Nuestros sueños de cuarentena

Por Carlos Romero
@soycarlosromero

El peso del tiempo supuestamente libre para hacer lo que uno presumía que haría en cuanto lo tuviera, y otras cuestiones.

Foto: Mariano Campetella
Idea y producción: Noe Fois y Mariano Campetella

Después de recibir y hacer circular links a páginas de donde bajar libros gratis (bajé muchos), de visitar y saquear Drives con listas de libros en PDF (me llevé todo lo que pude) y de ubicar en mi propia biblioteca física los libros físicos nunca leídos o con potencial de relectura, entendí que no puedo leer en cuarentena. No puedo leer literatura en cuarentena. Leer leer, digo. Por otras razones, sí leo bastante, incluida literatura, pero lo hago con un sentido posterior: leo para hacer algo más con eso; en general, para trabajar. Y la verdad es que así y todo, bajo la exigencia del capital, me cuesta mucho leer. Se me complica entrar en la lectura, asumir el rol, dejar el plano fuera del libro y pasar al plano dentro del libro, empalmar con las líneas y metérmelas por los ojos directo a la mente. Lo simple, lo de toda la vida.

Para el burgués promedio (yo soy uno y ustedes también, no jodamos que no hay tiempo) el confinamiento en el confort de la casa es una de las fantasías que ofrece la propiedad privada. Es el “estar al pedo, haciendo lo que quiero, con mis cosas, con mis tiempos”. En ese plan se suspende todo lo demás y también a todos los demás que, eventualmente, viven con vos. Protegido en tus dominios suburbanos, en la silla sobre el piso de alto tránsito, frente a la luminosidad de la pantalla encendida pero muda, leyendo un librito. La gran vida, ¿no?

Pero en lo que va de cuarentena no pude leer un libro, y eso que antes venía con buen ritmo, alternando lo debido y lo deseado. En estos días de pandemia ni siquiera leí un cuento suelto ni un poemita. Sí releí una novela buenísima de Yuri Herrera, Señales que precederán al fin del mundo (aclaro que no habla de un virus y pienso que tampoco del fin del mundo), pero fue para un trabajo universitario y la leía buscando confirmar algunas ocurrencias. También leí, y con el mismo fin, unos textos fotocopiados o en PDF (el primo digital de la fotocopia). Todas lecturas para otra cosa.

Tampoco escribí literatura. Salvo unos artículos periodísticos sobre política y COVID-19, y algunas líneas de la mencionada bendita monografía (lo disfruto, ojo, no todo son quejas), no escribí nada de nada. Tal vez por eso en estos días me acordé de un poema/trompada de Bukowski (la traducción es mía):

aire y luz y tiempo y espacio

“-sabés, yo tenía una familia, un trabajo, algo
siempre estaba en el
medio
pero ahora
vendí mi casa, encontré este
lugar, un estudio amplio, tendrías que ver el espacio y
la luz.

por primera vez en mi vida voy a tener un lugar y el tiempo para
crear.

no, nene, si vas a crear
vas a crear aunque trabajés
16 horas por día en una mina de carbón
o
vas a crear en una piecita con 3 chicos
mientras estás
desocupado,
vas a crear con parte de tu mente y tu
tu cuerpo
arrancados,
vas a crear ciego
mutilado
demente,
vas a crear con un gato trepando por tu
espalda mientras
la ciudad entera tiembla en terremotos, bombardeos,
inundaciones y fuego.

nene, aire y luz y tiempo y espacio
no tienen nada que ver con esto
y no crean nada,
excepto quizás una vida más larga para encontrar
nuevas excusas.

Creo que los primeros versos y los últimos se pueden adaptar a la cuarentena:

“-sabés, yo tenía una familia, un trabajo, algo
siempre estaba en el
medio
pero ahora
estoy en cuarentena, encontré este
lugar, un estudio amplio, tendrías que ver el espacio y
la luz.

por primera vez en mi vida voy a tener un lugar y el tiempo para
crear.

nene, la cuarentena
no tiene nada que ver con esto
y no crea nada,
excepto quizás una vida más larga para encontrar
nuevas excusas.

