Ay, Victoria

Por Ernesto Elbaui
@ernesto_elbaui

Cuarto largometraje del director alemán Sebastian Schipper -año 2015- y protagonizado por la actriz española Laia Costa -una mujer magnética-, la película Victoria -que pasó sin pena ni gloria por las salas locales- es, valga la redundancia, una victoria total del cine. Disponible en la plataforma digital Qubit.tv

Victoria se presenta como una mujer madrileña, jovial, que vive en Berlín hace tres meses y que va a bailar sola una noche a un boliche. Se diría que está buscando algo de acción -o compañía- pero no le va muy bien ahí dentro; hasta que sale y un grupo de cuatro berlineses -a quienes se había cruzado en la entrada del lugar- la invitan a pasear en lo que es el festejo de cumpleaños de uno de ellos. No se sabe muy bien si acepta o no pero por el momento los sigue con su bicicleta. A partir de ahí, el espectador empieza a tener la sensación -la certeza- de que algo va a suceder, de que es inevitable, pero ninguno se imagina lo que en verdad va a pasar; o tal vez sí, ¿por qué no?

Finalmente, ella accede a acompañarlos a la terraza de un edificio -previo robarse unas bebidas en una tienda cuyo encargado está dormido- a beber y fumar un porro. Es algo así como la escena idílica antes de la tormenta, esas situaciones donde todo parece estar bien y se celebra la vida -aunque el espectador empieza a impacientarse-.

La película, hecha en una sola toma, es verdaderamente un hallazgo, los personajes se mueven por la calles de Berlín -entre el fin de la noche y el amanecer-, mientras la cámara los sigue a todos lados. Hay que reconocer que el primer acto se extiende un poco, pero hay que bancarse ese comienzo de total incertidumbre porque todo lo que sucede después lo vale, tanto desde la historia como desde la realización de la película. Hay que aguantar hasta la escena en la cafetería donde trabaja Victoria porque es ahí donde todo se resignifica. No sólo el personaje de ella, sino también la historia.

Resulta que los muchachos tienen que hacer “algo”, pero el cumpleañero está tan borracho que no está en condiciones de ser parte de la misión. Entonces, discuten acerca de la posibilidad de ir a hacerlo igual, siendo tres en vez de cuatro, pero uno de ellos dice que tienen que ser cuatro, tres y alguien que maneje el auto -robado-. Y entonces la “invitan” a Victoria a acompañarlos. Ella pregunta si es algo malo, le dan una explicación confusa, como que es algo malo pero no malo para ella y acepta. ¿Mezcla de ingenuidad y ganas de hacer algo distinto? Quién sabe. Pero allá marchan ellos tres y Victoria.

A esta altura, todavía queda casi hora y media de película, aunque de alguna manera es casi como si empezara una película distinta. Llena de acción, que es algo que se contrapone a ese comienzo risueño y cansino. Tal vez ese sea uno de los grandes logros de la película, que entre otras cosas también va preparando al espectador con pequeñas sutilezas para todo lo que vendrá. En ese comienzo algo extendido, hay que prestar atención porque cada cosa tiene una razón de ser. No hay librado al azar. Mención aparte para la actuación de la española Laia Costa, que es descomunal. La transformación que atraviesa su personaje, sumado a que esto sucede en tiempo real, es algo verdaderamente increíble. Para terminar, y algo muy acorde a la época, se está en presencia de un personaje femenino, protagónico y fuerte, algo que encanta.

2018-09-07T13:35:06+00:00 7 septiembre, 2018|Cultura, III|