con discursos que reivindican no sólo la retracción de derechos y garantías, sino que restituyen categorías segregacionistas que hasta hace poco tiempo parecían excluidas para siempre del lenguaje político.

A nivel internacional, el incremento de las deudas públicas -que dispara desenfrenados llamados a la austeridad per se– marca desde 2008 una inflexión en la historia del neoliberalismo, caracterizada por la aparición de unos discursos que funcionan con valores llamativamente morales -la culpa y el castigo- antes que pretendidamente científicos o técnicos. La clásica ecuación neoliberal de los años 90’, en la que la eficiencia tecnocrática parecía colocarse por sobre cualquier reparo moral, ha sufrido una torsión hacia la desmesura que diluye incluso su antigua racionalidad: la austeridad como un fin en sí mismo, antes que como un medio para otra cosa, es uno de sus más notables signos. Los dudosos criterios de promoción conductual –capacidad de adaptación, superación de los propios límites, emprendimiento y creatividad constantes- que se imponen ferozmente en un mercado laboral menguante, plagado de emprendedores-app (tracción a sangre), conforman otro.

El combo es explosivo: incertidumbre y precarización de la vida de las mayorías, acompañadas de una nueva moral de la hiperproductividad y el éxito permanente, en el Titanic de la zozobra económica; mandatos implacables a “sentirse bien” bajo amenaza de ser tildado de perdedor y la cuasi-imposición de una obligación de gozar sin límites en un contexto de deterioro de los marcos de contención social y vida en común, componen una atmosfera de opresión insoportable. En ese marco, los discursos apocalípticos, enervantes, la culpabilización de los débiles, el desprecio de las minorías encuentra un suelo fértil para alentar las peores violencias. A la irracionalidad “desde arriba” le sigue un autoritarismo “desde abajo”. Se trata de una espiral de frustración, desesperación y odio ante la que nadie con responsabilidad pública y vocación democrática (desde comunicadores hasta funcionarios y referentes políticos) puede hacerse el distraído.

No se trata de tendencias inventadas por una oficina de marketing ni por un conglomerado mediático. Tampoco puede decirse que se asienten en procesos sociales que hayan nacido en 2016. Las tendencias securitaristas y punitivas llevan más de una década; los raptos de violencia linchadora suelen tener sus primaveras renovadas, cada tanto. Y 2008 no es cualquier año, en la historia política de reciente.

Sin embargo, lo que sí aparece con la fuerza de la originalidad es la instrumentación de estas pulsiones amargas como parte de la lengua pública y de los discursos políticos socialmente legítimos. Estos procesos recrudecen en una medida proporcional a la profundización de una crisis de deuda autoinflingida, pero los beneficiarios directos de esa deuda han logrado instalar el discurso público de la culpa colectiva que se condensa en frases como “vivíamos por encima de nuestras posibilidades” y cimienta los crecientes llamados a hacer un esfuerzo de expiación en pos de un futuro difuso y abstracto, pero cada vez más magro. En esa ecuación de culpa y disposición al castigo (de uno mismo y de los otros), la escenificación de la persecución judicial y la “ejemplaridad” de las penas; las figuras de la delación y el lenguaje linchador de las redes, forman parte de una apuesta para canalizar la tramitación social de medidas económicas carentes de todo otro programa que una atroz e insustentable transferencia de la riqueza desde los sectores trabajadores hacia el capital financiero internacional.

La creciente violencia institucional es indicio de la flagrante incapacidad de las clases dominantes para gestionar el deterioro social, que es consecuencia de la crisis de un régimen de acumulación que se autofagocita y provoca una crisis civilizatoria de magnitud planetaria. La reducción de los aparatos de estado a su última racionalidad represiva da cuenta de una profunda crisis en sus capacidades para consolidar formas de hegemonía.

En este escenario, se abren paso discursos oscurantistas con irracionales llamados al orden y la purificación que concitan un cierto apego social y generan una pseudo-legitimidad marketinera para la exaltación de la violencia, la retracción de derechos y el autoritarismo. La desafortunada categoría de “derecha democrática” con la que se intentó analizar el proceso político que vive nuestro país no puede tomarse con la seriedad de un concepto, sino más bien como un síntoma del desafío ante el que nos coloca la paradoja de constatar que algunas de las tendencias antidemocráticas hunden su popularidad en las raíces de un malestar extendido en amplios sectores de la población, sometidos a unas condiciones de vida de creciente precariedad.  La “confusión” que hace posible esa categoría se asienta en la creciente fascinación que la eficacia de las técnicas de sondeo y diseño estratégico de la comunicación política suscita entre propios y ajenos. Hemos llegado a confundir representación política con rating, sensibilidad social con focus groups y capacidad de conducción con imagen electoral. La reducción de la idea de democracia a una serie de procedimientos aritméticos y técnicas de medición, seducción y venta, nos confronta a un proceso de erosión y empobrecimiento político del espacio público y nos deja inermes ante los fenómenos de paradójica “popularidad” de pulsiones crueles o autoritarias.  Y tal vez, peor que eso, deja el concepto de República en estado de flotación, librado a ser apropiado por cualquier émulo de Fray Savonarola que se autoconsagre como encarnación del orden, la moral o la justicia.

Desde inicios del siglo XX, los lenguajes forjados en los engranajes de la industria cultural han sabido captar y cifrar en sus propios términos los climas ideológicos, los humores imperantes y las disposiciones afectivas de cada época. Con menor rigidez que las gramáticas de la política e incluso, a veces, con mayor sensibilidad, la música, la literatura, el humor o la publicidad leen aquello que se cierne de modo cotidiano e invisible y va tejiendo la trama significante y afectiva del sentido común. Pero la condición pública de la palabra política no es inmediatamente “publicitaria”, exige una responsabilidad, un cuidado de lo común como condición previa de cualquier ejercicio político. Su modo de captar y vehiculizar la sensibilidad popular no puede ser idéntico al de las técnicas de mercado. Las mayorías contables del consumo no son inmediatamente el demos, cuya potencia política viene de su fondo incontado, espectral.

Es hora de preguntarse si puede ser democrática una propuesta que niega el futuro a las amplias mayorías de la población. Tan urgente como eso es construir un lenguaje político basado en una ética del uso de la palabra pública, que recupere la memoria de las mejores imágenes de la libertad y la igualdad como pilares de la vida en común; que persevere amorosamente en reinscribir la República junto con la democracia.

Para eso, parece hoy imprescindible encontrar el modo de preguntarse qué hacer con la furia, cómo cerner la traducción justa de un malestar social que se expresa atragantado con las peores pasiones y darle el cauce de una potencia capaz de reformular de una buena vez la vieja fórmula “civilización o barbarie”. Porque si la barbarie es el destino inminente de una crisis global del capital imperialista que promete arrastrar en su agonía a la vida misma, entonces el futuro de la civilización está del lado de la democracia popular.

2018-12-28T16:19:08+00:00 28 diciembre, 2018|Opinión|