Precipitaciones

Por Eusebio Camino

La historia que voy a contar es verídica.

En lo personal soy un hombre solitario, con largos tiempos muertos… producto de la desocupación imperante. Como no tengo a nadie a quien mantener, excepto a mi perro, gasto la indemnización en los bares, tomando café y escuchando conversaciones de otras mesas.

En la mesa de al lado, una pareja hablaba, discutía; se tomaban las manos, se las soltaban; él le juraba amor, ella le reprochaba hechos de un  pasado reciente.

La mujer, hermosa, de pelo negro lacio, ojos claros y tez blanca; demostraba menos de treinta años. El hombre con barba de varios días, canosa como su cabello, no tendría más de cuarenta y cinco mal llevados.

Trabajaban en la ANSES, y la charla iba de ceses y superpoblación de personal, producto de un gobierno populista que había metido militantes y simpatizantes a rolete, decía ella.

Claudio, el canoso, retrucaba que eran recetas del Fondo Monetario Internacional, el asunto de la inminente reducción de personal y el asalto al Fondo de Garantía de los jubilados.

– Vos sos un fanático K.

-Soy un laburante, sencillamente. Y que sea K no me impide ser crítico con propios y extraños.

Hicieron silencio por un instante. Claudio intentó tomarle las manos que yacían sobre la mesa, Virna las retiró suavemente. Él no insistió y dijo: vamos. Se fueron.

Apuré mi café, que estaba casi frío, y salí tras ellos. Caminaban a la par pero sueltos. Subieron al auto del hombre y el portazo de la muchacha sonó como su ánimo.

Fueron varios los días que concurrieron al bar, hasta que Virna no vino.

Claudio, solo, tamborileaba sobre la mesa como quien espera a alguien que se retrasó.

Para entrar en conversación le alcancé el Clarín que me prestó el mozo. Cuando lo vio me agradeció y con una sonrisa triste me dijo vade retro, asentí y me levanté a dejar el diario en el mostrador. Desde allí le pregunté si tomaba café, yo invitaba. Luego de los cumplidos, aceptó. Le pedí permiso y me senté a su mesa.

-Hoy no va a venir.- dijo

– No entiendo.

– Que ella no va a venir. ¿Sabe por qué?

-No.

– Porque apareció como aportante trucha en la lista del partido gobernante, y se deprimió. Aunque lo que más le dolió es tener que dar el brazo a torcer: no lo soporta.

-¿La ama?

-No sé. Su manera de pensar la política es un asco. Pero es tan hermosa. Usted la vio.

– Con todo respeto es muy linda y joven.

– Creo que se equivocó.

– A la hora de votar.

-No, a la hora de aceptarme. A la de votar, también.

Le dije que no exagere por la aceptación y le propuse que la convoque y hablemos los tres.

-Mire, Claudio, creo que esa chica, siendo tan linda, no puede apoyar al partido gobernante. Ellas son todas feas. Fíjese: la Ministra de Seguridad, la de la Oficina Anticorrupción, la Gobernadora, otra que quiere ser Intendenta de Avellaneda, la que va más a la tele que a la Cámara de Diputados, la Vice, etc.  Su amiga… se llama…

-Virna.

– Virna, de a poco y con paciencia, entenderá que le mienten y que su lugar debe estar donde están las mujeres hermosas como ella, y no me refiero sólo a lo físico.

– Usted…

– Ferreyra.

– Bueno, Ferreyra. ¿Delira, me carga o habla en serio?

– En serio. Páseme el celu de Virna que la convoco.

– Está en pedo.

– No tomo, salvo en ocasiones que ameriten. Hablo en serio. Quién le dice que matamos dos pájaros de un tiro: la convencemos de que abandone esas ideas peregrinas y usted la puede amar como a las compañeras: apasionadamente. Diga que sí.

– ¿No será servicio usted?- se alarmó Claudio.

– ¿No será boludo usted?

– Disculpe. Anote el número de celular de ella- y anoté.

El hombre se quedó en silencio, pensativo. De pronto propuso:

-Présteme su celular porque si llamo del mío no me va a atender- se lo pasé y noté que le temblaban las manos.

Me hizo una seña de que iba a hablar en la vereda. Miré hacia otro lado para no ver a Claudio rogando desde mi celular. En menos de cinco minutos entró: su cara se había iluminado.

– Después de hacerme montones de preguntas sobre usted, la convencí diciéndole que era un tío al que hacía tiempo que no veía, y que quería presentárselo porque es un copado. Finalmente, dijo que vayamos a la casa. ¿Usted puede?

-¿Cuándo?

– Ahora mismo. Vive en Quilmes.

– Dele, vamos.

Hablamos poco en el viaje. Sin embargo, me contó que Virna vive con la madre; que la madre es una mujer hermosa y peronista; que tiene unos cincuenta y cinco años pero que parece mucho menos, y que es parecida a Virna.

El frente de la casa era de clase media, un chalecito bien puesto producto de años mejores.

Cuando Virna abrió la puerta, tuve que darle un empujoncito a mi compañero para que pase.

Un perro correcto nos hacía fiestas pero sin pararse en dos patas ni babear pantalones.