Creo que también, relajando la métrica y sin que se entere María Kodama, se podría reversionar el inicio del Poema de los dones: “Nadie rebaje a lágrima o reproche/ esta declaración de la maestría/ de la Cuarentena, que con magnífica ironía/ me dio a la vez los libros y la noche”.

Nunca tuve tantos libros a mano y se supone que nunca tuve tanto tiempo disponible, pero soy yo el que no está disponible. Todo en mí está bajo el encanto de la cuarentena. Un ciervo paralizado por el reflector en medio de la noche. No miro ni escucho programas informativos (me acabo de acordar que mi papá les decía “noticiosos” y a mí me daba gracia) y tampoco me obsesiono con las webs. Y, sin embargo, todo en mí apunta al ojo enfermito de la cuarentena. Es como el año nuevo: ¿quién puede perderse el año nuevo? No es una decisión ni una creencia, como pasa con la Navidad, es una situación. Ahora mismo también me acuerdo de un diálogo de hace mil años. Parece que eso sí lo hago con soltura: recordar. Una vez, hablando con una profesora muy religiosa (fui toda la primaria y la secundaria a un colegio parroquial) y a la que quería mucho, le dije, en serio pero en confianza, que yo no creía en Dios. Quería mostrarle que, aunque agnóstico, podía ser una buena persona. “No creo en Dios”, le dije. Y ella, que tenía un ojo verde y otro azulado, me respondió: “Eso a Dios no le importa”.

La cuarentena es un trabajo rutinario y no muy exigente, pero es de tiempo completo, 24×24, full life, sin descansos, aunque sólo se trate de descansar. Algo así debe ser cuidar un galpón con un contenido que a nadie le interesa. No pasa nada pero hay que estar. Y nos lo recuerdan a cada segundo nuestros contactos en las redes sociales que habitan en el telefonito, y nosotros seremos, a su vez, el recordatorio de alguien más.

La cuarentena impuso un impasse, un intermezzo, dirían Deleuze y Guattari. Nos llevó del esquema de una línea entre dos puntos al de un punto entre dos líneas. Por eso resultan insólitas las exigencias y frustraciones que nos venimos y nos vienen imponiendo en estos días. Salvo quienes efectivamente están haciendo algo por contener la situación, el resto sólo nos ocupamos de tolerarnos en nuestra rutina perimetral. Esperar a que termine es lo único que, en concreto, se puede hacer.

El año pasado, una de mis series preferidas en Netflix fue un documental sobre la guerra de Vietnam. Se llama La guerra de Vietnam. Es el tipo de nombre que habla de mucha  seguridad en la calidad del producto, ¿no? Es sumamente recomendable, pero me sería imposible verlo ahora o, mejor dicho, no le encontraría sentido a hacerlo. Se me ocurre que la cuarentena suspendió el sentido de muchas cosas, y mientras más realista la propuesta, más lo hace. No comparte la realidad con nada ni nadie, ni siquiera con otras tragedias y amenazas humanitarias igual de urgentes o letales.

Pero sí sé lo que puedo ver. Un género muy específico que podría llamar “ficciones del pasado”. Relatos sin pretensiones de realismo, elaborados en un pasado que sí es histórico. Necesito que se note que eso que estoy viendo fue la fantasía que una parte de la humanidad tuvo de sí misma en algún momento; que se note lo viejo, lo anticuado, lo perimido, desde la tecnología de filmación y los efectos especiales, hasta las ideas científicas obsoletas y las bajadas de línea del paradigma político de la época. Los prejuicios también son esenciales, en especial, los de género, que por contraste con el proceso feminista actual actúan como testimonio irrefutable del paso del tiempo. El feminismo es hoy la prueba de carbono 14 de las ideas, como el tamaño de los celulares lo es respecto de la tecnología. Este es el único género con el que engaño a mi amo cuarentena, uno por completo desencajado.

