Lenguaje patas arriba

Por Myriam Pelazas

Si se circunscribiera el problema a lo que sucede al sur del mundo, se podría decir que  en los últimos años es frecuente escuchar cuestionamientos sobre el lenguaje que “naturalmente” se utiliza. En efecto, es común el reconocimiento de que las palabras pueden avalar y/o legitimar la subordinación patriarcal. Ahora bien, ¿qué tan populares, aceptables o irritantes se tornan las operaciones lingüísticas que permiten desandar esos caminos del lenguaje? ¿Cómo expresar sin “trabar” la lectura, sin incomodar la dicción, sin afear el poema? Vaya tema.

El lenguaje se excita

Provoca y calienta, pero también se enfría. ¿Cómo lograr que la lengua recorra todos los pliegues y aceptar que nunca acaban las disquisiciones sobre ella? No es posible, pero es importante no aceptar las rutinas fáciles y frenar las ablaciones sobre el lenguaje, no nos van a quitar ese derecho y placer de expresarnos e incluirnos en el logos.

Los estudios feministas del lenguaje muestran cómo las normas gramaticales tradicionales establecen que lo femenino está subordinado a lo masculino y cómo ello deviene en las determinaciones de las identidades de género. Que eso poco y nada tiene de espontáneo porque hay instituciones de la lengua que deciden en qué escalón colocar lo femenino (Marco 1996: 87), de modo que se vuelve imperioso desterrar la centralidad gramatical de lo masculino para reescribir los diccionarios teniendo en cuenta esta dimensión. He ahí el quid de la cuestión: cómo lograr un consenso que lo haga posible y no sentir que molestamos cuando hablamos doble, cuando arrobamos o acudimos a la “x” y a la “e”.

Para eso, son importantes las acciones que hacen grupos de estudios como el Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género de Filosofía y Letras y el Programa de Actualización en Comunicación, Géneros y Sexualidades de Ciencias Sociales (ambos de la UBA) pero también las de tantos otros de tantas otras universidades en todo el país; así como las de organizaciones como Periodistas de Argentina en Red Por una Comunicación No Sexista y la Red Internacional de Periodistas con Visión de Género, entre tantos otros espacios. Es que esta demanda navega a nivel mundial desde la Conferencia Mundial de la Mujer (Beijing 1995), en donde el tema del lenguaje y los medios se constituyó en un punto importante en la búsqueda de la real equidad entre mujeres y varones.

Desde entonces, se multiplicaron guías para el uso no sexista del lenguaje y se idearon recursos prácticos para fomentar discursos inclusivos.

Por estos pagos

Por ejemplo, algunos organismos estatales utilizan la guía elaborada por una comisión ad hoc de la cámara de Diputados (sic) del Honorable (doble sic) Congreso de la Nación en 2015. En la misma, luego de una muy completa fundamentación, se leen diversas recomendaciones a partir del reconocimiento declarado por la Convención Constitucional de 1994 acerca de que “el lenguaje común universaliza el masculino como patrón para abarcar toda la realidad (y) expresa a través de la lengua el estado de discriminación de la mujer”. Tal guía había surgido como parte de Programa de Modernización implementado desde el año 2012, con el objetivo de generar herramientas que instaran a reflexionar sobre la capacidad inclusiva del lenguaje que se utilizaba y replicaba en ambas cámaras legislativas. En ese marco, se establecía que el lenguaje en sí mismo no es masculino ni femenino, que no es sexista ni excluyente pero que sí puede serlo su uso en tanto, a través suyo, las personas pueden estereotipar y mantener distintos aspectos del mundo androcéntrico en el cual aún nos movemos. En sus fundamentos, la guía establece que el lenguaje que cada quien utiliza no es inocente y que, si el masculino es lo universal, aquello que atañe a las mujeres aparece como subsidiario. Desde sus páginas, en consecuencia, alienta un lenguaje inclusivo que no oculte, ni subordine, ni excluya a ninguno de los géneros y que respete y haga visible a todas las personas, reconociendo la diversidad sexual y de género. Sin dudas, este texto es una colaboración fenomenal porque desde la propia institución se cuestiona el propio hacer legislativo y, por eso, es meritorio que en tiempos de otro tipo de modernizaciones se siga usando. Sin embargo, allí los ejemplos, como en la mayoría de las guías, la mayor parte de las veces reproducen el esquema binario del masculino y del femenino.