Virna se mostró muy amable conmigo. De una habitación salió su madre. Una mujer realmente muy bella, con el cabello cobrizo y una forma de peinarlo que me hizo recordar a alguien que yo sé. Para completarla tenía la voz ronquita e inquietante.

Nos invitaron a sentarnos y tomamos té. La madre pidió permiso y prendió un cigarrillo.

Me miró detenidamente y sonrió.

-Qué atmósfera setentista o sesentista -y siguió mirándome.

– ¿Por qué lo decís?

-Por vos…

-Ferreyra me llamo.

– Tenés apellido de cana, de onda. Decime tu nombre.

– Juan Domingo, te juro.

– Yo Cristina, te juro.

Esa mujer me inquietó desde que la mencionó Claudio, y ahora delante de ella estaba acoquinado.

Caí en la cuenta de que no había quedado ni el perro, Virna y Claudio desaparecieron como por arte de magia. Cristina se dio cuenta de mi descubrimiento.

-No te hagas problema, se fueron a la habitación de mi hija. Tienen que charlar. Tu  sobrino me gusta mucho para Virna.

-Ah… que sea para bien, entonces. Es un buen muchacho.

Silencio.

Me animé a sacar cigarrillos y convidarle. Aceptó, y ante mi sorpresa, con pericia, me echó el humo en la cara.

-¿A qué te dedicás?

-A ser desocupado. Me despidieron por cuestiones ideológicas, me avisaron por whatsapp, con palabras como reestructuración.

-Hijos de puta. Tiempo al tiempo, Juan. Ya se va a dar vuelta la tortilla.

-¿Y vos qué hacés?

-Soy socióloga, y hago trabajos para la UNESCO. Sobrevivo. Pero no tengo ganas de hablar de laburo.

– De acuerdo.

– ¿Querés que piquemos algo y lo acompañamos con un merlot?

-No quisiera molestar, Cristina.

– Ya estás molestando -y largó una carcajada justa, de mujer fina, no tilinga.- Acompañame a la cocina que la preparamos entre los dos.

– Hecho.

En la cocina sacó cosas ricas y me extendió la botella de vino y un sacacorchos. Al intentar abrirla, con fuerza exagerada, le salpiqué su blusa blanca. No paraba de pedirle perdón, y ella se rió mientras me hacía la señal de la cruz con una gota de vino.

Se escuchó un gemido de placer. Evidentemente, Virna la estaba pasando bien con Claudio.

Cristina, me miró y sonrió.

-Termino rápido de preparar la picada y vamos arriba que desde allá no se escuchan los sonidos del amor.

-Ahá -dije sonriendo.

La picada estaba lista y me ofrecí a llevar la bandeja con unos cuantos platitos en ella. La mujer llevaba el vino y las copas. Subió delante de mí y no pude evitar mirarle su andar firme y contorneante. Ahí me tropecé, se me cayeron los platitos, le manché la calza negra y los zapatos. Hubiese querido irme.

Cristina se agachó y levantó los ingredientes; yo mantenía la bandeja inmóvil.

-No te hagas problema, Juan, ahora me saco la ropa y vos la lavás por torpe.

– Creo que soy un pelotudo. Perdón otra vez.

En su cuarto estaban los retratos de Perón y Evita,  de Néstor y Cristina, más un tercero: El Grito de  Eduard Münch.

-Lo puse cuando ganó Macri. Me sentí como el tipo del cuadro gritando de impotencia, desesperadamente sola.

-Es una de las pinturas de mi vida. Siempre me sentí identificado. Además representa al ser sensible e incomprendido de nuestro tiempo.

-¿Te sentís incomprendido?

-A veces… seis o siete veces por día. Jajajaja- Ella también rió con ganas.

Comimos y bebimos hasta terminar el merlot. Ella se sacó los zapatos y se tiró en la cama. Me invitó a hacer lo mismo. Lo hice. Pude percibir un perfume de esos que conviven en el alma para siempre junto a la mujer que lo usa.

-Juan -se apoyó sobre un codo y me miró de cerca- correspondería que nos besemos –aunque hoy no; pero el sábado Virna no está y puedo cocinar algo. Eso sí: el vino lo elegís vos.

Intenté besarla y ella puso una mano suave sobre mis labios.

-El sábado, Juan, el sábado.

Acepté como un caballero y el sábado sería esperado como la vuelta a la Casa Rosada de la que yo sé.

Propuse irme. Ella me abrazó, nos calzamos y lentamente bajamos las escaleras hacia la salida. Cerca de la habitación de Virna, se escuchaba el traqueteo de una fábrica de orgasmos. Y la pareja gritaba como en el medio del desierto.

-Decilo, mi amor, decilo -vociferaba Claudio con voz alterada por el placer, e insistía- decilo, mi amor. ¡Ahora!

-¡Viva Perón, carajo! – finalmente gritó Virna en pleno éxtasis.

Cristina me volvió a abrazar en la puerta de calle y me dijo susurrante al oído:

-Viva La Jefa…

-Viva –respondí.

-Adiós, buen mozo.

-Adiós, señora.

Y me fui esperando el sábado, esperando fundamentalmente volver a Cristina.

2018-09-24T10:34:30+00:00 24 septiembre, 2018|Humor, III|