Amor en tiempos de Instagram

Por Federico Palmieri
@fede_palmieri_

Los cambios tecnológicos tienen tan buena prensa que se los llama, muchas veces sin juicio previo, avances. Durante los últimos 20 años, el mayor impacto de la tecnología en la vida cotidiana fue internet y el mundo virtual ganó espacios gracias a su simpleza, velocidad y capacidad de acortar distancias. El celular desplazó a la agenda, el correo, el timbre y se metió de lleno en las relaciones humanas. Ya no disputa un lugar, es el hilo con el que se teje la trama social. Pero ¿representa realmente un avance ahí donde el cuerpo parece ser parte irreductible? ¿Chocan o cooperan la piel y los bits? ¿Qué le pasa al amor, última trinchera de la realidad romántica, mientras el mundo se pone imaginario?

“Es imposible separar lo virtual de lo físico”, dice al final de la charla la creadora de Amor del 2000, una cuenta de Instagram con ochenta y siete mil seguidores que se autodefine como un “colectivo abierto de poetas y poetisas del siglo XXI” y se encarga de recopilar “fugaces declaraciones de amor y roturas de corazón cibernéticas en la era del 2000”. Inés -nombre que se elige para resguardar su anonimato- lo fundamenta asegurando que lo virtual tiene un correlato en el cuerpo, que alegra, duele, ilusiona o quiebra igual, más allá de la distancia geográfica.

Se tiende a pensar que la tecnología avanza desvirtuando la esencia humana, pero si hay algo que caracteriza a la humanidad es la capacidad de adaptación. La tecnología que sobrevive es la que los usuarios fueron capaces de entender y abrazar, y crece a la par de la sociedad. En ese sentido, el contexto deconstructor crea herramientas propias con las que interpelar el orden establecido y el arraigo del mundo virtual en algo como el amor o la sexualidad, que antes sólo parecían posibles en el plano de lo táctil, cuadra perfecto. Inés lo explica fácil cuando habla de Tinder. “Es un catálogo de gente”, dice, y agrega: “funciona como comprar ropa por internet: me gusta, no me gusta, esta sí, este no. Lo pongo en el carrito y después veo si lo pago”. En términos de deconstrucción, lo primero que tiembla es una de las piedras fundamentales del amor romántico: el heroísmo de jugarse un pleno por alguien, exponer todo por una persona que resulta especial y para quien uno espera ser especial. Contra esto, la virtualidad propone el factor igualador de la distancia. Los que se suben al juego del amor y el sexo por internet crean un conjunto de personas que, por alguna razón, les resultan interesantes, al mismo tiempo que aceptan formar parte del conjunto de otro. Entender esa dinámica parece ser la clave que divide entre los que pueden jugar o no dentro del mundo virtual.

Como pasa con cualquier herramienta, lo importante es aprender a usarlo en lugar cuestionarlo con rencor por haberse quedado afuera. Las redes sociales se constituyeron como medios de comunicación muy potentes a nivel público y privado. Son el soporte sobre el que se comunica y, como pasó a lo largo de la historia, la elección de ese soporte condiciona la llegada del mensaje. Se usa Facebook para discutir política y coyuntura, mientras se escriben secretos por Whatsapp. El mundo virtual puede convivir con el físico y ser útil apenas se abandona el sinsentido de vivir a contracorriente. “A mí me gusta el cara a cara, armar un plan e invitar a alguien a hacer ‘x’ cosa, pero también entiendo el poder de mandar un meme en el momento justo –repone Inés-. Que estés en el laburo, te llegue algo y estalles de la risa. Algo que, si te lo muestro ahora, no tendría ninguna gracia”. Lo dice con la seguridad de tener algo bien pensado y toca otro punto que a menudo es base argumental de los que no encuentran cómo entrarle al tema: “hay gente que habla de esto como una moda, pero no sería tan masivo si no sucediera en un contexto y respondiese a una necesidad”.