Lo que estoy viendo, de forma metódica, es Star Trek, la serie original, también por Netflix. Tres temporadas, de 1966 a 1969, el comienzo de todo, con James T. Kirk, Spock, McCoy, Uhura, Scotty y Sulu. Terminé la segunda temporada, muy satisfecho, por cierto, y arranqué la tercera. La sinopsis de Netflix me parece precisa: “El imperturbable capitán James T. Kirk dirige a la tripulación intergaláctica de la nave Enterprise en esta serie pionera de exploración de las profundidades del espacio”.

En 80 capítulos (un buen número, que ofrece pero no apabulla), la nave Enterprise se dedicará a explorar el espacio desconocido, en pleno siglo XXIII y bajo el paraguas de una Federación Unida de Planetas. Es una especie de ONU de avanzada o de United Colors of Benetton: en la tripulación estable hay un joven ruso muy divertido, de nombre Chekov; una oficial africana, la experta en comunicaciones Uhura; un piloto japonés, Sulu; y el ingeniero escocés Scotty. El capitán Kirk es norteamericano (todo federalismo tiene un límite, ¿no?) y la plana mayor se completan con el doctor “Huesos” McCoy (que encarna la pasión y el temperamento humano) y Spock, mitad humano, mitad vulcano, el brillante y frío oficial científico del Enterprise. Spock, uno de los personajes más populares de Star Trek, es el triunfo de la lógica sobre su propio lado humano.

Les ocurren las cosas más divertidas e insólitas, aunque todo el tiempo están al borde de la muerte, en una mezcla de efectos especiales que hoy, de tan viejos, resultan entretenidos, y unas insostenibles ideas científicas, incluida la posibilidad de que la historia de la humanidad (en su versión occidental) se replique calcada en lejanas civilizaciones extraterrestres. Así y todo, algunos capítulos tranquilamente podrían integrar la oferta de productos como Black Mirror, con la ventaja de que, vistos desde el hoy, carecen de esa asfixiante autopercepción que tienen muchas de las actuales series sobre futuros distópicos. Aunque no suene oportuno, recomiendo el capítulo 23 de la primera temporada: El Apocalipsis.

No deja de ser llamativo que, a pesar de los esfuerzos de Star Trek por proyectar hacia el mañana el estilo de vida americano y su triunfalismo sobre el resto de las culturas (todas las naciones y especies unidas bajo el mano de los Estados Unidos), no pudieron imaginar en esa versión yanqui de la armonía planetaria algún tipo de progreso respecto del rol de las mujeres. El universo se podrá recorrer a velocidad warp, los plato más deliciosos se crearán apretando un botón y la humanidad conocerá a otras civilizaciones, pero las mujeres seguirán siendo estereotipos de un canon de belleza, agentes de pasiones y subordinadas a puestos menores. En ese futuro, el irresistible capitán Kirk no se cansa de seducir mujeres humanoides de todo tipo, con un encanto de galán que no distingue planetas, a la vez que el cerebro infalible de Spock las analizará “científicamente” como más sensibles a las pasiones y al terror. Por lo demás, cada vez que una mujer (invariablemente joven, bella y esbelta) se retire de escena, los hombres presentes se voltearán para verla alejarse.

Es lo único que puedo ver por estos días, mientras recibo prestigiosas y gratificantes propuestas, gratis y recomendadas por gente que valoro. Las pongo en “Mi lista”, para verlas cuando llegue el día después. Lo mismo hago con los libros sin leer, que se acumulan sin ocupar más espacio. A veces, lo admito, miento con descaro y aseguro haber leído algo que ni toqué. Intentaré ponerme al día y lavar mis culpas cuando se termine la cuarentena y vuelva a tener el tiempo que sí tenía cuando no tenía tiempo.

2020-04-04T14:45:08+00:00 4 abril, 2020|Cultura, II|