Ciudadanía y fascismo

Una obstinación persistente se juega, con la urgencia de la agonía y la vitalidad de quien batalla hasta el último aliento, frente al punto más alto que haya alcanzado jamás la oligarquía vernácula. Al revés de lo que supone la literatura opositora con posnet, el Gobierno se ufana en la apoyatura de la fibra reaccionaria que permea, capilar y expansivamente, los límites de su propia clase.

La espesa bruma financiera tapiza los barrios con una ciudadanía de la impotencia, donde los funcionarios cambiemitas incursionan cual censistas para la aparente recolección de una doxa vecinal intrascendente en una democracia cada vez más escuálida. Sobre los tendones del hastío que fungen de cama elástica, pivotean los significantes que manan de dispositivos gestantes de sujetos siempre más dóciles.

Así, gana terreno una justificación pegajosa que se dispara por los gif que ofician de fusiles a repetición, en la errabunda experiencia del time line twittero: la gestión macrista está haciendo lo que hay que hacer, en un panorama aporético. La sociedad asiste, en consecuencia, al pavote secuestro de su inteligencia o, lo que es igual pero más dramático, al conchabo del fascismo inexorable, con plataformas de acongojadas libertades on demand.

La emergencia de la hora obliga a la defensa cerrada de derechos individuales y garantías constitucionales que la arquitectura jurídica abandona en el altar del mercado. Los proyectos progresistas de la región, que no fenecieron ni plasmaron su pretenciosa irreversibilidad, corren de atrás para una revancha que los dueños de todo no van a regalarles. Y aun si tallara una carambola con efecto dominó, sus líderes, cuadros técnicos y militantes deberán curtirse en asignaturas que dejaron pendientes cuando el ciclo feliz de los commodities empezó a agotarse. El devenir de los conflictos será una cita con la disyuntiva entre la transformación radical de las cosas o la reducción del pueblo a un electorado estéril con tutelajes efectivos para sus atisbos más silvestres, ofertando alternancias inofensivas.

El combate contra el adormecimiento general en países formalmente democráticos pero socioeconómicamente retrógrados precisará de la recuperación de vocablos sacrílegos como el de revolución, que no será –no tendría cómo ser- de la alegría. La convocatoria no se tramitará con un flyer partidario, acuñado en una oficina de prensa para que circule por Facebook y WhatsApp, sino donde surja el deseo de la demolición de los muros invisibles contra los que choca la conciencia, reponiendo las preguntas por las luchas que al menos discutan, otra vez, la desarticulación de la servidumbre voluntaria.

Herramienta para predicadores en un desierto insular con aspiración de continente, esta edición de Kamchatka se hace con la convicción de que todavía hay argentinxs que nunca bajarán los brazos en esa pelea.

2018-11-14T17:44:17+00:00 12 noviembre, 2018|Opinión|