El amor dura 3 minutos y la muerte también

Por Olivia Salas
@OliviaSalasOk

Foto: Mariano Campetella

Con la mirada perdida en la bruma que flotaba sobre las vías de la estación de Lanús, no terminaba de espabilarse a pesar del olor que emanaba el vaso de café entre sus manos. “No sé qué pasa en este lugar, todo el mundo es más joven que yo”, le susurraba, quejumbrosa, la voz de Santiago Barrionuevo en la canción El mundo extraño a través de los auriculares. Casi podía sentir la humedad de los labios de ella sobre los suyos, como la noche que fueron al boliche donde tocó Amar Azul, y le rompía las pelotas admitir que había cambiado la cumbia que rechinaba en Chingolo por El Mató un Policía Motorizado.

El bullicio apagado del ritmo de vida en pandemia no lo sacaba de la ensoñación matutina. Los recuerdos se apretaban en su pecho como las tetas de ella, bajo el corpiño negro de encaje y la blusa escotada, mientras todos vibraban al compás de las estrofas de El polvito. Ella le mordía la boca y el embestía como si fueran a enterrarse en el pilarcito que lindaba contra el guardarropa.

Esa madrugada de birra y besos terminó como el ojete porque Larry se zarpó cuando se iban. En la despedida con los pibes, ella le puso la mejilla y él le tiró un pico delante suyo. Aunque ella lo apartó a puteadas, el panadero le metió un roscazo y se armó tal quilombo que durmieron en la comisaría.

La pica venía de antes porque en los campeonatos relámpago de la canchita de Donato Álvarez ya se habían dado murra varias veces pero, encima, el otro pintaba paredes para Roy Cortina en Capital y se creía mil porque el asesor del legislador le pasaba cabida con los festivales de las banditas indie. A ella le copaban esas movidas y a él, que se levantaba a las 4 de la mañana para ir a la panadería y volvía después del mediodía para hacer churros y bolitas en su rancho y venderlos en las dársenas de Yrigoyen a la hora que los laburantes bajaban del tren, le hacía ruido preguntarse en qué se parecían a la nieve. Pero se desarmaba frente a su reina, igual que en los versos del tema insigne de La muerte no existe y el amor tampoco. “Sos re básico, boludo”, le había dicho ella para mayor perturbación.

Ahora, sin un cobre, iba camino a encontrarse con Larry en Constitución. Ella andaba con ese turro pero, sin otro IFE en el horizonte, había que tragarse el orgullo. Al salir del andén clavó contacto visual con su adversario barrial y notó que el careta estaba con ella. Sin bajar la mirada chocaron puños entre ambos y a ella solo le dedicó un lacónico “¿qué onda?”. “Todo tranqui”, contestó. Y arrancaron los tres.

Antes de llegar al Parque Lezama por Brasil, Larry quiso parar a comprar puchos en un kiosco. De fondo, sonaba una radio en unos parlantes chotos y, sobre los acordes inconfundibles que le limaban neuronas, reconoció el triste hit: “tu ánimo está por cambiar, te miro desde el asiento de atrás”. Ella percibió el resplandor de esos versos en la cara de él y se empardaron cantando bajito: “tu novio es un sujeto tan agradable, pero nunca para de hablar”. Cuando Larry se dio vuelta, se puso colorada y él la zafó con la vana inquietud sobre la faena que los reunía.

La idea era aguantar en la esquina del bar El Británico, hasta que el filántropo de las tertulias clandestinas animadas por amigos del legislador abandonara el edificio donde vivía para cumplir con su rutina de runner. “Yo hago de campana y ustedes agarran los fajos de guita que tiene encanutados en el zócalo de atrás del sillón rosa”, les indicó Larry, y acotó: “guarda con el cuadro fifí de los pobres, que está justo en esa pared y se puede caer a la mierda porque está mal colgado”. “¿Cómo tenés tanta data?”, inquirió ella pero él le sello la trompa con un chupón y después le contestó: “estoy hinchado los huevos de pintar paredes para estos logi”.

No bien la presa salió por el portón con outfit de gimnasia, se colaron por el punto ciego que los amaneceres lerdos de julio le juegan a las cámaras de seguridad y los chetos distraídos. Ya en el ascensor, ella le preguntó cómo andaba pero con ternura. Los ocho pisos se le hicieron eternos a él y por dentro solo tarareaba la puta canción: “quiero estar con vos, que me quieras así. Liquidado estoy, esperando hasta el fin”. En ese momento, se abrieron las puertas del ascensor y quedaron frente a la entrada del derpa.

Fueron directo al sofá. Era pesado y, al inclinarse para ayudarlo a correrlo con cuidado, ella lo descubrió mirándole los pechos. “¿Y si lo cagamos a Larry y nos vamos con la teca?”, sugirió él. “¿Y si me cogés en el sillón?”, retrucó ella abalanzándose sobre él.

En la desesperación por tenerla adentro, lo empujó bruscamente contra el armatoste de terciopelo y se le sentó arriba al tiempo que la réplica del cuadro Sin pan y sin trabajo se caía al suelo. Él sabía cómo le gustaba que la empomara y ella sabía hacerlo acabar en 3 minutos.

Sin embargo, esa vuelta el destino quiso que el dueño de casa volviera antes de lo previsto. Larry olfateó la tragedia y apeló a la entradera, poniéndole el caño en las costillas. El ricachón acató con serenidad frente la rusticidad del atracador. Solo lanzó una perversa carcajada cuando atravesaron el umbral del departamento y sorprendieron a los tortolos jadeantes en un torbellino de placer. Fuera de sí, Larry gatilló el arma contra su víctima extravagante, que se desplomó sobre la alfombra mientras sus camaradas de asalto se apichonaban abrazados en el sillón. Con furia, les vació el cargador sin percatarse de que el filántropo había alcanzado a llegar hasta la biblioteca, donde guardaba un arma. Al voltear, recibió dos impactos de bala en el pecho y cayó. En su agonía, el pibe que pintaba paredes y jugaba al fulbito por plata vio cómo su verdugo se prendía un cigarro y escuchó antes del final que, sin didactismos, le decía: “no te preocupes, dicen que la muerte no duele tanto ya y dura menos que lo que tardamos en multiplicarla en esta guerra”.

2021-07-19T23:21:02+00:00 19 julio, 2021|Cultura, III|