Las cartas sobre la mesa

Por Luciana Glezer
@lucianaglezer

El martes pasado, Julie y Luis se despidieron del territorio nacional pero se llevaron a la Argentina en la cabeza. Ella es la número dos del Departamento del Hemisferio Occidental del Fondo Monetario Internacional que encabeza Alejandro Werner. Luis es Cubeddu, el venezolano a cargo del caso argentino, que entró como relevo de Roberto Cardarelli.

La purga que atravesó el organismo luego de la salida de Christine Lagarde se cobró más que un par de cabezas. Entonces, urgió el cambio de rostros. Sacrificio del individuo por la supervivencia de la especie. Dada una eventual caída de la Argentina, el costo a pagar por el organismo pondría en juego su propia existencia.

Es por eso que con caras nuevas pero el mismo miércoles, el organismo emitió un comunicado: “La deuda argentina es insostenible, política y económicamente”.

La lectura quizá sea más tardía que novedosa. O ninguna de las dos. Es pregunta. Porque si bien, por un lado, no resulta para nada forzado linkear el planteo sobre el carácter político de la sostenibilidad de la deuda con la columna de opinión publicada esta semana por la titular del fondo, Kristalina Georgieva, donde expresa sin referirse al caso argentino la necesidad de reformular las exigencias respecto a las economías emergentes; por otro lado, la sensación de estar sentado en la mesa de un Fondo renovado se diluye al constatar que no se trata de nada que no se haya visto antes. Domingo Cavallo en los 90′ o Mauricio Macri hace un par de años pregonaron en su momento estar ante un FMI renovado. Y mucho del sentido que manifiesta la institución multilateral de crédito en estos días viene de la doctrina Krueger, cuando al inicio de los 2000, la entonces titular del organismo Anne Krueguer, diseño un mecanismo de restructuración de deudas soberanas cuya única finalidad era que el FMI no resulte rescatista de los acreedores privados. Para Krueger, una economista ortodoxa si la hay, es inmoral e injusto que los inversores privados sean rescatados por la arquitectura financiera internacional

Desde el Gobierno nacional, entienden que estos pronunciamientos muestran un FMI subido al plan de Martín Guzmán, incluso respecto a la medida más específica del ministro, tal como fue expuesta en el Congreso, acerca de patear el superávit fiscal para dentro de 4 años. En las antípodas, Caludio Loser, ex director del organismo, afirma que el Fondo se encuentra muy lejos de abandonar su posición fiscalista. “No dice en ninguna parte que avala el plan de Guzmán en su totalidad”, advierte. El economista da por hecho que, de haber acuerdo, va a exigir ajuste. “Kristalina Georgieva está reinventando la rueda”, concluye Loser.

En julio de 2019, cuando Argentina pedía la cuarta revisión del acuerdo, el FMI insistía en que la deuda era sostenible – aunque con poca probabilidad- a habidas cuentas de que ninguno de los supuestos incluidos en el acuerdo stand by 2018 se cumplieron. Stand by significa que los desembolsos están sujetos al cumplimiento de ciertas variables macroeconómicas, como la inflación, el crecimiento o el nivel de actividad. La Argentina de Mauricio Macri pidió perdón reiteradas veces por no llegar a estas metas. El FMI lo perdonó.

A esto apuntó el Ejecutivo nacional con el comunicado que distribuyó el Ministerio de Economía, minutos después de conocida la mirada del Fondo. “Se revisaron los supuestos en los que se basó el programa macroeconómico incluido en el acuerdo stand-by de 2018, con el propósito de profundizar el entendimiento mutuo sobre los fundamentos y las premisas en las que se basa el plan que está implementando el Gobierno nacional”, dice el texto.

El diálogo entre el país y el organismo multilateral de crédito deja en claro que la que queda es “nada como ir juntos a la par”. La relación otorga cierta potencia para sentarse frente a los bonistas. Pero que los debilite no quiere decir que sean débiles. Respecto a los vencimientos, el problema más urgente no es el FMI porque la mayor carga para con los prestamistas de 44 mil millones dólares a Cambiemos se concentra entre 2023 y 2024, cuando hay que saldar 20 mil millones de dólares. Y mientras que la deuda bruta supera los 300 mil millones, los pasivos a reestructurar trepan a 220.700 millones: 87 mil millones en bonos bajo ley local; 67 mil millones en títulos bajo ley extranjera; 44 mil millones –como se dijo arriba- a cuenta del FMI; 20600 millones en letras del Tesoro y 2100 millones al Club de París.

Fidelity y Blackrock, poseedores de una porción importante de la deuda soberana, ya se agruparon con otros bonistas para tener capacidad de veto. Ambos bloquearon el canje de los bonos BP21 al gobernador Axel Kicillof y el bono dual a Guzmán la semana pasada.

La oferta con quita que se les va a presentar a los bonistas se va a conocer pasada la primera semana de marzo. A todas luces, el Gobierno ya calculó a cuánto asciende la merma que va a solicitar a los acreedores. El FMI también, y sobre esto, no caben dudas, avala.

En tanto, Guzmán se encuentra en Arabia Saudita, en el marco de la cumbre de ministros de Economía de los países miembros del G20, para cosechar apoyos. Allí se van a concentrar en dos reuniones bilaterales de suma importancia. Por una parte, con la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva; y por otra, con Steve Mnuchin, secretario del Tesoro norteamericano. Antes de regresar, el ministro pasará por Washington para empezar a escribir con el Fondo la letra chica del acuerdo. Cartas echadas que todavía no cayeron sobre la mesa.

2020-03-09T19:16:13+00:00 21 febrero, 2020|Economía, II|