La metáfora de la miel

Por Julián Fava
@JulianMFava

Foto: Mariano Campetella

“Día mundial de las abejas: cuál es su rol en la lucha contra el hambre en el mundo y cómo se puede preservar la especie”. Así titulaba el diario La Nación, el pasado 20 de mayo, una nota que –en su aparente llamado a la toma de conciencia sobre la cuestión ecológica– condensa una de las más sutiles operaciones realizadas por los sectores dominantes: la naturalización de la desigualdad y su resolución, si es que la hubiere, en los designios de fuerzas que exceden la voluntad humana.

Publicado en 1690, El Segundo ensayo sobre el gobierno civil puede pensarse como la fundamentación del liberalismo y, en ese mismo movimiento, como el origen de la criminalización de la pobreza. Su autor era un filósofo protestante –de los más inconsistentes desde el punto de vista metafísico, aunque de los más exitosos desde las consecuencias pragmáticas de su doctrina–: John Locke.

“Estado de naturaleza” se llama la ficción sobre la que se asienta la argumentación lockeana: el mundo es un gran mercado sin Estado, en el que los “hombres industriosos” generan riqueza a partir de la explotación de la tierra. Es el esfuerzo individual el que justifica la propiedad privada y es la acumulación un signo del buen uso de la razón: ser rico será, desde entonces hasta nuestros días, un premio al mérito; ser pobre será, por el contrario, un signo no sólo de debilidad, sino de peligro para quienes respetaron y cumplieron las “leyes naturales” que, según esta doctrina, serán las “del mercado”.

Qué edificante es la fábula lockeana: “Dios entregó al género humano la naturaleza como su propiedad”, aunque “cada hombre es propietario de su persona, el trabajo de su cuerpo y la labor de sus manos”. En virtud de la articulación entre razón y voluntad de poder, asistimos al origen y justificación del núcleo de eso que será una marca del capitalismo contemporáneo: “aunque el agua que mana de la fuente es de todos, sin embargo nadie pondrá en duda que la que está en la jarra es de aquel que se molestó en llenarla”. Se trata, nada más y nada menos, que de la apología del egoísmo en el surgimiento de la propiedad privada. Claro que el mito del liberalismo nunca explicita el origen del acceso a la tierra que, desde el proceso de “cercamientos” en Inglaterra hasta la conformación del Estado moderno en nuestra patria, suele estar marcado por la sangre y el fuego de los, en apariencia, esforzados y racionales hombres de negocios.

Si la obra de Domingo Sarmiento ofició como telón de fondo sobre el que se montaría el clivaje ideológico que aún define al pensamiento de nuestras élites dirigentes (civilización o barbarie), la obra de Locke es catecismo –aun hoy– de los sectores dominantes en el marco del capitalismo financiero (y más aun en una economía agroexportadora como la argentina).

Sin embargo, Locke no se contentó con su “aporte” teórico y, como el pensamiento nunca sacia la voracidad del bolsillo, elaboró –era usual en esa época en Inglaterra– un proyecto de ley para terminar con la pobreza. Allí afirmaba que un pobre “sano” es alguien que, básicamente, es un vago que declara vivir con otra razón que la del género humano (léase los buenos burgueses y propietarios); por eso mismo, era necesario encarcelar y someter a trabajo esclavo, hasta su reeducación, a esas “amenazas del orden social”. La “mano invisible” del mercado y la excesiva acumulación desigual de la riqueza se encargarían de aplicar de hecho aquello que proponían esas ordenanzas.

“Toda sociedad que necesita organizarse debe reposar sobre una metáfora”, escribió alguna vez David Viñas. La realidad de la vacunación es condición necesaria pero no suficiente para salir de la larga noche de dolor que nubla nuestro pueblo. Se necesita también de la tarea, ya no sanitaria sino política, que reconfigure el presente y atienda definitivamente las necesidades de los y las que sufren la exclusión. Hasta ahora las abejas no terminaron con el hambre. Es tarea nuestra reconstruir un horizonte de emancipación.

2021-07-19T23:42:10+00:00 19 julio, 2021|II, Opinión|