Ese contexto es el de repensar todo, cuestionar todo lo que vino dado y la necesidad de posibilitar nuevos acuerdos que tengan puntos de contacto con la época. La virtualidad, quizá sin haberlo buscado, ayuda a repensar y reformular ideas y comportamientos que hasta hace un tiempo sólo eran reproducidos. La personalización de los vínculos tiene en cuenta los deseos individuales, rompe con la idea sacra de los objetivos comunes y planta en la discusión la de individualidades que se juntan para ayudarse mutuamente a traccionar sus propias metas. Desde Amor del 2000, plantean que ya se nota la tendencia a armar vínculos que permitan a cada uno de los participantes mejorar y alcanzar metas individuales, poniendo al otro en un lugar utilitario mientras se busca crecer y ser mejor persona. También advierten que, si bien hay gente a la vanguardia del cambio pensando y luchando por nuevas posibilidades de relación, en algunos casos la búsqueda de deconstrucción fracasa y termina reproduciendo viejos comportamientos con nuevos nombres, cuando las nuevas banderas se toman desde una posición más superficial.

Lo esencial es invisible a los followers

Argentina está siendo atravesada a gran escala por el cuestionamiento del orden establecido. Todas las discusiones importantes que están teniendo lugar en el país (el aborto legal, seguro y gratuito y la construcción de una sociedad igualitaria como los mayores ejemplos) se chocan contra una de las cosas que primeramente perdió el velo. La posverdad se encargó de aclarar que La Verdad no es de nadie y que nada de lo escrito o dicho es cierto en términos absolutos, sino más bien construcciones o recortes funcionales a una ideología y valores previos. Hay, obviamente, distintos niveles de conciencia e intenciones más o menos nobles.

En el campo de la vida virtual, la construcción de perfiles es una constante colisión entre la realidad que se vive y la que se quiere mostrar. La persona virtual es un personaje depurado con la intención de ser mejorado o empeorado hasta el ridículo, según se crea más redituable. El único motivo por el cual no se desenmascara es que todos los perfiles están construidos con mentiras y cuestionar abre la puerta a ser cuestionado.

Entonces, se estableció un acuerdo tácito bajo el cual se presume la transparencia -y por tanto la verdad- de esos perfiles. En Amor del 2000 creen que “decimos vivir en una sociedad 100% transparente. Prima el discurso de la honestidad suprema y de la transparencia ante todo, tanto en lo político como en las relaciones humanas. Siempre me quedan en la cabeza los comentarios del tipo ‘es una persona super transparente’, como si el otro fuera bidimensional y no tuviese profundidad”. Esto, dice Inés, está relacionado con la cultura de la selfie (acá estoy haciendo esto) y su posterior correlato en un deseo extremo de exposición. Cuenta que llegan mensajes con insultos por no haber publicado contenido cuando todo lo que aparece en la cuenta es anónimo. Es decir, gente que se enoja por no aparecer en un lugar en el que, en realidad, no aparece nadie. “La constante exposición anula el deseo y también la capacidad de pensar”, según la instagramer.

La droguita del like

Es en esta búsqueda de exposición y reconocimiento donde se materializa la unión indivisible entre lo virtual y lo físico. La tristeza que deviene en insultos por no haber sido publicados o la alegría por aparecer demuestran la conexión entre el mundo virtual y el cuerpo. Cómo reacciona el resto ante el contenido subido a las redes puede determinar el humor de las personas al punto de postear una foto o una nota para mejorar la autoestima. El like es una droga cruel. Al principio, funciona bien para apagar ciertos malestares. De hecho, en términos de relaciones, el dolor causado por una persona en particular puede ser anestesiado por varios likes ajenos. Respecto de esto, la reflexión de Inés resulta muy interesante: “creo que tiene que ver con que la mayoría de las cosas que nos lastiman activan una problemática que está adentro tuyo y no tiene que ver tanto con el otro. Toca tus valores e ideales. Entonces, lo podés curar con cualquier estímulo. Clavás 20 likes en una hora y estás arriba, pero después eso merma con el tiempo y volvés a bajar. Es el peor analgésico del mundo”.

Uno de los motivos por los cuales se cuestiona tanto a la virtualidad puede ser el haber abierto una grieta en algo tan aparentemente compacto como la relación entre lo humano y las formas de comunicación. Está claro que, como en todo, hay sectores más conservadores que otros, pero las bases de la interacción entre el cuerpo y el mundo cibernético se siguen escribiendo todos los días, a pesar del apoyo y el recelo. La revolución virtual está en marcha y falta mucho para saber si representó un avance. La decisión, mientras tanto, es adaptarse o quedar afuera.

2018-05-03T04:47:48+00:00 2 mayo, 2018|Cultura, III|