ENTREVISTA A SERGIO MALDONADO

La vida, después

Por Marina Glezer
@marinaglezer

Sergio está triste. Hace once meses que Santiago, su hermano menor, desapareció en medio de la represión dispuesta por el Gobierno contra una comunidad mapuche y su cuerpo sin vida fue hallado 78 días después. Quiere saber que pasó, ansía la verdad. Historia del desamparo frente a un Estado al que no le importa nada ni nadie pero también del hombre que lucha para que nadie se olvide de su hermano, ahora hermano de tantos otros.

Foto: Rocío Curia

¿Cómo marcha la investigación y cómo estás vos con respecto a esa marcha?
Si yo te dijera que estoy contento, te estaría mintiendo. No estaríamos haciendo una marcha. Pero es lógico en cuanto a los tiempos de la Justicia.

Entendés que el tiempo es lento…
Es lento. Y hay días que verás que no creo en la Justicia, como el día que me tatué (NdR: alude al tatuaje de uno de sus antebrazos, con la figura que simboliza a la representación de la Justicia con la balanza y los ojos vendados). Si yo veo que a principio de año ascienden a Echazú y compañía y le dan domiciliaria a Etchecolatz, no creo más en la Justicia pero después pasa algo y se mueve, y vuelvo a creer. Pero no es que sea bipolar. La Justicia también es algo social, que se va construyendo. Y cada una de las personas, al menos algo que estoy entendiendo ahora, constituye un fragmento de una justicia social, por llamarlo de alguna manera. No sé si Nocetti o Bullrich pueden ir a comprar al supermercado…

¿Hay una condena social?
Claro. A eso me refiero. Más que eso, yo quiero saber qué pasó con Santiago, dónde estuvo los 78 días que estuvo desaparecido.

¿Tenés una teoría propia?
No tengo una teoría propia sino lo que se va marcando de acuerdo a la investigación. No es, como dicen el Estado y los grandes medios, que el kirchnerismo, los zurdos e incluso la familia inventaron un desaparecido para desestabilizar al Gobierno. Yo no quiero desestabilizar a nadie. No me interesa. La teoría que yo tengo es lo que está en el expediente y lo que dicen los testigos: en un operativo ilegal y todos se olvidan de eso. Porque participó la Gendarmería el 31 de julio del 2017 para despejar la ruta, los mapuches y Santiago quedaron dentro de la comunidad. Y ya el 1 de agosto, los gendarmes rompen el candado y entran usando la palabra “flagrancia”. Eso lo había dicho Nocetti en Bariloche: los vamos a agarrar a todos en flagrancia. Eso significa que, cuando vos estás persiguiendo a alguien, te podés meter en la casa. Pero en este caso no había flagrancia porque la ruta había sido despejada. Y en ese operativo, donde les tiran con balas de goma y balas de plomo, cruzan el río y los testigos ven a tres gendarmes que agarran a Santiago y le pegan. No sé cuál habrá sido el grado de lesiones, pero lo cargaron en una camioneta y se lo llevaron. Eso es lo que consta desde el principio y se sigue sosteniendo porque no hubo nada que haya cambiado sobre eso. Todas estas cosas se suman a las irregularidades que vinieron después: que Santiago Maldonado no estaba ahí, que la Gendarmería no entró, no tiró balas de gomas ni de plomo y no había cruzado el río.
Sergio recuerda que él y su otro hermano reconocieron a Santiago en las imágenes de los videos por su forma de caminar y que se presentaron ante el juez para aportar esa prueba pero el magistrado no los recibía. Luego accedieron a un video de la Gendarmería donde se ve que los uniformados prendían fuego las pertenencias de los mapuches, quemando elementos probatorios que servirían a los fines de cualquier allanamiento. “Hay que volver a eso –dice-. Las camionetas del operativo, precintadas, las llevaron al lavadero, los libros de actas están adulterados, celulares sin GPS activado. Todo eso fue una forma de encubrir.

¿Te comunicás con los mapuches? ¿Tenés vínculos con ellos?
No. Porque no los tenía antes tampoco. El hecho de que Santiago haya estado ahí significa que era su lucha. Mi lucha es la de saber qué pasó con Santiago. Él tenía ideales anarquistas, los míos no son anarquistas. A él le gustaba una música y a mí me gusta otra. No tengo por qué ser la voz de Santiago. Soy mi propia voz.