Hace unos cuantos años, en calidad de coordinadora el Observatorio de la Discriminación en Radio y Televisión, compartí una mesa de reflexión sobre estos temas con María Elena Naddeo y Diana Maffía, de quien escuché por primera vez el término “ginopia” -que tiene que ver con “la falta de registro de la existencia de un sujeto femenino, la invisibilización de las mujeres (y otros sujetos) que quedan fuera de lo nombrado”-. Yo ya venía reflexionando sobre aquello de que “mujer” es lo “otro” del hombre y acerca de los valores que se comparten y perpetúan a través de la lengua, pero Maffía, ahí, además dijo que “el androcentrismo del lenguaje contiene otras relaciones de poder que tampoco son nombradas, y el problema de género no se termina cambiando el ‘nosotros’ por un ‘nosotros y nosotras’, que también debería abrirse el “albergue lingüístico para travestis, intersexuales y transgéneros que han propuesto la @, la x o el * (nosotr@s, nosotrxs, nosotr*s) para señalar una convivencia de lo masculino y lo femenino en un mismo cuerpo, una incógnita sobre su definición, o incluso una esencial inestabilidad de los cuerpos y los géneros”. Maffía, entonces, afirmaba que las categorías de la sexualidad también deben ser revisadas y que el debate sobre la Ley de Identidad podía ser una oportunidad para ello y asumía que “la batalla por las palabras incorpora nuevos sujetos, nuevas sujetas y otras novedades subjetivas que se resuelven mejor en la gráfica que en el lenguaje oral, pero cuya dificultad no debe hacernos desistir de buscar las formas explícitas de la inclusividad”*.

Dificultades

Seis años más tarde el arroba parece haber pasado de moda y aún hay que luchar, al menos, por la apertura que implicaba el “todos y todas”. Y si cada vez tengo más amigas, amigos, amigues, amigxs, amig*s militantes que defienden a capa y espada diferentes versiones de inclusión discursiva y casi todos se quedan con la “e”, otras cofradías cercanas se paran del lado de la Real Academia Española no por su autoritarismo ni para seguir a pies juntillas sus proposiciones, sino para dar vuelta el lenguaje desde otros aspectos menos reglados que los que proponen las diferentes versiones del lenguaje inclusivo.

En 2012 me conmovió el cierre que hizo Maffía de su exposición. Decía que se vivían “tiempos de incomodidades gramaticales, exabruptos semánticos y reclamos airados por la palabra en primera persona. Son tiempos de derechos humanos”.

Hoy pienso que esas y otras incomodidades continúan latentes. Siendo optimista, pienso que un cuarto de siglo después de Beijing hay cierta oportunidad para llegar a algunos acuerdos más abarcativos. Y también que por este lado sur del mundo los pañuelos verdes traen algunas esperanzas y que el lenguaje tiene que ver también con eso, con ser libre pero también con incluir las disidencias… No es cuestión fácil, porque más allá de los derechos que el colectivo de mujeres y de la diversidad están poniendo en la escena pública, en 2018 yo no puedo terminar este escrito diciendo que asistimos a tiempos de derechos humanos…

Entonces, lo concluyo usando un pedacito de frase de una poeta que se llamaba Flora y a la que llamamos Alejandra: “Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado…” todo queda patas arriba, pero se ve lo poderoso que hay dentro.

 

*Maffía, Diana: Ponencia en Mesa redonda: “Hacia un lenguaje inclusivo. ¿Es posible?”, en las Jornadas de actualización profesional sobre traducción, análisis del discurso, género y lenguaje inclusivo, organizadas por la Universidad de Belgrano el 2 y 3 de agosto de 2012.

2018-05-24T17:31:56+00:00 24 mayo, 2018|Cultura, III|