Para no comerse cualquiera

Por Miranda Carrete
@MiriCarrete

Ante el aumento indiscriminado de precios, desde la clase trabajadora emergen iniciativas para responder a una necesidad básica que pareciera quedar por fuera de la puja política: alimentarse de forma sana.

Foto: Mariano Campetella

A pesar de las medidas lanzadas por el gobierno para contener la inflación, la pandemia, la crisis económica y la falta de acompañamiento de estas políticas en el mundo empresario presionan y aumentan la tensión entre precios e ingresos de los sectores populares. Comer también es una forma de cuidado de lxs nuestrxs, es un momento de encuentro, es una necesidad básica. En este contexto, organizaciones, cooperativas, profesionales de la salud y cocinerxs autodidactas intentan facilitar esta tarea proponiendo alternativas a las góndolas del supermercado.

Pablo y Jenny forman parte de Qué comés cuando comés, una cooperativa que hoy da trabajo a más de 20 personas. Nació a partir de un taller en el que buscaban estrategias para comer bien y generar acciones que cuestionen las formas de producción y consumo. Gracias a esa experiencia, en 2018 un grupo de vecinxs del barrio de Balvanera (CABA) comenzó a organizarse para acceder a alimentos agroecológicos. Así surgió la cooperativa de distribución e hicieron alianzas con pequeños productores de todo el país, para evitar intermediarios, aumentos de precios y productos con agrotóxicos.

Para lxs integrantes de la cooperativa, tenemos el derecho a saber qué contienen los alimentos que llegan a nuestra mesa. “Las multinacionales de la industria alimentaria se enriquecen ocultando esta información y las consecuencias que trae para nuestra salud”, cuenta Pablo, y grafica: “Argentina tiene una producción orgánica (que no utiliza insumos químicos o venenosos) y agroecológica (sustentable, con un mayor equilibrio ambiental y cuidado de la tierra) que básicamente no está dedicada al mercado interno sino que es todo exportación a Estados Unidos, Canadá o la Unión Europea”. En ese sentido, afirma que esta situación es una constante por cómo se formó la clase dominante local: “como obtienen mejores precios en el mercado externo que en el interno, priorizan eso”, asegura. Este sistema genera, a su criterio, “una deformación muy grande de la economía argentina, los precios de los alimentos dentro del país están dolarizados, pero los salarios no”.

Según el Instituto de Investigación Orgánica, las tierras de ese tipo de cultivo en el mundo superan las 72.3 millones de hectáreas. El Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (SENASA) estima que Argentina destinaba hasta el año pasado 4,4 millones, siendo el segundo país con mayor producción en el mundo. Al respecto, detalla que de las 132.000 toneladas generadas en 2020 la exportación absorbió el 97% del total. Sin embargo, y a pesar de los beneficios, no se pondera este tipo de producción para el mercado interno. “Por ahora hay iniciativas desperdigadas a nivel nacional, este gobierno cuenta con funcionarios que tienen que ver con este ámbito, pero aún no vemos el impacto real que se necesitaría en función de lo comprometida que está la producción con el uso masivo de agrotóxicos”, comenta Pablo.

Los pájaros revolotean en una de las quintas de La Plata donde Jenny trabaja y recibe a Kamchatka. En la conversación, reconoce que le falta información para poder hacer un cambio hacia una mejor alimentación:lo accesible, lo que tenemos a mano es comer industrializado, faltan políticas en ese sentido”. “Por un lado algunas iniciativas de apoyo a lo orgánico y a este modelo agroecológico pero, por otro, la economía se basa en los paquetes tecnológicos que usan agroquímicos”, amplía antes de ilustrar didácticamente: “el paquete tecnológico resuelve, sin embargo hay un costo en la salud que no llegamos a dimensionar”. Sobre ese punto, Pablo añade que “hace falta un desarrollo de escala del sector para poder resolver cosas”. Desde la cooperativa tienen “la voluntad de mejorar los valores y hacer que este tipo de alimentación sea accesible para todes”.

A los precios y salarios bajos, se suma la velocidad y la inmediatez con la que se vive en las grandes urbes. La necesidad de solucionar rápido hace que, en muchos casos, lxs trabajadorxs ni siquiera se detengan para comer. “Lo que más aparece en la clínica y en el consultorio es la ansiedad que hay en relación a la comida y el vínculo que se construye desde un lugar de ausencia, de culpa, de sobreinformación. Esto genera confusión y la gente termina comiendo rápido, pidiendo delivery y, dependiendo de la clase social, podemos entrar en los privilegios de ayunar por elección o comprar alimentos de moda caros o encontrarnos con la falta de un plato de comida en la mesa”, indica Gisela Baiardo, nutricionista y artista. Para ella, es necesario avanzar con la Ley de Etiquetado frontal, un proyecto que permite saber qué comemos, empodera al consumidor al otorgar información y fomenta cambios en los patrones de producción. “Hacen falta regulaciones, límites y una bajada nutricional sencilla y simple que comprenda la población en un país donde abundan los granos, donde abundan las legumbres”, dice, y asevera: “El Estado tiene que intervenir para regular a las multinacionales salvajes que arrasan y van por todo, desde lo ultra procesado hasta ahora una propuesta vegana, porque la industria se está metiendo ahí también para llegar a toda la población desde el alimento más barato al más caro”.