¿Ellos tampoco se acercaron a vos en ningún momento?
Sí, se acercaron pero yo entendía que no estaba por el reclamo de su lucha sino buscando a mi hermano. No puedo hacerme cargo de las banderas de Santiago. Antes de involucrarme en una lucha, necesito saber qué pasó con mi hermano. Y esto no quiere decir que estoy en contra de las banderas de los mapuches pero no puedo salir ahora a levantarlas cuando antes no lo hacía. Tampoco era lo único que hacía Santiago: no era un mapuche ni un promapuche. Era un pibe que cuando fue a estudiar Bellas Artes a La Plata se puso en un comedor para darles de comer a los chicos, por ejemplo. Ayudaba siempre en distintos ámbitos. Participaba de toda lucha que él consideraba justa. Ahora, también entiendo que de parte de la comunidad mapuche deberían haber ido a declarar muchos que estuvieron ahí, diciendo que tenían miedo. Yo los entiendo, porque el mismo Estado que debe protegerlos los acusa y los persigue por otras causas.

El Estado, cuando se da una desaparición forzada, siempre se cuida el culo. Sergio dice que tampoco hay que ser obsecuentes. Evoco la figura de Vanesa Orietta, por el caso Luciano Arruga. “Sí, -retruca Sergio- yo vi algunos videos en los que ella era chica y en la televisión le preguntaban si le parecía que había sido la Policía, dudando de ella, y ella contó que, cuando fue lo de Luciano, la madre se quedó mirando por la ventana 3 años, para ver si volvía el hijo. Eso es lo que te hacen: te aplastan”.

Ese paréntesis

¿Cómo es tu lucha por fuera del esclarecimiento de lo que pasó con Santiago?
Básicamente es eso. A pesar de que me permito, por ahí, hacer cosas que estoy entendiendo ahora: tengo que seguir mi vida.

¿Cómo era tu vida antes?
Nosotros tenemos 16 años de diferencia, con lo cual no compartimos muchas cosas. Lo crié, digamos, pero cuando él tenía 3 años me fui a estudiar y lo veía los fines de semana. Entonces, cuando busco a Santiago, no busco al pibe de 28 años… busco a mi hermanito. Y después, claro, tengo recuerdos de discusiones… mal.

¿Te peleabas porque era rebelde?
Sí, pero los dos. Los dos llegábamos al mismo lugar pero confrontando mucho. Así como yo empiezo hablar, pa, pa, pa, pa… él también. Entonces, chocábamos mucho. Yo lo cargaba. Le decía: “Andás con esos libritos de Severino Di Giovanni, actualizate, modernizate”. Y él me decía: “vos sos un capitalista burgués, que tenés esto, esto y esto”. Y discutíamos.

¿Te gusta viajar?
Me encanta viajar. Llegué a vender muebles para hacerlo. Después dormía en el piso pero por propia elección, ¿no? Hay gente que duerme en el piso porque no le queda otra, y eso es triste. La cabeza me la abría viajando. Mi inversión era poner todo lo que ganaba en viajar. Y Santiago hacía lo mismo pero teníamos distintas formas de viajar.

Y está bueno tener conciencia sobre lo que vive el otro…
Acostumbrarse a vivir bien es fácil. Lo bueno es no olvidarse de los orígenes. Yo ahora vuelvo a la casa de mis viejos y duermo en el mismo colchón que está ahí desde mi adolescencia, me duelen las costillas. Vuelvo a la plaza del barrio… y tampoco me olvido de cuando vivía a la vuelta de Plaza de Mayo y comía todos los días arroz con salchichas.

Con profundidad y una mirada sincera, cada respuesta de Sergio tiene simpleza y serenidad. Es confianza lo que trasmite. Y empatía, como cuando alude a los indiferentes:

Hay gente que suele decir: yo trabajé con todos los gobiernos. Sí, es cierto. Yo también. Pero hay gobiernos que te permiten sacar un poquito más la cabeza, porque hacen una distribución más pareja de la riqueza, y otros que sólo ponen una parte, como el actual. Yo quiero que el de abajo, el tipo que se levanta temprano y va a hacer una changa levantando una pared… y entiendo que no puede ganar lo mismo o no pretendo que vivan todos iguales pero sí que tenga algo digno.

