Virus

Federico Palmieri
@Fede_Palmieri_

Foto: Robert Doisneau

Hay un virus que viene desde lejos. Habla otro idioma, pero lo entendemos. Tiene otros ojos, pero igual nos mira. Tiene una piel distinta a la nuestra pero tampoco puede resistirse al tacto descuidado de tus manos.

Hay un virus que cala en lo más profundo de tu aire hasta achicarte tanto el pecho que ya no hay lugar para tu alma. Es incoloro, inodoro e insípido. Es el beso desenamorado del azar que llega para mostrarte que no hacías bien ni lo más simple. Te conoce todos los rincones a vos, que no tenías registro de tu ignorancia.

Este virus se queda en la superficie de las cosas. Planta su bandera donde cae. No le importa si esa tierra era de o para otro. Se instala y vive mucho más de lo que quisieras. Podés matarlo cuantas veces quieras pero siempre va a haber un descuido, una picazón que te haga tocar donde no se debe sin haber tomado antes todas las precauciones. Por eso espera en los altillos vacíos del automatismo.

Tiene la capacidad de generar efectos parecidos a los de las drogas duras. Te vuelve adicto y dependiente. Te asusta y te hace acordar de la vida. Inocula la mentira del autocontrol, que cuando quieras lo podés cortar de raíz, dejarlo ahí y seguir tu camino como si ninguna de las emociones previas hubiera tenido sentido o sido cierta. Te pone a pensar en estadísticas. Hace que te sientas intocable o te manda a llorar al rincón en la madrugada de un día de semana.

Algunos hasta creen que si te mirás fijo a los ojos con alguien durante 5 minutos, el contagio es inexorable. No importa si es un desconocido. Y muchos de esos escapan hacia una vida plana, despojada de miedo y de comodidades. Pero no entienden que no existe irse de uno para seguir siendo el mismo ni que las ventanas que dan a otros paisajes a veces cuelan oscuridades con la luz.

En algunos países lo pasan por alto. Dicen que no es nada más que otro invento de esos que siempre tienen ganas de quemarte la cabeza con algo para distraerte de lo que realmente importa: vos mismo. Otros, en cambio, pretenden que todos los que puedan se lo agarren para que los cuerpos logren reconocerlo. Como si no fuese posible algo de la vida sin haber estado ahí. Como si la experiencia no fuera a ser completa.

Por suerte descubrieron que al final no se contagiaba por el aire. Feo el miedo de agarrártelo porque alguien te respira demasiado cerca. Te quiero, sí. Pero todo lo lejos que pueda. ¿Estás seguro de que esta sea una distancia prudencial?

Cuando tenés tiempo, hacés el esfuerzo. Querés recordar cuándo fue la última vez que le tuviste tanto miedo a la calle, a los que se parecen a vos en casi todo. Ya ni pensás en los perros que no tienen dueño. Tampoco en esa cuadra oscura que tenés cuando bajás del colectivo. ¿Te acordás del colectivo? Adjetivo de origen latín, dice Wikipedia. Propio de o relativo a un grupo humano organizado, dice Wikipedia. Ahí donde todo está dado para el contagio. El condimento de tu parte más desabrida. Donde querés estar y no te dejan. Donde vas a tener miedo de volver.

2020-03-31T15:24:18+00:00 31 marzo, 2020|Cultura, II|