Sobre este aspecto, Paz Del Percio, estudiante de Nutrición, escritora e influencer, expresa que “estaría bueno que existan programas y planes de concientización y educación, con gente piola que tenga llegada. No un folleto sino discutir con referentes para lxs adultxs y pibxs”. Por su experiencia en muchos establecimientos públicos como escuelas y hospitales en la Ciudad de Buenos Aires, entiende que “llega comida que no tiene un gran valor nutricional, que ni siquiera es rica. Desde el gobierno, sea cual sea la bandera política, deberían ocuparse de eso y garantizar el acceso de todes a una alimentación saludable porque reduce el gasto en salud pública al prevenir un montón de enfermedades”.  

Al cierre de esta nota, en el Mercado Central de la Provincia de Buenos Aires se producía un bloqueo a la gestión de Nahuel Levaggi, integrante de la Unión de los Trabajadores de la Tierra (UTT), una organización integrada por campesinos y campesinas de todo el país que promueve la producción agroecológica y que, desde la asunción de Alberto Fernández, cumple un rol primordial para que este debate se dé también dentro del oficialismo. Pablo concede que “tocar intereses económicos de esta magnitud implica lamentablemente este tipo de ataques, ya lo vimos hace unas semanas en una nota de Telenoche Investiga (TN) en la que comenzaron a atacar a Nahuel y hoy hay un bloqueo”, y agrega que “hace falta una decisión política enorme y sostenida en el tiempo para ir cambiando de modelo”

Por lo demás, el aumento de precios genera consecuencias directas. “Cambiaron muchísimo los valores de lo que nosotros producimos y en este momento es prácticamente imposible llegar a la línea de flotación”, enfatiza Pablo. Desde su perspectiva, los alimentos “no son baratos en relación al poder adquisitivo que tiene una persona hoy”. “Pero lo que producimos no llega a cubrir todo, hay un desbarajuste que tiene que ver con el impacto que ha tenido la pandemia”, admite.

La nutrición es política

“Yo trabajo para que la persona escuche lo que necesita, que se descubra en su potencia y que, a su tiempo, vaya descubriendo todo lo que tiene para integrar. Lo que hago es escuchar y dar información para poder empoderarnos y ser soberanos en la toma de decisiones”, explica Gisela. La nutricionista hace hincapié en la importancia de que ese pequeño hábito que va dejando remanentes también esté ligado al placer: “ningún proceso que no esté ligado al placer es sostenible en el tiempo”.

En esa línea, Del Percio subraya que “la alimentación es disfrute y autocuidado, y en cuanto una de las dos se pierde de vista, deja de funcionar. La comida no es un medicamento. Es un momento, es compartir, es cultura y esa dimensión es muy importante”. En su cuenta de Instaram (@samuraideensaladas) comparte recetas y facilita consejos para acercarnos a una alimentación saludable. “Promuevo y creo en una alimentación basada en plantas, legumbres, verduras, cereales, frutas, granos, semillas, frutos secos, y todo eso. Me parece que no ir al supermercado es algo posible. Incluso aunque incorpores alimentos de origen animal, también está bueno elegir fuentes más saludables. Me encantaría que se fomente la compra en locales de barrio, porque esa decisión juega un lindo rol en el manejo de la economía, los precios y el trabajo”, argumenta.

En tanto, Gisela utiliza las redes con objetivos similares. “Lo que subo tiene que ver con las dificultades que encuentro, como por ejemplo: ‘no tengo tiempo para cocinar, no sé hacerlo, no tengo idea’. Me gusta que estimulen la creatividad y también que vean que es sencillo. Quiero transmitir esta sencillez: mira lo que podés hacer con dos ingredientes que tenes en casa”, ilustra.

Paz gestiona una cuenta con más de 140 mil seguidores y elige la cocina como un canal de comunicación porque le divierte. “Nadie zafa de tener que cocinar, salvo que seas millonario. Entonces lo voy a hacer de una manera informada, consciente, divertida, económica y voy a compartir esa data”, anuncia, e insiste en que la cocina es una forma de cuidado: “comparto con mis seguidores consejos, estrategias y recetas para que coman más saludable”.

Según Jenny, que vive y trabaja en una de las quintas platenses, el motor inicial de la cooperativa es que este tipo de alimentación sea más accesible y no tan elitista. También asegura: “una buena parte de nosotros, si no fuera por esto, estaría sin trabajo”. “A mí me gratifica que cada día más vecinxs se sumen, porque me resultó de ese modo: cuando empecé a probar alimentos orgánicos y agroecológicos noté la diferencia, primero en el sabor y luego en el propio cuerpo, y todxs nos merecemos eso”, concluye.

2021-07-19T23:27:36+00:00 19 julio, 2021|Cultura, III|