Alberto es un milagro

Por Carlos Barragán
@barragan_ok

El Presidente, el gato y el cascabel, envueltos en el drama de la historia argentina.

Foto: Mariano Campetella

Alberto es un milagro. No sé si otro político podría estar en su lugar y su momento llevando esta debacle por un buen camino. Porque Alberto nos lleva por un buen camino aunque a veces uno le pida que haga más. Alberto empezó a gobernar con abundancia de ecumenismo y sustrayéndose de la disputa política. Podemos decir que usó estos ejes de pensamiento: los que gobernaron antes lo hicieron mal; si hubo delitos, no es cuestión mía sino del Poder Judicial, y yo no quiero ocuparme de eso porque tengo cosas más urgentes para hacer. Y le fue muy bien. No confrontó y dejó en una especie de limbo las causas del enorme desastre que encontró. Alberto no está interesado en las causas porque encontró al país en emergencia (antes de la emergencia del virus) y eligió gestionar el desastre y dejar todo lo otro para después. Ese “todo lo otro” es lo que nos pone nerviosos porque implica al meollo de nuestros problemas: que cuando la derecha gobierna destruye el país (y cuando no gobierna hace lo posible para que nadie lo arregle). Y no es que Alberto no lo sepa y hasta a veces lo expresa, pero lo suyo es: sí, la derecha rompió todo, pero no es momento para eso, tengo que arreglar lo roto.

Después llegó la pandemia y esos principios que Alberto había desplegado se fortalecieron. Aquel ecumenismo, esa apelación estratégica a la unidad se convirtió en algo imprescindible y formó parte de la urgencia. Entonces los que hasta antes de ayer destruían todos los días la salud pública pasaron a formar parte de esa unidad, con el solo requisito de colaborar –hoy- con sumarse al fortalecimiento de la salud pública. Una especie de “qué me importa tu pasado” como el del tango. Podríamos decir que Alberto hace política sin hacer política, y eso a veces nos desespera. Porque suspende las disputas históricas y profundas para ganar la disputa inmediata por el presente. No es diferente a cómo se manejó antes del virus, lo que hizo la pandemia fue darle la razón y si antes interpelaba al Poder pidiéndole colaboración frente a la miseria, hoy lo puede hacer frente a la muerte. Alberto llegó así hasta el viernes pasado, cuando metió a todo el país en un aula y le dio una clase sobre la cuarentena. Ahí llegó al corazón de su estrategia para liderar esta gran incertidumbre. La razón, la razón académica y científica, los números, las curvas, las proyecciones y las magnitudes son la fuerza ideológica con la que Alberto cuenta para gobernar. Una fuerza ideológica que al parecer supera a la razón y fuerza políticas: el virus es un mal de la naturaleza que ataca a nuestra raza humana, por lo tanto no se cura con peronismo sino con medidas inteligentes. Porque eso somos los humanos: animales inteligentes. No animales peronistas.

Lo que a algunos nos desvela es que la unidad que Alberto exige, necesita y consiguió no es verdadera, aunque puede tener algo de verdad. Los poderes permanentes y los políticos que adhieren a sus objetivos lo boicotean las 24 horas del día. Es fácil escuchar entre algunos de nosotros que Alberto en algún momento va a tener que confrontar con ellos. Pero quizá la unidad, esa unidad que no es hermandad sino una imposición de la hora, sea una forma de ganar la batalla. Porque finalmente vemos que la solución racional que tiene el resto de los países -y que se va convirtiendo en hegemonía- es tomar medidas peronistas. Y a Alberto para ser peronista le alcanza con ser racional, académico y humanista. El hombre es un milagro. Un hombre que no dice todo y que no nos deja saber cómo va a ponerle el cascabel al gato. Un hombre que quizá esté pensando que al gato no hace falta ponerle el cascabel si uno consigue que se quede quieto. Ya lo sabremos.

2020-04-13T07:49:13+00:00 13 abril, 2020|II, Opinión|