Triste, solitario y final

Por Ernesto Elbaui
@ernesto_elbaui

Reseña de la película sobre el autor de “La broma infinita” y el periodista David Lipsky. Disponible en Netflix, la pieza narra el encuentro que mantuvo el reportero de la revista Rolling Stone con el descomunal escritor estadounidense, con actuaciones de Jason Segel y Jesse Eisenberg.

No conozco ningún argentino -entre los que me incluyo- que haya leído “Infinite jest” -La broma infinita- de Dave Foster Wallace, novela de 1079 páginas editada en febrero del año 1996. De su autor -interpretado por Jason Segel-, un muchacho que se suicidó a los 46 años ahorcándose, y una entrevista de tres días que le hiciera David Lipsky -interpretado por Jesse Eisenberg-, también escritor y por entonces periodista de la revista Rolling Stone, trata la película -no estrenada en las salas argentinas pero que se puede ver en Netflix-.

La historia empieza con la noticia del suicido. Alguien llama por teléfono a Lipsky para avisarle y él se pone a buscar las cintas de dicha entrevista -que por motivos de agenda nunca vio la luz- y así salta a 1996, cuando Lipsky está presentando su libro ante una audiencia escasa y somnolienta.

Al volver a casa y dar con una reseña fabulosa sobre la obra de Wallace junto a su novia, y después de leer la novela, Lipsky convence a los popes de Rolling Stone para viajar a Bloomington, Illinios, donde vive Wallace, con la intención de entrevistarlo en lo que sería el fin de la gira de presentación del libro.

Y el espectador que, como muchos, no tiene idea de -a pesar de los años que han transcurrido desde aquel entonces y con tanta información dando vueltas- quién es este muchacho que ha escrito una de las últimas grandes novelas americanas, se sorprende tanto como lo hace el personaje de Lipsky al llegar a la casa de la estrella naciente de las letras. Una especie de recluso a lo Thomas Pynchon, que vive con sus dos perros en una más que modesta casa en el medio del estado de Illinios, bajo la nieve del crudo invierno y alejado de cualquier luz que pueda emanar de alguna de las ciudades más coquetas de Estados Unidos.

A partir de ahí todo tiene que ver con la relación entre ellos dos, dos egomaníacos -quizás como todos los escritores-, con la salvedad de que Lipsky está completamente fascinado con Wallace, algo que no es recíproco, por decirlo de alguna manera. Así y todo, la película describe a Wallace como un tipo contradictorio, extremadamente tímido, inseguro, pero no por eso menos brillante. Fan de Alanis Morisette –recuérdese que “Jagged Little pill”, el disco que la catapultó a la fama, es de 1995-, con una bandana en la cabeza y siempre vestido igual, algo grunge, con camisas a cuadros y remeras de colores, y alguien a quien le gusta ir a bailar música pegadiza de los setentas a una Iglesia Baptista.

También hay lugar para la fricción, que viene de la mano de las mujeres. Una llamada telefónica por insistencia de Wallace a la novia de Lipsky -que también está fascinada con el autor- y una especie de flirteo de Lipsky con una ex de Wallace. Esto lleva a una de las mejores escenas de la película, cuando se sientan en el auto, solos, de vuelta de Minneapolis -última parada de la gira-, y tienen que manejar el trayecto que los separa desde el aeropuerto hasta Bloomington. Es ahí donde Lipsky intenta llegar al fondo de Wallace, un tipo inaccesible del que nunca se sabe qué es lo que en verdad siente. Y una vez en la casa, y por insistencia de sus jefes de la Rolling Stone, Lipsky le pregunta a Wallace qué hay de cierto acerca de su supuesta adicción a la heroína -esa cosa tan gringa y su fascinación por las adicciones-. Algo ofuscado ya, Wallace le dice que su mayor adicción siempre ha sido la TV, que si bien tuvo un período de abuso del alcohol, nada tuvo que ver con la idea romántica del escritor alcohólico, y que nunca consumió heroína.

Esa última noche, con Lipsky ya en la cama, Wallace se acerca a la habitación y le dice quizás una de las líneas más importantes de la película en lo que respecta al sentir del personaje. La mañana siguiente, con los ánimos calmos ya, Lipsky le entrega una copia de su libro a Wallace, quien promete leerlo y enviarle “algunas notas” -algo que nunca sucedería-. Antes de despedirse, Wallace le dice a Lipsky: “No estoy tan seguro de que quieras ser yo”, a lo que el interlocutor responde, “No, no quiero”.

2018-08-27T18:17:32+00:00 27 agosto, 2018|Cultura, III|