Cadena de lectores

Por Federico Palmieri
@Fede_Palmieri_

Un libro es un punto de vista entre dos tapas de cartón. Al igual que el resto de las cosas, el sistema lo convirtió en mercancía. La puja entre la cultura y los grandes mercados abre escenarios matrizados por lógicas más híbridas, como las ferias que cultivan otro tipo de lazos con los lectores o la iniciativa inspirada en un simple choreo que derivó en un emprendimiento contracultural.

Truco

La mayoría de la gente compra en librerías de cadena que conforman gran parte de la oferta, tanto en términos cuantitativos como cualitativos. Dicho de otra forma, son los que venden más y venden lo que más se vende. Entonces, los lectores están obligados a un esfuerzo extra si quieren salir de esa lógica que jerarquiza el universo de los libros según expectativas comerciales. En la realidad, se comprueba con el siguiente ejemplo: Yenny – El Ateneo, además de una cadena enorme de librerías, es un sello editorial y, en el ranking de libros más vendidos, ubican una edición de El Principito que ellos mismos publicaron. La calidad del título es muy difícil de discutir, pero la cuestión importante es la generación de la propia demanda.

Así se pone de manifiesto que, si bien los libros son una herramienta para correr las fronteras del conocimiento y la imaginación, la lógica de mercado termina contrayendo esos límites hasta adaptarlos a la forma que le resulta más rentable y, por consiguiente, marcándole la cancha a los intereses del lector. La clave para que esto funcione es que no se note y no hay nada mejor para ocultar una restricción que hacerla pasar por libertad. En consecuencia, las librerías quedan abarrotadas de libros más o menos parecidos entre sí, se exhibe una torre de cada título y se construye la sensación de estar frente a todo lo que existe.

Quiero retruco

Como táctica para el desengaño sirven las ferias. Parque Rivadavia ofrece alternativas que completan casi todos los huecos de la industria literaria masiva, desde documentos históricos hasta ediciones discontinuadas. La feria mantiene vigente una parte de la cultura nacional e internacional imposible de encontrar en las grandes librerías, principalmente porque queda fuera de la lógica del mercado. Por otra parte, la relación con los libros y los lectores es mucho más cercana y está signada por el afecto, gran ausente en espacios donde se venden libros como si fueran tornillos.

Hermes ya pasó los 80 años y está en el parque hace más de 40. Empezó vendiendo sus propios libros para subsistir, usando una mesa de picnic, y fue agregando títulos hasta formar uno de los puestos más nutridos de la feria. Tiene de todo, desde El Eternauta hasta Dostoievski. Para él, la importancia radica en reciclar y poner a la venta incunables como rescate de una parte de la cultura que no tiene valor de novedad ni es lo que los grandes de la industria están dispuestos a ofrecer pero conservan el valor. “Hace poco vino una gente de Alemania y nos compró varios números de Caso Policial -cuenta Hermes-. Parece que ellos coleccionan diarios y revistas de todo el mundo, pero no quieren lo nuevo. Buscan cosas viejas y raras que ya no se consiguen”.

Ahora, el puesto 64 se lo dejó a Jorge, su hijo. Hermes dice que sigue yendo al parque por la inercia de los años pero también sentencia que no cambiaría este trabajo, aún con todas las dificultades que atravesaron durante los gobiernos que quisieron cerrar la feria. Los dos coinciden en que los mayores capitales del puesto son el rescate de obras y la relación cercana con los que llegaron una vez como clientes y pasaron, con el tiempo, a ser amigos. Hace poco, en su puesto se presentó por primera vez un libro en el marco de la feria. Fue decisión del autor, un artista visual contemporáneo que además es habitué.

Néstor, del puesto 68, habla por su parte de un acercamiento a los libros bastante particular entre las características de los feriantes. Dice que muchas veces van a revisar bibliotecas de gente que, por alguna razón, quiere desprenderse de sus ejemplares. Revuelven y seleccionan lo más atractivo, por lo general libros difíciles de conseguir pero también algunos que se vendan fácil. Si en esas búsquedas aparece algún Harry Potter -libro caro cuando está nuevo- también lo lleva. No se niega a pensar comercialmente porque parte de sus ingresos dependen de cómo le va al puesto, pero deja en claro que las buenas ventas no tienen por qué despegarse del criterio estético. Remarca que para mucha gente un puesto de usados es el lugar donde buscar libros cuando el presupuesto es más chico, aunque explica que las ferias son también un hecho cultural presente en casi todos los países y que los que las visitan no son sólo lo que no pueden comprar un libro nuevo, sino también todos aquellos que disfrutan de buscar, sorprenderse y darle una vida más a esos títulos olvidados por la megaindustria.

A Víctor, que hace 19 años atiende el puesto con el mismo número, le contaron hace poco que en Chile las librerías más chicas están armando puestos sobre una plaza para salir del ahogo al que las someten las cadenas grandes. Coincide con Néstor en que estos espacios son un fenómeno global pero no deja pasar que, en Argentina, su importancia en términos culturales es mucho mayor al apoyo que reciben por parte del estado. Están bajo la misma órbita y cumplen las mismas reglas que cualquier feria, cuando la lógica es completamente distinta: ofrecen al público capital cultural que de otra forma estaría perdido. También pondera el impacto de competir directamente con Mercado Libre, que a su criterio “no deja de ser una feria organizada de una forma más amigable”, y cree que los puesteros deberían organizarse para sumar visibilidad frente al poco acompañamiento estatal. Para resaltar el aporte cultural de estos reductos, cuenta que en una época el historiador Felipe Pigna pasaba seguido buscando folletos antiguos de agrupaciones políticas que usaba en sus investigaciones.

Quiero vale cuatro

Ella se llama Eli y en febrero de 2017 clavó en el mundo la bandera de La ladrona de libros (@ladridebrolis en Instagram), una librería de catálogo corto pero rico que funciona en su propia casa y donde los lectores llegan para revisar la biblioteca entre mates y charlas sobre literatura, poesía y… la vida. Eli arrancó con esto mucho antes, desde que su relación con los libros era simplemente leerlos de forma voraz. Ahí, sin saberlo, empezó a crear el catálogo que ahora vende, porque no pone nada en los estantes que no haya pasado por ella para marcarla, formarla, rescatarla.

El hecho de que cada libro que vende sea una recomendación de primera mano es su mayor capital y lo que la diferencia. Remarca que mantiene un catálogo acotado para no romper con esa premisa aunque, de hacerlo, podría vender más y, sin dudas, es lo que la pone en las antípodas de esos locales amplios, repletos de libros repetidos. En su casa, de cada título hay dos o tres ejemplares y, cuando se venden, no se reponen inmediatamente. La venta de un libro abre espacio para otro, que viene a empujar definitivamente el horizonte de los que se acercan. Para eso, ofrece libros sobre feminismo, diversidad sexual y diferentes formas de ruptura de esquemas. Pone énfasis en visibilizar autoras y rescata a cuentistas norteamericanos de culto, como Raymond Carver y Stephen Dixon.

La mayor recompensa es la satisfacción de provocar, según ella, un efecto Robin Hood literario, cuando le roba lectores a las grandes cadenas. Eli misma, durante una salida con amigos, se llevó de un local grande un libro que nunca pagó. Ahí la bautizaron La Ladrona, pero lo cierto es que el nombre de su emprendimiento nace del libro homónimo sobre una nena que escapa mentalmente de los tormentos del nazismo gracias a la lectura.

2018-07-14T07:06:10+00:00 12 julio, 2018|Cultura, III|