¿Estuviste perseguido por este gobierno?
No sé si es el gobierno el que me persigue. Pero hay una causa de espionaje. Porque me han sacado fotos en un hotel, nos estuvieron grabando, en la habitación de al lado repetían durante la madrugada lo que había dicho Andrea (NdR: su pareja) el 11 de mayo. Sentía autos de atrás en la noche… la propia Gendarmería me paraba en la ruta, me bajaba del auto, me pedía los documentos… El 3 de agosto me pararon saliendo de la Pullof y me cuestionaban para qué llevaba una linterna y una pala. En la Patagonia, son cosas que necesitás. Una vez estábamos en un hotel con Andrea y a una nena se le disparó el grabador y empezó a escucharse la voz de Andrea en una mesa cercana. Primero pensamos que podía ser de cholulos pero después no la vimos más a la nena.

Vos tenés un negocio de tés.
Sí, pero no lo cuento para que no se mezcle con el esclarecimiento de lo que pasó con Santiago.

¿Pero no contás cómo surgió el emprendimiento o cuál fue la inspiración?
Después de la crisis del 2002, yo no tenía literalmente ni para comer. Y empecé con 300 pesos en lana, que me dio mi suegro. Aprendí a tejer, junto con Andrea. Tejimos chalinas y empezamos a vender en la calle. Parábamos en la puerta del Banco Nación a la noche porque, durante el día, te corría la Policía. Mi consuelo era decir que siempre había querido trabajar en un banco. De esa manera, me hice artesano por necesidad. Empecé a hacer sombreros de cuero, billeteras, portarretratos. Un día, por otras circunstancias, me dije: voy a vender aceitunas. Y salí con unas muestras. Los negocios no te daban bola. De casualidad, aparece uno preguntándome qué andaba haciendo con esos frasquitos. Y me los compra. Y volví, al otro día, balancita, Andrea me preparaba las bolsitas con aceitunas, yo salía con una canasta, una mochila y vendía puerta a puerta en todos lados. A mediados de 2003, armé una distribuidora –sin un centavo, porque… con plata, todos hacemos negocios-. Por sugerencia de alguien, empecé a vender otros productos. Hasta que en un momento, la persona que me había introducido en todo esto me insistió con que tenía que hacer algo, un producto. Después que nos hicimos la casa, me dije que sí. Qué podía hacer. Té. Y lo fuimos armando.

¿Y ahora?
Ahora es otra etapa de mi vida. Antes me paraba 3 horas frente a una góndola y observaba. Yo no estudié marketing ni nada. Pero me preocupaba que mis tés fueran de colores y se distinguieran. Las góndolas son muy coloridas hoy en día y no es que no me interese pero ya tengo la cabeza en otra cosa. Era una pasión para mí, pero puse una pausa. Estoy triste. ¿Estaré haciendo el duelo? No sé qué es ni cómo se pasa. Vivo el día a día.

¿Esa tristeza no es social? ¿No sentimos todos esa falta de justicia?
Yo me estoy refugiando en eso. Di una vuelta… vuelvo al arte, a la parte humana. Entiendo que tengo que despegar esa parte de lucha por el pedido de justicia por Santiago pero tengo que alimentarme yo.

Nudo de dolor

Franco y abierto, Sergio Maldonado no se calla nada y, desde su dolor, su voz se pretende implacable, sin levantar jamás el tono. Lo enoja, confiesa, que el ex jefe de Gobierno porteño destituido después de la tragedia de Cromañón, Aníbal Ibarra, se acercara a él para sacarse una selfie, durante el acto que se hiciera por impulso de las organizaciones sociales y sindicales el pasado 25 de mayo. “No vino nunca en estos meses y viene ahora… ¿por qué no se saca una foto con los familiares de las víctimas de Cromañón?”, expresa con bronca. Inútiles serán los intentos de proponerle o sugerirle que contextualice o distinga los fatídicos hechos del boliche porteño y la destitución, que a la sazón catapultaron a Mauricio Macri al sillón de Bolívar 1 como escala principal para la Presidencia de la Nación, de la actitud personal de un dirigente. El dolor duele, y es instransferible.

2018-07-14T06:36:27+00:00 14 julio, 2018|Cultura, III|